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En Venezuela escasean los bailarines de danza clásica. La práctica del ballet sigue dominada por las mujeres

Por: Wilmer Cedeño

“¡Y un, dos, tres y cuatro!”, dice al ritmo de la música el maestro de danza clásica de la Fundación Ballet de las Américas Rumen Rashev, mientras pasea por un amplio salón con piso de madera y  paredes cubiertas de espejos. Unas barandas  largas y negras a la altura de la cintura sirven de apoyo a 25 jóvenes

Mientras las suaves notas del piano inundan la estancia, los estudiantes elevan lentamente y al mismo tiempo una de sus piernas hasta que las puntas de sus pies apuntan al cielo. Luego de recobrar su posición original, extienden sus brazos como las alas de un cisne antes de emprender vuelo y giran súbitamente el cuerpo sobre las puntas de sus pies. Mientras el maestro pasea por el salón corrigiendo las posiciones en la que bailan sus estudiantes, dice con voz potente a una bailarina: “¡Lorena, vas a tener que tomar Ginkgo Biloba para que recuerdes los pasos!”. La chica sonríe y asiente con la cabeza. Mientras tanto, el maestro voltea, mira al resto de sus estudiantes y dice al único alumno de su clase:” ¡Yosmer, levanta más ese brazo!”. El chico sonríe también, eleva un poco más su brazo y lentamente va arqueando su columna hacia atrás para quedar estático cuando la música deja de sonar.

Venezuela, al igual que muchos países del mundo, tiene academias que se encargan de formar a jóvenes que quieren convertirse en bailarines. Estos recintos suelen estar abarrotados de niñas que quieren bailar sobre las puntas de sus pies como las míticas bailarinas de ballet clásico. Pero la situación con los hombres es diferente por la visión  que se tiene en Venezuela del hombre bailarín.

En Venezuela, la cultura del bailarín de danza clásica es un poco tardía si se le compara con países como Cuba, Argentina, Rusia o Italia. En los países europeos, el ballet es tomado como una profesión tan seria como cualquier otra, por lo que hay escuelas encargadas de formar a los niños desde muy pequeños.

Erase una vez en Venezuela…El maestro Rashev resalta que en Venezuela hay mucho machismo, no solo por la danza, sino por las artes en general. “Si acá un muchacho dice que quiere bailar ballet pueden pasar dos cosas: o no lo dejan porque se le considera un oficio no lucrativo o sencillamente se le considera homosexual. En la academia en la que trabajo tengo 280 niñas aproximadamente y 2 varones”.

El maestro Rashev resalta que en Venezuela hay mucho machismo, no solo por la danza, sino por las artes en general. “Si acá un muchacho dice que quiere bailar ballet pueden pasar dos cosas: o no lo dejan porque se le considera un oficio no lucrativo o sencillamente se le considera homosexual. En la academia en la que trabajo tengo 280 niñas aproximadamente y 2 varones”.

Estos pensamientos son compartidos por su colega Stella Quintana, ex bailarina y directora de la Fundación Ballet de las Américas en Chacao. “En Venezuela hay una especie de estancamiento en lo que respecta a ballet clásico”, dice. “Existe aún ese tabú del bailarín venezolano, no se le ve como una profesión sino más como un hobby”, asegura.

 Sin embargo, la maestra Quintana afirma que, afortunadamente, la fundación en la que labora cuenta con algunos recursos para continuar con su labor. “Recibimos recursos gracias a las matriculas que pagan las niñas, los varones son becados por ser tan escasos”, informa. Además, señala que el Instituto de Artes escénicas y Musicales (IAEM) les proporciona un pequeño subsidio y que varias instituciones privadas les brindan donaciones.

Con el cierre de varias escuelas y compañías de danza clásica en el país, entre ellas el Ballet Contemporáneo de Caracas, las afirmaciones de los maestros Rashev y Quintana quedan más que validadas. Pero también quedan instituciones como la Universidad Nacional Experimental de las Artes, que ofrece una formación en artes escénicas, danza clásica, entre otros. Además, existen más academias privadas y compañías en donde los jóvenes pueden acudir y formarse en danza clásica.

En otros países la aceptación del ballet es tal, que incluso el hombre ha sustituido a la mujer en la danza clásica. El coreógrafo británico Matthew Bourne creó una versión del famoso ballet de Tchaikovski “El lago de los cisnes” en la que todas las actuaciones son hechas por hombres. El papel principal de dicho ballet es interpretado por Adam Cooper, que participó en la secuencia final de la película del niño bailarín Billy Elliot.

El inicio de la danza

Según la doctora María Elena Pérez, en su artículo “El hombre en la danza” de la revista digital Danza Ballet, dice que: “la danza es algo inherente a la naturaleza humana, sin distinción de sexos”. Afirma que durante la antigua Grecia, la danza fue utilizada para el entrenamiento de los guerreros y cita al filósofo Sócrates cuando dice que: “el mejor bailarín es también el mejor guerrero”.

Pérez también señala que “en los albores del ballet teatral, por los tiempos del reinado de Luís XIII, solamente los hombres tenían acceso al gran ballet de corte”. Eran pocos los espectáculos en lo que se mezclaban hombres y mujeres.

El hombre ha marcado para siempre la historia de la danza clásica, tanto así que famosos bailarines clásicos como los franceses Louis Dupré y Gaetano  Vestris han recibido los apodos de “dioses de la danza”.

Existen notables diferencias entre el ballet masculino y el femenino. El primero logra diferenciarse del segundo principalmente porque los hombres no bailan sobre las puntas de los pies, sino sobre la media punta. El maestro Rashev indica que el hombre en el ballet debe ser precisamente eso, un hombre. “Debe demostrar en escena masculinidad y fuerza.
Además, que el baile masculino destaca más por tener gran cantidad de saltos, giros y por sostener a la mujer”, asegura. Por su parte, Quintana afirma que para que un bailarín pueda ser bueno necesita tener, entre otras cosas, un buen empeine en el pie, un talón largo y sobre todo, oído musical.¿Ellos en puntas?   Existen notables diferencias entre el ballet masculino y el femenino. El primero logra diferenciarse del segundo principalmente porque los hombres no bailan sobre las puntas de los pies, sino sobre la media punta. El maestro Rashev indica que el hombre en el ballet debe ser precisamente eso, un hombre. “Debe demostrar en escena masculinidad y fuerza.

Él, lago de los cisnes

Yosmer Mejía, bailarín de ballet clásico, afirma que aunque en Venezuela no exista la cultura para bailar danza clásica si ha visto que muchos jóvenes se interesan en el ballet. Él comenzó a bailar a los 15 años, una edad que el maestro Rashev considera avanzada para iniciar la formación en el ballet. “Acá los chicos comienzan a bailar sumamente tarde, cuando ya el cuerpo es difícil de formar”, afirma Rashev.

No obstante, Mejía afirma que aunque hay ignorancia por parte de la gente en lo que respecta a los bailarines de ballet, él lo hace porque le brinda una satisfacción muy grande. “Me libera del estrés de las clases, cuando bailo todo lo malo se hace a un lado, doy el todo por el todo”, asegura.


Carolina Triana, bailarina de danza clásica, afirma que le parece bien que los hombres se interesen por el ballet. “El hombre es el complemento de la mujer, el baile es algo creado para los dos sexos”.

Mejía, que espera a terminar sus estudios para probar suerte en Europa como bailarín, aconseja que todos aquellos que quieran bailar ballet que lo hagan, que la satisfacción es muy grande.

A su voz se une la de Quintana, que afirma que: “Nada es imposible, cuando uno quiere las cosas las logra, todo acompañado de constancia y disciplina. Hay que creer en lo que uno hace”.

A su voz se une la de Quintana, que afirma que: “Nada es imposible, cuando uno quiere

En busca de la MAMÁ DE CHÁVEZ

Publicado: enero 28, 2012 en Crónicas

Una periodista recorrió las poblaciones de Sabaneta y Barinas, en Venezuela, tras las huellas de doña Elena, una de las madres más mentadas del mundo por cuenta de su hijo, el presidente Hugo Chávez. SoHo continúa con esta serie de Nuevos Cronistas de Indias: la nueva sangre del periodismo contando lo que pasa en el continente.

Por: Liza López

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas’, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el Presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba béisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

* * * 

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó (la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada). Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis (Chávez)”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla —comenta el taxista—. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que ésta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer ésto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

* * * 

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro’ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin úniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese —dice— criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O’Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

* * * 

Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro’. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá —responde el mecánico desde uno de los talleres—. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.

El último bufón de Velorios

Publicado: enero 28, 2012 en Crónicas

 

 

 

Por: Alberto Salcedo Ramos

 

Cehivolito jura por Inés Cuesta, su madre, que no se duerme cada noche con la esperanza de que a la mañana siguiente amanezca muerto alguno de sus paisanos.

Luego carraspea, se queda pensativo. Casi en seguida advierte que aunque a él le conviene la muerte del prójimo, jamás se ha sentado en la terraza a esperar que eso ocurra. La gente estira la pata porque le toca y no porque él se encargue de liquidarla. “Yo no tengo la culpa de que la trombosis ande suelta por las calles buscando empleo”, añade, con una sonrisa malévola.

Chivolito, cuyo nombre de pila es Salomón Noriega Cuesta, le debe el apodo a una pequeña verruga que tenía sobre la frente. Se ha pasado los últimos 50 años de su vida contando chistes en los velorios de Soledad, Atlántico, su pueblo natal. Los asistentes se desternillan de la risa y le brindan licor. Lo aplauden, le dan palmadas sobre los hombros. Al final de la jornada, él extiende frente a ellos una gorra, para que se la llenen de monedas. Casi siempre recoge entre ocho mil y doce mil pesos.

A menudo son los propios dolientes quienes lo solicitan como bufón, pues saben que su presencia le garantiza compañía al difunto. También sus vecinos le llevan el reporte de los conciudadanos fallecidos durante las últimas horas. Y, a veces, él mismo está pendiente de los carteles de muerte que amanecen pegados en las paredes. En Soledad y en varios barrios del sur de Barranquilla ha hecho carrera la frase según la cual un velorio donde falte Chivolito no tiene ni pizca de gracia.

Por lo general, Chivolito llega al velorio a las ocho de la noche. Les da el pésame a los deudos y se sienta un rato en la sala, al lado del ataúd. Luego se va para el patio o para la parte externa de la casa —depende de dónde esté el público— y comienza su función, que se prolonga hasta el alba. Muchos de los asistentes le resultan ya familiares, pues son vagabundos de feria que se trastean de un lugar al otro, tras los pasos de él. Como conocen a fondo su repertorio, le van haciendo peticiones en voz alta, una actitud similar a la de esos espectadores enardecidos que, en los conciertos, les solicitan canciones a sus músicos favoritos. “¡Echa el del man que tenía dos próstatas!”, le grita un calvo de bigote frondoso. “Nombeeee, es mejor el del viagra pediátrico”, exclama un vendedor callejero de butifarras. “Cuenta el de los esposos que se detestaban”, propone un anciano desdentado. Ellos ignoran que, al recordarle a Chivolito sus propios chistes, lo ayudan a combatir los estragos de su memoria, y a seguir vigente a los 78 años.

Hubo un tiempo en que Chivolito sabía exactamente a cuántos finados había visitado. Cargaba un bastón de guayacán en forma de culebra, al cual le trazaba una raya con un cuchillo de cocina, cada vez que animaba un nuevo funeral. Hace 20 años, el bastón se le extravió y Chivolito dejó de llevar las cuentas: entonces iba por 916 velaciones. Antes, cuando le sobraban arrestos, recorría la costa caribe de punta a punta, desde el Cabo de la Vela hasta Bocas de Ceniza, en busca de velorios para sus humoradas. Ahora, viejo y achacoso, evita en lo posible los lugares que están demasiado retirados de su casa.

Cuando no ejerce como bufón, Chivolito se la pasa refunfuñando contra lo que él llama su “mala suerte”. Su inventario de quejas es extenso: le duelen las articulaciones, le arde la garganta, duerme muy poco. Le molesta la catarata del ojo izquierdo y le preocupa el ácido úrico. Hace treinta años lo abandonó la esposa y hace diez se le murió la hija. Así que a estas alturas vive de caridad donde un compadre, en una pieza estrecha y oscura. No es justo, dice, que a su edad deba recorrer tres kilómetros diarios bajo el sol bárbaro de Soledad, para vender rifas y ganarse apenas cinco mil pesos. Hace tres años fue arrollado por un camión —en este punto se levanta la bota del pantalón para mostrar la cicatriz que le quedó en la rodilla. Y, como si fuera poco, su familia le dio la espalda. Solo falta —remata, con un suspiro— que los perros del barrio lo confundan con una caneca de basura y lo orinen. Chivolito repite su perorata ante todo el que se tropieza, sea conocido o desconocido. Pero cuando está en los velorios contando chistes, parece que olvidara todos sus problemas.

***

El féretro de José del Carmen Urueta preside la sala, justo en medio de una rueda de mujeres apesadumbradas. Casi todas visten de negro riguroso. Están rezando por el alma del muerto, con los ojos entornados y un rosario entre las manos, a la altura del pecho.

—Dale, Señor, el descanso eterno —dice la que conduce la oración.

—Brille para él la luz perpetua —le responden las otras.

Hilda Salas, la viuda, está sentada en el centro del redondel, flanqueada por dos matronas que tratan de consolarla. Una le echa loción mentolada en las sienes y la otra le abanica el pecho con un sombrero de palma de iraca. De vez en cuando se zafa de sus comadres y se asoma por la ventanilla del ataúd, para llorar sobre el rostro del difunto. Grita, se estremece. La mano izquierda, con la cual empuña un pañuelo arrugado, se agita en el aire. Las otras mujeres se contagian de su histeria y sueltan también un llanto estentóreo.

A través de la ventana abierta se divisa la calle, donde se encuentran los otros asistentes al velorio. Hay que dar tan solo nueve pasos para atravesar la sala y reunirse con ellos. Aquí afuera, a diferencia de lo que ocurre allá adentro, todos son hombres. Están organizados también en forma circular pero, en vez de rezar, ríen a carcajadas. La causa de tanto jolgorio es el tipo de baja estatura que cuenta chistes en el centro de la circunferencia. Tiene una voz chillona que taladra los oídos y una variadísima colección de ademanes cómicos: tuerce la boca, se pone bizco, camina renqueando, se tira al piso, se alborota el pelo, saca una peinilla, se peina con la raya en la mitad, hace la mímica de un borracho, toca las palmas, se arrodilla. Parece un muñeco de cuerda manipulado por un titiritero delirante.

—Chivolito, ¿por qué no cuentas el del hombre de las dos próstatas? —interviene a gritos el vendedor de butifarras.

—Ese es muy largo —responde él, sin mirar al autor de la pregunta.

Una garrafa de ron blanco empieza a rodar de mano en mano. El que la recibe apura un trago a pico de botella y enseguida se la pasa al siguiente.

—Un monstruo se casó con una monstrua —vuelve a la carga Chivolito, con su voz penetrante. Una noche el monstruo llegó a la casa con tremenda borrachera. Y le dijo a la monstrua: bueno, mi amor, vamos a acostarnos, que vengo con muchas ganas de hacerte monstruosidades. La monstrua le contestó: “ñerda, papi, hoy no se va a poder, porque tengo la monstruación”.

El chiste, pese a que es vulgar, parece demasiado sofisticado para este auditorio del barrio Rebolo, en el sur de Barranquilla. La gente se ríe de manera un tanto forzada. Ahora le toca a Chivolito el turno de beberse su trago de ron. El hombre empina la botella con las dos manos y se la lleva a la boca, el rostro levantado y el cuello echado hacia atrás, como si fuera a comenzar un solo de trompeta. Después le entrega la garrafa al vendedor de butifarras, no sin antes limpiarse los labios con la manga derecha de su camisa. Su semblante gozoso dista mucho del aire de pena que tenía por la tarde, cuando esgrimía por enésima vez su catálogo de dolencias.

—Bueno, les voy a contar uno muy apropiado para esta noche —dice, con el rostro iluminado. Dos esposos llevaban treinta años sin hablarse. Una tarde, el tipo fue al médico y se enteró de que se iba a morir al día siguiente. Entonces, llamó a la mujer: “Fíjate, Susana, desperdiciamos treinta años odiándonos y ya mañana me van a comer los gusanos. No quiero irme a la tumba sin reconciliarme contigo. Te propongo lo siguiente: primero nos damos un abrazo y después nos vamos a cenar. Entramos a cine, tomamos vino y rematamos la noche en un motel”. Y le responde la esposa: “Nada de eso, malparido, recuerda que yo tengo que madrugar a preparar el entierro”.

La risotada es estrepitosa. El anciano desdentado luce al borde de un infarto. Se sacude, se golpea el pecho con la mano abierta. Los ojos le lagrimean. En medio de la algarabía, ninguno de los radiantes espectadores parece interesado en mirar hacia la sala, donde las mujeres enlutadas continúan entregadas a su plegaria por el difunto.

*** 

Chivolito está jugando dominó en una terraza del barrio Porvenir, en Soledad, donde vive desde hace cuarenta años. Sus compañeros de partida son el albañil Carlos Rico, el mecánico Heberto Guzmán y el licenciado en Sociales Agustín de la Hoz. El tema de conversación es la muerte.

—Morirse es lo más fácil del mundo —opina Rico, a quien los demás llaman El Mono. Uno se acuesta vivo y amanece con la cabeza doblada.

—Eso es verdad —tercia Guzmán. La muerte es lo único que tenemos asegurado.

—Lo único —repite Chivolito con un gesto reflexivo, mientras juega su ficha.

El profesor De la Hoz no dice nada. Está concentrado en la partida. Son las tres de la tarde y la calle 17 es un hervidero de autobuses viejos, carretillas tiradas por mulas y bicicletas con carrocería habilitadas como taxis. El concierto de ruidos es atronador: el frenazo de un camión, el chirrido de una segueta eléctrica, el pregón de un vendedor de aguacates. Algunos de los transeúntes detienen su marcha y se quedan al lado de la mesa, mirando el juego. Chivolito sigue hablando.

—La muerte era mejor negocio antes. Ahora se han puesto de moda las cremaciones esas, porque salen baratas. Yo pregunto: ¿quieren economizar? Amárrenle al cadáver una piedra en el tobillo y lo tiran al río. Así les sale gratis y de paso se ahorran hasta la llorada.

Uno de los curiosos apiñados alrededor de los cuatro jugadores, le pregunta a Chivolito si para él también se ha desmejorado el negocio de los velorios.

—¿Y a ti quién te dijo que yo vivo de los velorios? —responde, con cara de ofendido. En Soledad todo el mundo sabe que yo trabajo vendiendo boletas de las rifas JB. ¡Tú acabas de llegar de Marte y no te has dado cuenta de esa vaina!

A continuación, en un tono sosegado, Chivolito le informa a su interlocutor que todas las mañanas recorre a pie cerca de tres kilómetros y vende 130 boletas, a razón de 100 pesos por unidad. El dueño del negocio le paga el 40 por ciento de las ventas, es decir, unos 5.200 pesos diarios. Es poco, advierte, pero ¿qué más puede hacer un viejo de 78 años? Lo de las muertes es una ayuda, por supuesto, pero no siempre se muere la gente y, en todo caso, hay velorios de donde lo ahuyentan a patadas, porque los deudos consideran que sus bufonadas son irrespetuosas.

—¿Irrespetuoso yo? —pregunta, dándose golpes de pecho. Ellos son los que creman los cadáveres, o se ponen a pelear herencias cuando el cajón todavía está en la sala. ¡Y el irrespetuoso soy yo!

En seguida vuelve a desembuchar su lista de calamidades. Un primo panadero se esconde cuando lo ve, para no regalarle ni un mísero pan. Un hijo extramatrimonial que tuvo en Malambo, se volvió ladrón y perdió la vida en una balacera. A veces le da mareo y se queda sin visión durante unos segundos. A veces se le hinchan los pies de tanto caminar bajo el sol. Lo peor de todo, dice, es que él era talentoso y, sin embargo, no pudo derrotar a su “mal destino”. En la juventud lo dejaban entrar gratis a las salas de cine, para que con un megáfono le metiera la voz a las películas de Chaplin. Ahí donde lo ven, con su 1,55 de estatura, él protagonizó dos comedias en el Teatro Mogador. Todo el mundo pronosticaba que sería como Cantinflas o como Germán Valdés, el popular Tin Tan. ¿Y quién es Chivolito hoy? ¿Quién es, a ver? Un pobre tipo sin suerte. Menos mal —concluye, meditabundo— que todavía hay personas como el compadre Luis de los Ríos, que le da posada y comida.

Mientras Chivolito hablaba, la partida de dominó había quedado suspendida. Ahora, Carlos Rico lo amonesta.

—¡Juega rápido, no joda! —gruñe.

—Yo te creo a ti la mitad de lo que dices —le advierte Heberto Guzmán.

Después se dirige al resto de contertulios.

—Eche, llevamos 40 años oyéndole el cuento de la esposa que lo dejó y de la hija que se le murió, y ni siquiera los más viejos del pueblo conocieron a esas dos mujeres. Deja de hablar paja y pon rápido ese doble seis, si no quieres que te lo ahorque.

Chivolito juega la ficha con un golpe seco sobre la mesa.

—¡Pa joderte, marica!

*** 

El profesor Agustín de la Hoz llegó desde por la tarde a la casa de la familia Urueta. Mientras arribaba el resto del personal, se puso a dialogar con un hombre sobre la pésima campaña del Atlético Junior. Después, la charla derivó hacia la muerte.

—Como decía Quevedo, somos una presente sucesión de difuntos.

Según De la Hoz, la costumbre de hacer ruido en los funerales ha estado arraigada desde hace años en el Caribe, sobre todo en las zonas rurales. La bulla de los dolientes en los sepelios es quizá un alarido de pavor. Una manera de ahogar entre todos el implacable silencio de la muerte. Durante los últimos años, la tradición se ha ido perdiendo, debido a la educación y a la influencia de culturas ajenas. Es posible que Chivolito sea el último bufón de velorios que sobrevive.

En algunos pueblos de la costa caribe despiden a los finados con tambores. En otros, les cantan coplas. Las plañideras a sueldo del pasado son hoy una leyenda pintoresca, pero no hay entierro popular al que le falte su cortejo de mujeres quejumbrosas: familiares, vecinas, amigas, conocidas o simples entrometidas. Se apoderan del muerto sin autorización de nadie, y lo lloran a grito herido, como si establecieran una relación proporcional entre el afecto y la potencia de su llanto. A ningún hijo de Dios le falta su banda sonora desgarrada el día del entierro. Es la prueba de que no vivió en vano, la evidencia de que dejó una huella. Si se miran bien las cosas —añade el profesor De la Hoz— este sollozo colectivo es un baile de máscaras. Por eso, tal vez, la máxima fiesta de la región, el Carnaval de Barranquilla, termina con el entierro multitudinario de Joselito, un personaje simbólico: se muere para renacer. Para salvar la próxima fiesta.

Y eso —salvar la fiesta a pesar de la muerte— es lo que procura Chivolito esta noche, mientras cuenta sus chistes.

—Una viejita se desnudó frente al espejo y empezó a hablar con su propia imagen. “Ay, mijita, estás toda arrugada como un acordeón. Ya no eres la misma que martillaba con navegantes, choferes, poetas, albañiles, músicos, zapateros, carpinteros, butifarreros, profesores y futbolistas. ¡Estás llevada de la malparidez!”. De pronto se le salieron cuatro gotas de orín por donde sabemos, y dice la viejita: “Echeeeeee, ¡lloras porque te digo la verdad!”.

Esta vez, el público aplaude además de reír a carcajadas. El calvo de bigote frondoso le pasa la garrafa de ron blanco. El vendedor de butifarras vuelve a pedirle el chiste del hombre de las dos próstatas. Y la barahúnda parece salida de madre. Dentro de la casa, la viuda luce tranquila a pesar de este alboroto, como si entendiera que es un deber cristiano prestar su muerto, para que Chivolito y su comparsa sepan que están vivos.

Cerca de ocho mil niños venezolanos están en situación de calle.

Viven en una realidad donde impera la indiferencia, la violencia y el hambre

Por: Erick Lezama

La señora gorda que camina despacio por el bulevar de Sabana Grande acelera su paso cuando Alejandro* se le acerca. La chica delgada, alta, con lentes oscuros y ropa informal, también se apresura cuando Alejandro se aproxima a ella. Todos reaccionan de la misma manera: el señor que tiene pinta de ejecutivo, la  adolescente que toma una bebida helada, el joven con atuendo deportivo, la niña con bolso de hadas.

Para Alejandro, la indiferencia de las personas es cotidiana. Ya no le incomoda. Pedir dinero en la calle se ha convertido para él en su única vía de subsistencia. Por ello se arma de paciencia. Su carta de presentación es la frase, lapidaria: “¿Me regala algo para comer?”.

 Lo que para él hoy es normal, al principio le fue difícil. “No sabía cómo pedir dinero, me daba pena. Lo ensayé mil veces y pensé no hacerlo, hasta que el hambre pudo más”, sostiene.

No titubea en decir que a veces se siente solo. No sabe que como él hay cerca de ocho mil niños que se encuentran en situación de calle en el país, según un estudio realizado por la organización no gubernamental CECODAP.

***

             En el Bulevar de Sabana Grande, donde Alejandro se sienta a ver el día, se percibe el dinamismo de la ciudad: el humo de lo carros, el ruido de las motos, las cornetas cada vez que el semáforo cambia a rojo, los ancianos que, con su pasivo andar, obstaculizan a quines caminan con rapidez, la niña que llora, la gente que come en puestos de perros calientes, los buhoneros.

            Ante éste paisaje, se queda abstraído. No habla. Es delgado, de tez clara, su estatura no es muy prominente, tiene el cabello castaño, ojos negros y cejas pobladas. Rompe el silencio algunos minutos después y dice que le gustaría volver a su casa porque a veces le fastidia estar sin rumbo.

 Alejandro tiene once años, pero habla con la madurez de una persona de más edad. Desde hace casi un año está en la calle. Abandonó su casa porque, según cuenta, su papá le pegaba mucho y porque su mamá no le prestaba atención. “Lo que pasa es que mi familia es muy pobre, muchas veces no teníamos cómo comer ¿ves?, entonces también por eso me fui”.

            El caso de Alejandro es similar a los de 4,8 millones de niños latinoamericanos que sufren estragos por la pobreza crítica, según un estudio de la Fundación Instituto de Capacitación e Investigación (FUNDA-ICI).

— ¿No te han buscado?

— Sí, sí lo han hecho. Pero ellos no me paran, ¿para qué voy a volver?

            El silencio parece otra vez. De nuevo, sólo se escuchan las cornetas de los carros y el sonido de las motos.

            Cuando minutos más tarde el sol se hace inclemente y golpea sus pupilas, vuelve a hablar: “Aquí en la calle uno ve de todo, por eso he aprendido a cuidarme. Ya me enseñaron a pelear”. Mientras saca una navaja de uno de los bolsillos de su pantalón, comenta, casi susurrando, que esa es su arma de defensa.

La violencia, para él, es una manera de sobrevivir en sus condiciones. “A mi me dijeron que si no me defiendo, entonces me agarran de `sopa´ y es peor”. Esto refleja que la lógica que impera en la calle es la violencia.

Un estudio de la organización CECODAP reporta que las cifras de violencia hacia los niños y adolescentes crecen sostenidamente. Entre 2008 y 2009 más de 1500 niños venezolanos fueron víctimas de la violencia en las calles.

Al respecto, el director de esta institución, Oscar Misle, señala: “Es lógico si vivimos en un país muy violento, producto de la polarización política y de los niveles de pobreza y violencia que hay”.

Tengo `amiguitos´ y jugamos, pero hay unos que son malos. A veces nos reunimos para pedir dinero todos juntos. Nos metemos en los centros comerciales porque ahí la gente tiene más dinero. Uno le pide a las señoras porque como que entienden a uno. Así es que logro comer algo todos los días”.

            Alejandro dice que siempre logra comer, pero que hay días que sólo hace una comida. Los domingos, cuando casi no hay gente en la calle, son los días en los que generalmente obtiene menos ingresos. “Ya estoy acostumbrado a comer poco porque así era cuando estaba en mi casa”. La contundencia de esta frase explica la situación económica en el país. El papá de Alejandro siempre estuvo desempleado y su mamá trabaja planchando por días. Es decir, su familia no cuenta con los recursos para subsistir. Por este motivo, según el sistema de indicadores sociales de Venezuela, 24% de la población menor de 14 años está desnutrida o mal nutrida.

***

            Esta mañana, cuando la claridad se hizo presente debajo del puente donde durmió, se despertó y sintió que la noche fue muy corta.  Sólo durmió dos horas. “Estuve pendiente de que unos tipos que no había visto por aquí no se metieran conmigo”, asegura.

             No tiene un lugar fijo donde dormir. Guarda en una “caleta” un cartón que tiende debajo de algún puente, en alguna plaza o cerca de las iglesias. “Cuando llegué a la calle siempre dormía en el mismo lugar, pero unos que llevan más tiempo me dijeron que cambiara de lugar siempre, para que no me `ficharan´. Pero duermo donde me agarre la noche, porque camino mucho por Caracas. La calle es mi casa pues”.

            Unos parientes cercanos de Alejandro, que viven en la parroquia Caricuao, decidieron no hacerse responsables de él cuando les pidió alojo. “Mi tía dice que yo no soy su responsabilidad y que por eso no me acepta”.

            Sin embargo, eventualmente le permite bañase y cambiarse se ropa allí. También le da comida y lo aconseja para que se porte bien. “Yo no lo puedo tener. Nosotros también tenemos pocos recursos y muchos gastos. Su mamá lo quiere, pero es una situación muy complicada, ellos de verdad tampoco lo pueden tener. Yo creo que esto es consecuencia de ser pobre y de no saber hacer las cosas bien.  Y bueno, además, Ale es muy tremendo. Hay gente que dice que van a denunciar a mi hermana, pero yo no sé”, dice la tía.

— Alejandro, ¿Has buscado ayuda en las instituciones del Gobierno?

            –Bueno, una vez una gente chavista me ofreció ayuda y yo me emocioné, porque estar en la calle es muy duro. La gente no lo entiende a uno. Yo no he consumido drogas porque mi tía de Caricuao siempre me dice que no lo haga, que eso es malo. Los señores me ofrecieron ayuda, me dieron comida, me sacaron una cédula porque no tenía, me dijeron dieron unas vitaminas y me dijeron  que me iban a internar en un lugar. Lo que pasa es que no volvieron más.

            En el año 2006 se creó, a través del ministerio de planificación y desarrollo, la misión Negra Hipólita, para atender a las personas en situación de calle. Existen diversos centros de reclusión impulsados por ésta misión. Sin embargo, para Misle, historias como la de Alejandro ponen en duda el impacto de ésta medida.

***

            Alejandro no sabe qué quiere ser cuando sea más grande. Dice que estudiar le aburre, porque no aprendió a leer bien cuando estaba en edad preescolar. “A mi me da pena no saber leer así bien”, dice al tiempo que esboza una carcajada.

            “Por su puesto que la calle no me gusta. Yo estoy acostumbrado pues. Pero, aunque me vean como un rebelde, a veces me hace falta mí familia”.

            En este instante, el silencio se hace presente otra vez. Ahora rompe el silencio para despedirse porque debe “trabajar”. Es decir, debe pedir dinero para comer.

            Camina hacia la feria de comida del Centro Comercial El Recreo. No se molesta cuando la señora que almuerza lo ignora: se dirige a la mesa de al lado. “¿Me regala algo para comer”, le dice a un grupo de jóvenes que conversan. Obtiene dos bolívares. El mismo procedimiento hace en dos mesas más y continúa con los mismos dos bolívares.

            Corre precipitadamente por las esclares mecánicas cuando ve a un joven de la seguridad del Centro Comercial. “Acá no se puede pedir dinero y ellos lo saben”, dice.

            Pero en el bulevar de Sabana Grande nadie lo persigue por pedir dinero. Sin embargo, quienes pasan por su lado no lo ven, no lo escuchan. La indiferencia de las personas le es cotidiana. Sin embargo, él sigue ahí: “¿Me regala algo para comer?”

*Nombre falso.  El verdadero nombre del niño está en reserva para proteger su identidad. La foto es una imagen referencial. 

Virgen de Nuevo

Publicado: enero 26, 2012 en Reportajes

Por  Bárbara Rodríguez

Aunque aun no es muy común en Venezuela, algunas mujeres han decidido someterse a una cirugía para recuperar su virginidad. Bien sea por moda, miedo o curiosidad las pacientes recurren a la himenoplastia para borrar su pasado sexual

 

Al parecer el tema de la virginidad, que debía ser demostrada con una manchaen las sábanas, no ha pasado de moda. Lo que para muchos podría considerarse una vieja preocupación de las abuelas, tiene vigencia hoy en día, al menos para algunas mujeres que deciden reconstruir su himen.

 

La receta para ser virgen de nuevo se llama himenoplastia , una cirugía que reconstruye el tejido del himen, con lo que se asegura la mancha roja en la cama que demuestre la “pureza” de la mujer. Si la garantía de la virginidad es un poco de sangre, entonces la himenoplastia es la cura a cualquier duda.

 

Aunque ni la Sociedad Venezolana de Cirujanos plásticos Reconstructiva Estética y Maxilofacial (SVCPREM) ni la Sociedad de Ginecólogos de Venezuela manejan cifras oficiales, la Doctora Marisol Graterol, Presidenta de la SVCPREM, expone que existen algunos casos de himenoplastias “la cirugía sí se realiza, sin embargo, no es tan común y es difícil establecer la cantidad de mujeres que lo hacen”

 

El himen como garantía

La himenoplastia es una intervención quirúrgica mediante la cual se unen los residuos de la membrana del himen una vez que esta se haya roto. Jesús Enrique Soto Aponte, Cirujano Plástico y Ginecólogo, especialista en cirugías estéticas y genitales, explica que el himen es una membrana que se localiza en el introito de la vulva (parte externa) cuya función en un principio es proteger a la mujer durante su niñez de posibles infecciones o embarazos, ya que de este tejido tapa la entrada a la vagina y cumple una función protectora.

 

El himen es hueco y como toda membrana es bastante frágil, por lo que permite la salida de los fluidos vaginales como la menstruación. Normalmente al momento de ocurrir las primeras relaciones sexuales se rompe. Sin embargo, Soto Aponte explica que existen hímenes que son llamados – “complacientes” caracterizados por ser bastante elásticos, lo que permite que una mujer mantenga relaciones sexuales las primeras veces sin que se rompa.

 

De modo que no todas las mujeres son iguales ni producen sangrado, lo que hace que el himen esté sobrevalorado. Desde el punto de vista anatómico la virginidad está dada por la presencia del himen, sin embargo, esto resulta bastante relativo. Ahora bien, la himenoplastia parte del hecho de que el himen y el sangrado son la garantía de la virginidad por lo que se busca simular que el himen está intacto. La cirugía no permite reconstruirlo, en el sentido de que no se volverá a tener el himen original pero si se puede lograr una apariencia similar a la que tenía la paciente antes de iniciar su vida sexual.

 

El procedimiento es bastante sencillo y se puede llevar a cabo con anestesia local. La mayoría de los cirujanos plásticos pueden realizarla, en principio se buscan residuos de la membrana himeneal que se encuentran alrededor del introito vulvar, una vez detectados estos tejidos se procede a removerlos y unirlos de manera que quede una especie de colgajo que asemeje un himen.

 

Posteriormente se realiza la suturación con un hilo muy fino que es absorbido por la vagina por lo que no se necesita retirarlo. La himenoplastia tiene riesgos muy pequeños ya que es una cirugía bastante sencilla que se realiza en menos de una hora, algunas mujeres presentan hemorragias leves, pero se trata de casos aislados.

 

El tiempo en que una mujer puede reanudar las relaciones sexuales es desde uno hasta dos meses. Actualmente el costo de la cirugía va desde cinco hasta doce millones de Bs.F, dependiendo de la Clínica en donde se realice. Es importante destacar que no todas las mujeres pueden realizarse la himenoplastia ya que se requiere que existan restos de la membrana himeneal. En casos de mujeres que hayan mantenido múltiples relaciones sexuales existe poca posibilidad de encontrar residuos.

 

Otro Procedimiento

Cuando unir los tejidos del himen ya no es una opción, aún existe un procedimiento con el que se puede lograr un resultado similar al que una mujer tenía al momento de iniciar las relaciones sexuales. Se trata de la perinoplastia o rejuvenecimiento vaginal, la cual se encuentra en boga actualmente. En este caso el procedimiento resulta más complejo. La perinoplastia se realiza para recuperar la estrechez en el piso vaginal.

 

El procedimiento consiste en cerrar el piso perineal, conocido como piso pélvico y la horquilla vulvar, reduciendo de este modo el tamaño del introito o la entrada a la vagina. Adicionalmente se puede realizar una pequeña migración de la parte interna de la mucosa vaginal para dar la apariencia de un himen. Con este procedimiento también se puede lograr un leve sangrado durante la primera relación sexual.

 

El valor de la virginidad

 

Durante muchos la virginidad ha sido considerada como sinónimo de pureza. Sin embargo a partir de la Revolución Sexual en los años setenta este concepto ha perdido vigencia. El sexólogo Jesús García explica que con la aparición de la píldora anticonceptiva y el reconocimiento de que la mujer tiene derecho a sentir placer, los valores han cambiado. Sin embargo, aun se presentan casos de miedo al rechazo de la pareja por parte de las mujeres.

 

En algunas cultural la virginidad tiene un valor mayor, ya que representa incluso el honor de una familia, en el caso venezolano no se manejan estos conceptos. La BBC publicó un artículo titulado La Industria de la Virginidad en el Mundo Árabe el día 26 de abril del año 2010 en el que se explica como las mujeres se someten a esta cirugía en una clínica ubicada en París para salvar incluso sus vidas.

 

En muchos países árabes, las mujeres están obligadas a mantener su himen intacto hasta su matrimonio o podrían ser incluso asesinadas. En el artículo una joven que se sometió a la cirugía narra: “Pensé en suicidarme después de mi primera relación sexual porque no veía otra salida” A diferencia de estas culturas en Venezuela el himen ha perdido importancia.

 

Cada día son menos los hombres que se preocupan por la virginidad de su pareja. García explica que en sociedades como la venezolana el fenómeno resulta bastante interesante, ya que no se trata de una cirugía estética porque no hay ninguna apariencia que se deba mejorar y tampoco resulta importante desde el punto de vista social, ya que mediante una cirugía como la himenoplastia las mujeres no van a ser aceptadas dentro de un grupo como ocurre en el Mundo Árabe, en este caso resulta un problema de apego a losvalores tradicionales.

 

Las mujeres que se realizan una himenoplastia en Venezuela lo hacen por razones individuales, se trata de cómo son percibidas, pero no por la sociedad sino por sus parejas, por lo que existe un problema de aceptación personal y sentimental.

 

En el caso de los hombres el concepto de virginidad puede estar asociado con el sentido de propiedad. El ser humano tiene desarrollado un sentido de pertenencia, por lo que los hombres que les exigen a su pareja que sean vírgenes pueden hacerlo por razones de exclusividad y poder, incluso se pueden manejar situaciones de inseguridad, de no querer ser comparado.

 

En todo caso las razones para realizarse una himenoplastia son muchas y varían en cada mujer, sin embargo, algunas frases suelen repetirse. “Si se entera que no soy virgen me dejara”,este uno de los comentarios que escuchan con mayor frecuencia los cirujanos cuando una paciente solicita la cirugía. Al respecto García explica que es difícil analizar un caso individual desde lo general, habría que revisar que representa para esa mujer la virginidad según su formación religiosa, familiar y cultural.

 

Sin embargo, insiste en el hecho que en el caso de Venezuela, las razones obedecen a pensamientos tradicionalistas y valores individuales pero no a una situación cultural del país. Lo cierto es que la virginidad y la valoración del himen aun esta vigente en algunos casos. García reconoce los casos de mujeres que para preservar la virginidad fisiológica, pero no dejar de gozar del placer sexual mantienen relaciones sexuales de forma anal y afirma que estos casos son más comunes de lo que se piensa.

 

Las mujeres aseguran ser vírgenes ya que su himen se encuentra intacto, sin embargo mantienen relaciones sexuales tanto anales como orales constantemente, con la única condición de no ser penetradas de forma vaginal. En cuanto a los pronósticos que se tienen de la cirugía, tanto García como Soto coinciden en que la intervención debe disminuir hasta casi desaparecer, ya que a medida que la sociedad venezolana evolucione, estos valores se irán perdiendo hasta dejar de existir.

 

Sin embargo, mientras existan restos de las costumbres tradicionales y mujeres capaces de someterse a esta intervención quirúrgica, la virginidad seguirá siendo una cualidad valorada para algunas parejas y ser virgen o al menos aparentarlo seguirá siendo una opción para algunas y también un secreto que probablemente llevaran hasta la tumba.

Alberto Salcedo Ramos – Colombia

Sucede que los asesinos -advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las 66 víctimas- nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.

José Manuel Montes, mi guía, un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del sábado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocultó pero su fogaje permanece concentrado en el aire. Mi acompañante cuenta entonces que en este punto en el que estamos ahora, más o menos aquí, en la mitad de la cancha, los paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus víctimas. Le arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicería y después le embutieron la cabeza en un costal. Lo apuñalaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los tambores y gaitas que habían sustraído previamente de la Casa de la Cultura. En los alrededores desolados de este campo de microfútbol apenas hay un par de burros lánguidos que se rascan entre sí las pulgas del espinazo. Sin embargo, es posible imaginar cómo se veían esos espacios aquella mañana del viernes 18 de febrero del año 2000, cuando los indefensos habitantes se encontraban apostados allí por orden de los verdugos.

—Casi toda la gente estaba sentada en ese costado —dice Montes, mientras señala un montículo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia, a unos veinte metros de distancia.

Hoy por la mañana, al despuntar el día, Édita Garrido me había mostrado esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, también sobrevivió para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un poco antes de las nueve, disparando en ráfagas y profiriendo insultos. Debajo de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, Édita oyó la algarabía de los bárbaros:

—¡Partida de malparidos: párense firmes, que somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda!

—¡Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!

En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron como borregos de sacrificio hacia la cancha. Allí —aquí— los obligaron a sentarse en el suelo. En el centro del rectángulo donde normalmente es situado el balón cuando va a empezar el partido, se plantaron tres de los criminales. Uno de ellos blandió un papel en el que estaban anotados los nombres de los lugareños a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, después de Novoa Alvis, seguía Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante guerrillero. La sometieron al escarnio público, la fusilaron. Y a continuación, en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de extenderlas al sol. “¿A quién le toca el turno?”, preguntó en tono burlón uno de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores. El compañero que manejaba la lista le entregó el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra. Separaron a la señora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte característicos de la arriería de ganado en la región. La ahorcaron en medio de un nuevo estrépito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a José Urueta Guzmán y a un burro vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo del infierno. Uno de los paramilitares amenazó a la muchedumbre: el que llore será desfigurado a tiros. Otro levantó su arma por el aire como una bandera y prometió que no se iría de El Salado sin volarle los sesos a alguien. “Díganme cuál es el que me toca a mí, díganme cuál es el que me toca a mí”, repetía, mientras caminaba por entre el gentío con las ínfulas de un guapetón de cine. Hubo más muertes, más humillaciones, más redobles de tambores. Varios tramos de la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cadáveres y órganos tronchados que había dejado la carnicería. Entonces, como al parecer no quedaban más nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el número 30 —advirtió uno de los verdugos— estiraría la pata. Así mataron a Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Después llevaron su crueldad, convertida ya en un divertimento, hasta el extremo más delirante: de una casa sacaron un loro y de otra un gallo de riña, y los echaron a pelear en medio de un círculo frenético. Cuando, finalmente, el gallo descuartizó al loro a punta de picotazos, estalló una tremenda ovación.

Ahora, José Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era apenas una parte del desastre. El país ha conocido después —gracias a los familiares de las víctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso archivo de la prensa— los pormenores de la masacre. Fue consumada por 300 hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los paramilitares comenzaron a acordonar el área desde el miércoles 16 de febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, se dedicaron a asesinar a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban aún en el pueblo. El viernes 18, ya durante la invasión, forzaron las casas que permanecían cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus moradas. Pero eso sí: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si no querían amanecer con la piel agujereada. Entre tanto ellos, los bárbaros, se quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el sábado 19 de febrero, casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugareños corrieron en busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo más horrendo que hubiesen visto jamás: la cancha que con tanto esfuerzo les habían construido a sus hijos cinco años atrás, estaba convertida en una cloaca de matadero público: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atmósfera pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros les caían a dentelladas a los cadáveres, corrompidos ya por el sol.

—Mi marido —dijo Édita Garrido esta mañana— ayudó a cargar uno de esos cadáveres, y cuando terminó tenía las manos llenas de pellejo podrido.

Le reitero a José Manuel Montes que mi visita se debe a la matazón cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame, seguramente yo andaría ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un centro comercial en Bogotá, o extraviado en una siesta indolente. El terrorismo, fíjese usted, hace que algunos de quienes todavía seguimos vivos, pongamos los ojos más allá del mundillo que nos tocó en suerte. Por eso nos conocemos usted y yo. Y aquí vamos juntos, recorriendo a pie los 150 metros que separan la cancha del panteón donde reposan los mártires. Mientras avanzamos, digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en la memoria colectiva. Así, la relación que la psiquis establece entre el lugar afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y la cicatriz. No nos engañemos: El Salado es “el pueblo de la masacre”, así como San Jacinto es el de las hamacas, Tuchín el de los sombreros vueltiaos y Soledad el de las butifarras. Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas, se levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron allí como el típico símbolo de la misericordia cristiana, pero en la práctica, como no hay a la entrada de El Salado ningún cartel de bienvenida, esta cruz es la señal que le indica al forastero dónde se encuentra el mojón que demarca el territorio del pueblo. Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, fíjese usted, los límites geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie. Al distinguir los nombres labrados en las lápidas con caligrafía primorosa, soy consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas a quienes ya no podré ver vivos. Habitantes de un país terriblemente injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está enterrada en una fosa. ?

***

Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el café en una hornilla de barro. Vitaliano Cárdenas les echa maíz a las gallinas. Eneida Narváez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la leña con un hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ramírez cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su parcela con un talego de semillas de tabaco. Édita Garrido pela yucas con un cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. Jamilton Cárdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo Torres, quien me acompaña en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo del día. Los demás lugareños seguramente están dentro de sus moradas haciendo oficios domésticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las ocho de la mañana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier visitante desprevenido pensaría que se encuentra en un pueblo donde la gente vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es así. Sin embargo —me advierte Oswaldo Torres— tanto él como sus paisanos saben que, después de la masacre, nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes había más de 6000 habitantes. Ahora, menos de 900. Los que se negaron a regresar, por tristeza o por miedo, dejaron un vacío que todavía duele.

Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su tragedia a cuestas como el camello a la joroba, la lleva consigo adondequiera que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran. Algunos de ellos atacan a la víctima a través de los sentidos: un olor que permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillación. Durante mucho tiempo, los habitantes de El Salado esquivaron la música como quien se aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de cumbiamba improvisados por los verdugos sentían, quizá, que oír música equivalía a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasión, un psicólogo social que escuchó sus testimonios en una terapia de grupo les aconsejó exorcizar el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros, símbolos de emancipación y deleite, permanecieran encadenados al terror. Así que esa misma noche bailaron un fandango apoteósico en la cancha de la matanza. Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que anunciaban un sol resplandeciente.

En este momento, paradójicamente, el sol se ha escondido. El cielo encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando ocurrió la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: él, Torres, fue una de las 120 personas —100 hombres y 20 mujeres— que encabezaron el retorno a su tierra, en noviembre del año 2002. Cuando llegaron —cuenta— El Salado se hallaba extraviado bajo un boscaje de más de dos metros de alto. Uno de los paisanos se encaramó en el tanque elevado del acueducto para precisar dónde quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar al pueblo de las garras del caos. Un día, tres días, una semana, enfrascados en una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las cavernas, corte un bejuco por aquí, queme un panal de avispas furiosas por allá, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferación de bichos era desesperante.

—Si uno bostezaba —dice Torres— se tragaba un puñado de mosquitos.

Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no fumadores, mantenían un tabaco encendido entre los labios. Además, fumigaban el suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.

Dormían apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues temían que los bárbaros regresaran. Reunidos —decían— serían menos vulnerables. Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendría que matarlos juntos. Tan grande era el miedo en aquellos primeros días del retorno que algunos dormían con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos vecinos —Canutal, Canutalito, El Carmen de Bolívar y Guaimaral— cuyos moradores les regalaban víveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la maraña, cuando quemaron el último montón de ramas secas, se dedicaron a poner en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio, el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los niños, los amores furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del café, la visita del compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) los acusó de ser colaboradores clandestinos de los paramilitares. ¿Habrase visto ironía más grande? ¡Si los masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los guerrilleros!

Oswaldo Torres advierte, mientras chupa su eterno cigarrillo, que los problemas de orden público en El Salado se debían al simple hecho de pertenecer geográficamente a los Montes de María, una región agrícola y ganadera disputada durante años por guerrilleros y paramilitares. En los periodos más críticos de la confrontación, los habitantes vivían atrapados entre el fuego cruzado, hicieran lo que hicieran. Y siempre parecían sospechosos aunque no movieran ni un dedo. Ciertamente, algunos paisanos —bajo intimidación o por voluntad propia— le cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la población civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera terminó la educación primaria, me explicó el asunto, anoche, con un brochazo del sentido común que les heredó a sus antepasados indígenas.

—Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.

En seguida encogió los hombros, me miró a los ojos y me retó con una pregunta:

—¿Y qué podíamos hacer los demás, compa, qué podíamos hacer?

—Lo único que podíamos hacer —responde Torres ahora— era pagar los platos rotos.

Su respiración es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad —según me dice, jadeante— está inquieto por un nubarrón que parece a punto de romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al principio de nuestra caminata: en este momento, cualquier visitante desprevenido pensaría que los pobladores de El Salado viven otra vez, venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es así —repite— porque ellos han retornado al terruño que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la opción de disfrutar en forma tranquila los actos más entrañables de la cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una niña escruta el horizonte con su monóculo de juguete, un niño retoza en el piso con sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano plácido. Sin embargo, ya nada será tan bueno como en la época de los abuelos, cuando ningún hombre levantaba la mano contra el prójimo, y los seres humanos se morían de puro viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos daños irreparables. Espantó, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes empresas que compraban las cosechas de tabaco en la región. Enraizó el pánico, la muerte y la destrucción. Provocó un éxodo pavoroso que dejó el pueblo vaciado, para que lo desmantelaran las alimañas de toda índole. Cuando los habitantes regresaron, casi dos años después de la masacre, descubrieron con sorpresa que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban tenía otros dueños. Ya no había ni maestros ni médicos de planta, y ni siquiera un sacerdote dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.

El nubarrón suelta, por fin, una catarata de lluvia que rebota enardecida contra el suelo arenoso.

***

Los dos únicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El Salado, dueña de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta mañana de lunes. En el primer salón que uno encuentra tras el portón, los niños se aplican a la tarea de elaborar un cuadro sinóptico sobre las bacterias y otro sobre las algas. El número de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema mayor es otro: el bachillerato apenas está aprobado hasta noveno grado. Los estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para El Carmen de Bolívar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la pobreza de casi todos los pobladores. En consecuencia, muchos jóvenes renuncian a concluir su educación y se convierten en jornaleros como sus padres.

Tal es el caso de María Magdalena Padilla, 20 años, quien a esta hora hierve leche en una olla vetusta. En 2002, cuando se produjo el retorno de los habitantes tras la masacre, María Magdalena fue noticia nacional de primera página. En cierta ocasión, una mujer que debía ausentarse de El Salado dejó a su hija de cinco años bajo la custodia de María Magdalena. Para matar el tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: María Magdalena era la maestra. Y la niña más pequeña, la alumna. Una vecina que vio la escena también envió a su hijo chiquito, y luego otra señora le siguió los pasos, y así se alargó la cadena hasta llegar a 38 niños. Como no había escuelas, el divertimento se fue tornando cada vez más serio. En esas apareció una periodista que quedó maravillada con la historia, una periodista que, folclóricamente, le estampilló a la protagonista el mote de “Seño Mayito”, dizque porque María Magdalena sonaba demasiado formal. El novelón caló en el alma de los colombianos. A María Magdalena la retrataron al lado del Presidente de la República, la ensalzaron en la radio y en la televisión, la pasearon por las playas de Cartagena y por los cerros de Bogotá. Le concedieron —vaya, vaya— el Premio Portafolio Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto inútil arrinconado en su habitación paupérrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron su ejemplo. Pero en este momento, María Magdalena se encuentra triste porque, después de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo soñó desde la infancia. “No tenemos dinero”, dice con resignación. Lejos de los reflectores y las cámaras, no resulta atractiva para los falsos mecenas que la saturaron de promesas en el pasado. Pienso —pero no me atrevo a decírselo a la muchacha— que ahí está pintado nuestro país: nos distraemos con el símbolo para sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la gente pobre. Les damos alas a los personajes ilusorios como “la Seño Mayito”, para después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María Magdalena. En el fondo, creamos a estos héroes efímeros, simplemente, porque necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.

Eso sí: los problemas persisten, se agrandan. La vecina de María Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene 23 años. Está sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, después del tremendo aguacero que cayó en El Salado, resbaló en el patio fangoso de la casa y cayó de bruces contra un peñasco. Perdió el bebé de tres meses que tenía en el vientre. Y ahora dice que todavía sangra, pero que en el pueblo, desde los tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni médico permanente. Yo la miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo, procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un par de manadas de asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre gente.

La industria textil peruana ha incursionado en el mercado venezolano a través de su algodón.  Las tiendas de ropa Pima Cotton han sido parte de esta dinámica. La venta de sus productos ha estado representada por técnicas de marketing alternas

tienda

La palabra moda es un término común en la sociedad venezolana. El interés por conocer lo que está en boga se ha convertido en un aspecto propio del consumidor nacional. Estar de moda es tener algo nuevo y diferente, una característica que ya forma parte de la cotidianidad del venezolano.

A partir de esta distintivo de seguir la moda, incursionan  los mercados textiles  extranjeros en el país. La propuesta de nuevos diseños, piezas y confecciones, capta al consumidor venezolano expectante de nuevas tendencias, bajo una promesa de productos accesibles y de calidad garantizada.

Las tiendas Pima Cotton, son un ejemplo de esta penetración en el comercio textil nacional. Su propuesta de piezas de algodón fue, en un principio, la mejor estrategia de mercadeo utilizada por la empresa peruana para aventurarse en el mercado venezolano.

Comienzo instintivo

La industria textil y de confecciones peruana ha experimentado en el mercado venezolano a través de su materia prima principal; el algodón pima.  Esta variedad de algodón, propia del Perú posee características de finura y suavidad en sus fibras que lo hacen resistente y fresco.  Su utilización para tejidos de punto, es el principal uso en la industria peruana, y a través del cual las Tiendas Pima Cotton iniciaron su comercialización en el país.

Pima Cotton  llega a Venezuela en el 2002. Su inicio en el mercado fue intuitivo, ajeno a un estudio de mercado, basado en una estrategia de marketing. Elizabeth Ortiz, Jefe del Departamento de Marketing de la empresa, afirma que fue una acción experimental, no planificada. “Al comienzo no hubo ningún tipo de publicidad, ni estudio del mercado. Los dueños decidieron probar en el mercado venezolano sin planificar una estrategia de marketing como tal”.

Un comienzo sin sondeos de mercado, ni estudios del consumidor es lo que se vincula con una acción olfativa. Mariana Bacalao, investigadora y analista de estudios de Opinión Pública, explica que es una incursión sensorial .que no es del todo positiva para la comercialización. “Fue un salto al vacío que parece haber funcionado, pero que no creo que sea el camino seguro. La investigación de Opinión Pública tiene un sentido importante que es sondear estadísticamente qué es lo que la gente quiere, qué es lo que espera. Determinar cuáles son los vacíos a nivel de mercado para poder llenarlos”.

Ubicación y Estrategias de Marketing

La ubicación de la tienda en el Boulevard de Sabana Grande fue uno de los puntos más importantes para el mercadeo de la marca. Hilayaly Valera, Jefe del Departamento de Publicidad de la Escuela de Comunicación Social de la UCV y especialista en el área de Mercadeo y Publicidad,  explica que el lugar en el que se estableció su tienda principal (Sabana Grande) fue una forma de darse a conocer, a pesar de no iniciarse con una estrategia de mercadeo. “El sitio fue muy estratégico, por ser un punto de alto tránsito de personas, lo que para el estudio de marketing da una ventaja importante. Además de esto se le suma la utilización de una gran valla que fue muy visible y los identificaba muy  bien como marca”.

A partir de este experimento instintivo, la marca inició una planificación de mercado progresivo, pero sin decantarse por la publicidad convencional. “Después de cierto tiempo comenzamos a vender una idea de calidad y precio, más allá de generar una gran publicidad. Utilizamos nuestras tiendas para vender nuestros productos”, explicó Elizabeth Ortiz, Jefe del  Departamento de Marketing de la tienda.

La profesora Hilayaly Valera refiere que este tipo de mercadeo del que comenzó a servirse la marca, estaba orientado a utilizar sus tiendas como forma de mostrar sus productos. “Utilizaron sus vitrinas para mostrar, y la vitrina tiene un atractivo publicitario importante porque es un punto de control y de contacto, con el que además identificas la marca”.

Pero más allá de generar un contacto visual del cliente con la tienda, la acción principal que sirvió para dar a conocer los productos de esta cadena fue el llamado “Boca en boca”. Con esta estrategia de Marketing la tienda se dio a conocer por una acción del consumidor. “Su principal forma de publicitarse fue el boca en boca, que es una técnica de marketing mediante la cual el cliente divulga a otros un nuevo producto a partir de su experiencia, lográndose la atención de nuevos compradores”, explica la profesora Bacalao.

Sin embargo, la acción de divulgación sólo pudo ser efectiva mediante una idea de calidad a bajos precios presentada al consumidor. “Fue su manera más importante de publicitarse, pero además fue efectiva porque tenían una propuesta nueva, que ofrecía moda a bajos precios, con buena calidad, que la gente notó y comenzó a comentarle a otros”, explica la Profesora Hilayaly Valero.

Atención al público y Experiencia de compra

La vivencia que tiene el cliente en la tienda, al mismo tiempo que el trato que recibe, son factores importantes para mantener la clientela; aún más, cuando no se cuenta con una campaña publicitaria firme.

En uno de los departamentos de la tienda, la Sra. María Mendoza, busca a un vendedor que le ayude a aclarar dudas con respecto a su talla. No encuentra respuesta y decide dejar la pieza a un lado. Al mismo tiempo afirma que a pesar de conseguir buenos precios no está conforme con la atención. “Siempre vengo porque a veces consigo cosas buenas pero la atención es muy mala. Dan malas contestas y no te ayudan”.

Mariana Bacalao explica que cuando no se tiene una publicidad planificada y convencional, la experiencia de compra debe ser un factor clave. “La atención al cliente debe estar reforzada, porque si se están cortando gastos con respecto a investigación de mercado, y además no tienen una campaña en medio visuales convencionales, los puntos de venta tienen que estar  fortalecidos. No basta sólo con apelar a la confianza que el consumidor tenga de la calidad y los precios de los productos”.

Necesitan más

A pesar de haber hecho un nombre y una marca a través de un marketing poco tradicional, la propuesta y los productos no son suficientes para atraer nuevos clientes, ni para mantener el interés en el consumidor.

La señora Rosa García, cliente de la tienda explica que aunque tiene mucho tiempo comprando, ha notado que los precios han subido y ya no encuentra la misma variedad. “Tengo tiempo viniendo, pero veo las cosas más caras y no hay nada nuevo”, dice mientras sale de la tienda sin haber hecho alguna compra.

Dentro de la tienda otras entrevistadas coinciden en el aumento de los precios. Pasean la tienda de un lado a otro buscando alguna prenda diferente y de bajo costo. “Antes los precios eran buenos, y encontrabas de todo, ahora no tanto”, comenta una de las clientes, que asiste a la tienda desde hace unos tres años.

La especialista en el área de marketing, Hilayaly Valera, explica que esto se debe a que la marca saturó el mercado y su idea original ya no está siendo efectiva. “Llegó un momento en que los diseños comenzaban a ser los mismos, se saturó el mercado y se perdió esa idea innovadora con la que la marca creció”.

El consumidor ha comenzado a sentir una carencia en cuanto a la innovación del diseño y de las piezas. Elisabeth Ortiz, Jefe del Departamento  de Marketing de la marca, refiere que están haciendo esfuerzos por reambientar sus tiendas y cambiar sus estrategias de venta. “Estamos optando por las promociones, buscando que la gente difunda esta intención. Además estamos trabajando en una nueva imagen para la tienda, mostrando cosas diferentes en vitrina”. Sin embargo, comenta que no tienen intenciones claras de iniciar una campaña en medios masivos.

La profesora Mariana Bacalao, reflexiona sobre el hecho de que su propuesta inicial funcionó porque el consumidor la recibió como un factor nuevo, sorpresivo. “Tuvieron un mercadeo basado en la confianza del producto y en el factor innovador, sorpresa; que pudo tener un alcance y ser efectivo, pero que no sustituye jamás a la publicidad como tal; vayas, comerciales de tv, etc”.

Por: Erick Lezama

Desde anoche sólo se imagina la cara de su maestra al recibir el dibujo. A la 1:00 pm suena el timbre y Samuel corre rápidamente para formarse a la puerta de su nuevo salón de clases.

Entra de último al aula, pero  pelea por sentarse adelante. Se disputa el primer pupitre de la fila con otro compañero y consigue quedarse con el.

Samuel tiene 9 años. Cursa primer grado enla Escuela DistritalArismendi, ubicada en el barrio Mamera cuatro de la parroquia Antímano. Moscas y zancudos vuelan por todas partes. Un container de basura repleto de desechos, desagradables olores y un pantanal son el paisaje que está en frente de la institución.

Samuel tiene el cabello negro y enmarañado, es delgado, de piel canela, ojos negros y cejas pobladas. El año pasado también cursó primer grado en la institución, pero repitió por inasistencias porque sus padres nunca lo llevaban.

Su deteriorada y sucia ropa es muestra de que el uniforme no está nuevo. Hace un año su camisa era blanca, hoy tiene un tono que se asemeja más al beige. Los zapatos son negros, pero están cubiertos por una capa de pantano que se extiende hasta el ruedo del pantalón azul marino. “La revolución avanza, Alcaldía del municipio Libertador”, se puede leer en el bolso rojo que le regalaron en el barrio.

“Maestra mira lo que te traje, es un dibujo de Garfield, tu muñeco favorito”, grita emocionado.  La cara de Samuel denota expectativa y ante la reacción positiva de la educadora le da un fuerte abrazo.

La maestra explica la actividad del día: “Vamos a unir los puntos de la figura para formar una manzana”. Samuel quiere que la fruta sea de verdad para darle un gran mordisco. Hoy no pudo almorzar porque el arroz que había en su casa no alcanzó. En la mañana la comida que había para  el desayuno se la comieron su padrastro y su pequeña hermana.

“Siempre hay varios chamos que vienen sin comer. Y lo peor es que se trata de  una realidad que se repite en todos los salones. Por lo menos acá les dan una pequeña merienda”, afirma la docente.

El psicólogo Marcos Cortez asegura que los niños necesitan muchos nutrientes para que su proceso de aprendizaje marche bien. El comer es una necesidad básica que se les debe garantizar.

Samuel juega con su lápiz y se imagina que es un avión. Él bosteza, está desconcentrado, inquieto, aislado. Necesita comer.

Según cifras de Cecodap, muchos niños, niñas y adolescentes en el país, que viven en los sectores populares, tienen una alimentación poco balanceada.

Llega la merienda: una arepa con mantequilla y mortadela. Samuel esboza una sonrisa en la que deja ver su descuidada dentadura y se para sin timidez a tomar la que le corresponde. No es momento para mostrar reglas de etiqueta, el hambre puede más: se la come en cuatro mordiscos y en tres minutos termina. “Estaba muy rica”.

 “Vivo allá arriba con mi mamá, mi padrastro y mis cinco hermanos”, dice mientras con su dedo índice señala sin precisión alguna de las casas de ladrillos rojos que copan el cerro donde se encuentra la escuela.

A su corta edad Samuel ya piensa en su futuro. “Cuando sea grande voy a ser policía y dibujante, es que quiero ser bueno. Por eso le voy a pedir al niño Jesús una moto”, asegura.

 “También quisiera ser boxeador, mi papá me enseñó a pelear porque hay que saber defenderse”, explica al tiempo que cierra las palmas de las manos y se tapa la cara con los puños: “Así hay que cubrirse”.

¡RINNNG! El sonido del timbre anuncia que llegó el recreo. Samuel sale corriendo al encharcado patio. En su mano derecha sostiene una pelota de goma gris. La hace rebotar contra el suelo, la lanza hacia arriba y cuando cae la ataja con agilidad de grandeliga. Se fastidia de la pelota y durante algunos minutos corre con sus compañeros. Luego prefiere jugar con las cartas de Pokemon que saca de su  bolsillo.

Después de media hora regresa al aula. Hace una caligrafía pero dibuja las letras sin saber qué dicen porque  aún no sabe leer.  Se cansa, se levanta del pupitre y conversa.

“Vivo con mi padrastro porque mi papá se fue de la casa hace tiempo. Él tenía otra mujer y peleaba mucho con mi mamá. Le pegaba  y la dejaba morada”, recuerda.

Según el informe anual de Cecodap, durante el año 2009,  la violencia en espacios donde se encuentran niños, niñas y adolescentes, se incrementó notablemente.

“El problema es que los niños  cuando crecen en  ambientes violentos terminan imitando  esos patrones de conducta al pensar que son normales”, informa  Marcos Cortez.

Samuel dice que ve a su papá muy poco: “Hace mucho tiempo salí con él y me sentí como un millonario porque me regaló diez mil y me brindó un perro caliente.

Es la hora de la salida y Samuel corre para su casa. Se pierde entre los otros estudiantes que asistieron al colegio. Ya nadie lo mira. A los ojos del mundo es un chamo más que sale de estudiar. Seguramente tomará un jeep que lo dejará en su casa, una de las últimas del barrio. Abrirá la puerta sin saber a quién encontrará. Su mamá y sus hermanos andarán en la casa de la abuela. Su padrastro estará tomándose unas frías. Buscará, sin saber si encontrará, algo de comer. Se sentará en cama y tratará de encontrar estabilidad para hacerle un nuevo dibujo a su querida maestra.

 El verdadero nombre  del niño está en reserva para proteger su identidad.

Esta crónica ganó el 2do. Lugar en el I concurso “Nuevos cronistas” de la ECS-UCV, auspiciado por la Revista Marcapasos.

 

Venganza Pasional

Publicado: enero 22, 2012 en Uncategorized

Un ex marido celoso metió un camión cisterna dentro de la casa de su ex mujer

¿A quien se le ha ocurrido meter un camión cisterna en la casa de su ex? Seguro alguien lo ha pensado. Pero un hombre llamado Chris Hugh lo ha hecho. ¿Pensaban que sólo en las novelas? Pues en Inglaterra también… Este exmarido celoso le quiso dar un gran susto a su exesposa que afortunadamente no resultó herida. ¿loco de celos? ¿loco de amor? No lo sabemos, pero de lo que estamos seguros es que esto es saber vengarse.

Por: Erick Lezama

       Cuando llega su turno, Natielvi camina risueña al centro del escenario. No está nerviosa porque sólo es un ensayo y el auditorio está vacío. Toma el micrófono y para concentrarse fija su mirada en algún punto impreciso de la sala. Su sonrisa desaparece súbitamente cuando el director musical cuenta hasta tres y la batería estalla en una fiesta de sonidos. Luego de dos compases comienza a cantar “Junto a mi”, tema que escogió para representar a su escuela en el renglón Urbano del Festival dela Voz Humanista2011.

      No pensó en participar en el renglón tradicional porque, a su juicio, la música venezolana no permite mostrar todas sus cualidades vocales. “Es que ese joropo es como pa` viejo. Siento que eso no se parece a mi”, dice.  Natielvi creció en un pueblo de Tucupita, al nor-oriente del país. Recuerda que de pequeña tuvo que cantar joropo porque era lo que le enseñaban en las clases de música a las que asistía. Confiesa su preferencia por la música foránea: “Aunque he cantado `llaneritas´ de Scarlet Linares, lo mío es el pop”.

          Cinco minutos después termina su ensayo. Al bajarse de la tarima, vuelve a sonreír y su mirada deja de estar en un limbo indefinido. Dice que le gustaría estar identificada con la música venezolana. “Sería bueno que se bailara joropo en las fiestas, así como uno se tripea el  reggaeton o la salsa”.

        Natielvi siempre habla de la música venezolana refiriéndose únicamente a la que se hace en los llanos. No toma en cuenta las demás corrientes musicales tradicionales que tiene el país: no asocia la gaita, los aguinaldos o los calipsos con la música nacional.

         Mariana Bacalao, experta en el estudio de la OpiniónPública, dice que se trata de un fenómeno que caracteriza a la sociedad venezolana, donde hay una identidad nacional fragmentada. “En la colectividad se vincula la música venezolana exclusivamente con el joropo. La gente no sabe que ese es sólo uno de los muchos géneros tradicionales.  Como no les gusta y creen que es lo único que hay, la rechazan”, asegura. Cree además que es consecuencia de la falta de información cultural y artística. “Es lógico, nadie puede valorar algo que no conoce”, dice.

        El musicólogo Hugo Quintana dice que hay que reconocer la importancia del joropo en la cultura venezolana, pero que también es necesario masificar la idea de que el país es más rico musicalmente. “Es una visión simplificadora pensar que el joropo comprende la totalidad de la música venezolana”. Quintana difiere de Bacalao al considerar que la tendencia a pensar que el joropo es el único género musical que hay tiene que ver con la ubicación geográfica. “Para el zuliano su música es la gaita”, explica.  Dice que también ocurre que se conocen algunas canciones de otros géneros, pero que no se asocia directamente con la música venezolana.

El músico venezolano Aquiles Báez, dice que uno de los problemas del venezolano es que no conoce  la cultura de su país y por ello no se identifica con sus raíces. “En Colombia, Brasil o México, esta situación totalmente diferente, allá la gente sí valora y conoce su música”.

        La experiencia de Natielvi encaja con lo que dicen los expertos. Recuerda que cuando estudiaba primaria, en los actos culturales sólo se cantaba el alma llanera. “Ahorita uno lo que oye es reggaeton, y es como más bailable. Es que a uno no le inculcan la música venezolana ni en la casa ni en la escuela”.

       Todo parece indicar que la falta de conocimiento de la música tradicional es una responsabilidad compartida entre el Estado, los medios  de comunicación y la escuela.

    ¿En las leyes, en los medios o en el aula?

         A mediados del siglo pasado, en un esfuerzo por afianzar la identidad nacional, el entonces  presidente Marcos Pérez Jiménez decretó que la música nacional era el joropo. Por ello se le dio mucha difusión y se nacionalizó. En los años 80`, con el decreto del 1×1, se produjo un boom de música pop. En ese entonces se popularizaron cantantes como Ilan Chester,  Karina y Yordano. Báez destaca que a pesar de esas iniciativas nunca se difundió masivamente la música venezolana diferente a la llanera.

          Desde el 2005, con la entrada en vigencia de la Leyde Responsabilidad Social de Radio y Televisión, las emisoras de radio y canales de televisión quedaron obligados a transmitir contenidos culturales y educativos. El artículo 14 establece que al menos 50% de la música venezolana que se transmita debe ser tradicional, y deben incluirse géneros de las diversas zonas del país.

      Sin embargo, para Juan Carlos Ballesta, músico y editor de la Revista Ladosis, la legislación es débil. “Más allá de obligar a transmitir un contenido específico, lo que hace falta es un trabajo de formación cultural. Aquí se debería ver educación musical como se ve educación Artística o Historia de Venezuela”, dice. Considera que la ley ha sido contraproducente: “Como los dueños de medios no conocen la música venezolana, colocan únicamente joropo, y eso genera más rechazo en el colectivo”. Ballesta agrega que los medios de comunicación en general tienen una deuda con el país, porque no han creado espacios para la difusión de la cultura venezolana.

    El musicólogo Hugo Quintana asegura que es necesario que los productores de radio y televisión se actualicen, conozcan las nuevas propuestas que existen musicalmente y aprendan de todo el bagaje musical de tradición que tiene Venezuela.

     La promotora cultural Isabel Pérez y Aquiles Báez, concuerdan con la visión de Ballesta. Aseguran que no se puede imponer la cultura y la identidad, pues es algo que crea desde los primeros años de vida. Concuerdan en que es necesaria la unión entre los medios de comunicación, la escuela y el Estado, para logar que se conozca la cultura musical venezolana.

         Nuevas propuestas. La especialista Mariana Bacalao asegura que la única forma de que la situación cambie es que se den a conocer exponentes de la música venezolana que sean jóvenes, que hagan música que genere empatía, y exploten todos los géneros musicales del país.

           Actualmente la Fundación Bigott, a través de  agrupaciones como Pomarrosa y Vasallos del sol, trabajan en el sentido que sugiere Bacalao. Han dado a conocer la amplitud de la música venezolana, al interpretar géneros como sangueos, gaitas de tamboras, parrandas, aguinaldos, tambores, merengues,  joropos, etc.

         Asimismo, desde el año  2007, surgió la Movida Acústica Urbana, (MAU) una asociación de seis ensambles de música venezolana instrumental, cuya propuesta tiene elementos de otras corrientes musicales como el jazz. Lo conforman las agrupaciones C4 trío, enCayapa, los sinvergüenzas, Kapicúa, Nuevas Almas y Kamarata Jazz.

        Una propuesta similar a la de la MAUes Piso 1, agrupación conformada por solistas de varios grupos de música tradicional, que se unieron para mostrar una música venezolana tradicional más urbana.

         Estas iniciativas parecen indicar que el panorama es alentador. Sin embargo, la promotora cultural Isabel Pérez considera que es necesario que se logren masificar esos esfuerzos para que no sean percibidos como grupos elitescos.

        Marina Bravo, cantante de Piso 1 y de Pomarrosa, coincide con Pérez en la importancia de la masificación de las nuevas propuestas musicales tradicionales. Sin embargo asegura que es difícil. Su experiencia le dice que aún en la radio siguen prevaleciendo los intereses particulares, y en la televisión no hay programas para mostrar el trabajo que hace. “Yo no pude pagar `payola´  y por eso mi disco no sonó. Es así, uno no hace joropo, que es lo que la gente conoce. Es injusto que luego de que uno tiene que vender hasta el carro para hacer un CD tenga que pagar para estar en la radio”. Bravo, sin embargo, se muestra optimista: espera que todas las propuestas emergentes, que hacen la música venezolana más actual, puedan masificarse para que la gente comience a conocer la diversidad musical de Venezuela.