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En Venezuela escasean los bailarines de danza clásica. La práctica del ballet sigue dominada por las mujeres

Por: Wilmer Cedeño

“¡Y un, dos, tres y cuatro!”, dice al ritmo de la música el maestro de danza clásica de la Fundación Ballet de las Américas Rumen Rashev, mientras pasea por un amplio salón con piso de madera y  paredes cubiertas de espejos. Unas barandas  largas y negras a la altura de la cintura sirven de apoyo a 25 jóvenes

Mientras las suaves notas del piano inundan la estancia, los estudiantes elevan lentamente y al mismo tiempo una de sus piernas hasta que las puntas de sus pies apuntan al cielo. Luego de recobrar su posición original, extienden sus brazos como las alas de un cisne antes de emprender vuelo y giran súbitamente el cuerpo sobre las puntas de sus pies. Mientras el maestro pasea por el salón corrigiendo las posiciones en la que bailan sus estudiantes, dice con voz potente a una bailarina: “¡Lorena, vas a tener que tomar Ginkgo Biloba para que recuerdes los pasos!”. La chica sonríe y asiente con la cabeza. Mientras tanto, el maestro voltea, mira al resto de sus estudiantes y dice al único alumno de su clase:” ¡Yosmer, levanta más ese brazo!”. El chico sonríe también, eleva un poco más su brazo y lentamente va arqueando su columna hacia atrás para quedar estático cuando la música deja de sonar.

Venezuela, al igual que muchos países del mundo, tiene academias que se encargan de formar a jóvenes que quieren convertirse en bailarines. Estos recintos suelen estar abarrotados de niñas que quieren bailar sobre las puntas de sus pies como las míticas bailarinas de ballet clásico. Pero la situación con los hombres es diferente por la visión  que se tiene en Venezuela del hombre bailarín.

En Venezuela, la cultura del bailarín de danza clásica es un poco tardía si se le compara con países como Cuba, Argentina, Rusia o Italia. En los países europeos, el ballet es tomado como una profesión tan seria como cualquier otra, por lo que hay escuelas encargadas de formar a los niños desde muy pequeños.

Erase una vez en Venezuela…El maestro Rashev resalta que en Venezuela hay mucho machismo, no solo por la danza, sino por las artes en general. “Si acá un muchacho dice que quiere bailar ballet pueden pasar dos cosas: o no lo dejan porque se le considera un oficio no lucrativo o sencillamente se le considera homosexual. En la academia en la que trabajo tengo 280 niñas aproximadamente y 2 varones”.

El maestro Rashev resalta que en Venezuela hay mucho machismo, no solo por la danza, sino por las artes en general. “Si acá un muchacho dice que quiere bailar ballet pueden pasar dos cosas: o no lo dejan porque se le considera un oficio no lucrativo o sencillamente se le considera homosexual. En la academia en la que trabajo tengo 280 niñas aproximadamente y 2 varones”.

Estos pensamientos son compartidos por su colega Stella Quintana, ex bailarina y directora de la Fundación Ballet de las Américas en Chacao. “En Venezuela hay una especie de estancamiento en lo que respecta a ballet clásico”, dice. “Existe aún ese tabú del bailarín venezolano, no se le ve como una profesión sino más como un hobby”, asegura.

 Sin embargo, la maestra Quintana afirma que, afortunadamente, la fundación en la que labora cuenta con algunos recursos para continuar con su labor. “Recibimos recursos gracias a las matriculas que pagan las niñas, los varones son becados por ser tan escasos”, informa. Además, señala que el Instituto de Artes escénicas y Musicales (IAEM) les proporciona un pequeño subsidio y que varias instituciones privadas les brindan donaciones.

Con el cierre de varias escuelas y compañías de danza clásica en el país, entre ellas el Ballet Contemporáneo de Caracas, las afirmaciones de los maestros Rashev y Quintana quedan más que validadas. Pero también quedan instituciones como la Universidad Nacional Experimental de las Artes, que ofrece una formación en artes escénicas, danza clásica, entre otros. Además, existen más academias privadas y compañías en donde los jóvenes pueden acudir y formarse en danza clásica.

En otros países la aceptación del ballet es tal, que incluso el hombre ha sustituido a la mujer en la danza clásica. El coreógrafo británico Matthew Bourne creó una versión del famoso ballet de Tchaikovski “El lago de los cisnes” en la que todas las actuaciones son hechas por hombres. El papel principal de dicho ballet es interpretado por Adam Cooper, que participó en la secuencia final de la película del niño bailarín Billy Elliot.

El inicio de la danza

Según la doctora María Elena Pérez, en su artículo “El hombre en la danza” de la revista digital Danza Ballet, dice que: “la danza es algo inherente a la naturaleza humana, sin distinción de sexos”. Afirma que durante la antigua Grecia, la danza fue utilizada para el entrenamiento de los guerreros y cita al filósofo Sócrates cuando dice que: “el mejor bailarín es también el mejor guerrero”.

Pérez también señala que “en los albores del ballet teatral, por los tiempos del reinado de Luís XIII, solamente los hombres tenían acceso al gran ballet de corte”. Eran pocos los espectáculos en lo que se mezclaban hombres y mujeres.

El hombre ha marcado para siempre la historia de la danza clásica, tanto así que famosos bailarines clásicos como los franceses Louis Dupré y Gaetano  Vestris han recibido los apodos de “dioses de la danza”.

Existen notables diferencias entre el ballet masculino y el femenino. El primero logra diferenciarse del segundo principalmente porque los hombres no bailan sobre las puntas de los pies, sino sobre la media punta. El maestro Rashev indica que el hombre en el ballet debe ser precisamente eso, un hombre. “Debe demostrar en escena masculinidad y fuerza.
Además, que el baile masculino destaca más por tener gran cantidad de saltos, giros y por sostener a la mujer”, asegura. Por su parte, Quintana afirma que para que un bailarín pueda ser bueno necesita tener, entre otras cosas, un buen empeine en el pie, un talón largo y sobre todo, oído musical.¿Ellos en puntas?   Existen notables diferencias entre el ballet masculino y el femenino. El primero logra diferenciarse del segundo principalmente porque los hombres no bailan sobre las puntas de los pies, sino sobre la media punta. El maestro Rashev indica que el hombre en el ballet debe ser precisamente eso, un hombre. “Debe demostrar en escena masculinidad y fuerza.

Él, lago de los cisnes

Yosmer Mejía, bailarín de ballet clásico, afirma que aunque en Venezuela no exista la cultura para bailar danza clásica si ha visto que muchos jóvenes se interesan en el ballet. Él comenzó a bailar a los 15 años, una edad que el maestro Rashev considera avanzada para iniciar la formación en el ballet. “Acá los chicos comienzan a bailar sumamente tarde, cuando ya el cuerpo es difícil de formar”, afirma Rashev.

No obstante, Mejía afirma que aunque hay ignorancia por parte de la gente en lo que respecta a los bailarines de ballet, él lo hace porque le brinda una satisfacción muy grande. “Me libera del estrés de las clases, cuando bailo todo lo malo se hace a un lado, doy el todo por el todo”, asegura.


Carolina Triana, bailarina de danza clásica, afirma que le parece bien que los hombres se interesen por el ballet. “El hombre es el complemento de la mujer, el baile es algo creado para los dos sexos”.

Mejía, que espera a terminar sus estudios para probar suerte en Europa como bailarín, aconseja que todos aquellos que quieran bailar ballet que lo hagan, que la satisfacción es muy grande.

A su voz se une la de Quintana, que afirma que: “Nada es imposible, cuando uno quiere las cosas las logra, todo acompañado de constancia y disciplina. Hay que creer en lo que uno hace”.

A su voz se une la de Quintana, que afirma que: “Nada es imposible, cuando uno quiere

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En busca de la MAMÁ DE CHÁVEZ

Publicado: enero 28, 2012 en Crónicas

Una periodista recorrió las poblaciones de Sabaneta y Barinas, en Venezuela, tras las huellas de doña Elena, una de las madres más mentadas del mundo por cuenta de su hijo, el presidente Hugo Chávez. SoHo continúa con esta serie de Nuevos Cronistas de Indias: la nueva sangre del periodismo contando lo que pasa en el continente.

Por: Liza López

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas’, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el Presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba béisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

* * * 

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó (la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada). Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis (Chávez)”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla —comenta el taxista—. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que ésta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer ésto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

* * * 

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro’ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin úniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese —dice— criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O’Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

* * * 

Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro’. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá —responde el mecánico desde uno de los talleres—. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.

El último bufón de Velorios

Publicado: enero 28, 2012 en Crónicas

 

 

 

Por: Alberto Salcedo Ramos

 

Cehivolito jura por Inés Cuesta, su madre, que no se duerme cada noche con la esperanza de que a la mañana siguiente amanezca muerto alguno de sus paisanos.

Luego carraspea, se queda pensativo. Casi en seguida advierte que aunque a él le conviene la muerte del prójimo, jamás se ha sentado en la terraza a esperar que eso ocurra. La gente estira la pata porque le toca y no porque él se encargue de liquidarla. “Yo no tengo la culpa de que la trombosis ande suelta por las calles buscando empleo”, añade, con una sonrisa malévola.

Chivolito, cuyo nombre de pila es Salomón Noriega Cuesta, le debe el apodo a una pequeña verruga que tenía sobre la frente. Se ha pasado los últimos 50 años de su vida contando chistes en los velorios de Soledad, Atlántico, su pueblo natal. Los asistentes se desternillan de la risa y le brindan licor. Lo aplauden, le dan palmadas sobre los hombros. Al final de la jornada, él extiende frente a ellos una gorra, para que se la llenen de monedas. Casi siempre recoge entre ocho mil y doce mil pesos.

A menudo son los propios dolientes quienes lo solicitan como bufón, pues saben que su presencia le garantiza compañía al difunto. También sus vecinos le llevan el reporte de los conciudadanos fallecidos durante las últimas horas. Y, a veces, él mismo está pendiente de los carteles de muerte que amanecen pegados en las paredes. En Soledad y en varios barrios del sur de Barranquilla ha hecho carrera la frase según la cual un velorio donde falte Chivolito no tiene ni pizca de gracia.

Por lo general, Chivolito llega al velorio a las ocho de la noche. Les da el pésame a los deudos y se sienta un rato en la sala, al lado del ataúd. Luego se va para el patio o para la parte externa de la casa —depende de dónde esté el público— y comienza su función, que se prolonga hasta el alba. Muchos de los asistentes le resultan ya familiares, pues son vagabundos de feria que se trastean de un lugar al otro, tras los pasos de él. Como conocen a fondo su repertorio, le van haciendo peticiones en voz alta, una actitud similar a la de esos espectadores enardecidos que, en los conciertos, les solicitan canciones a sus músicos favoritos. “¡Echa el del man que tenía dos próstatas!”, le grita un calvo de bigote frondoso. “Nombeeee, es mejor el del viagra pediátrico”, exclama un vendedor callejero de butifarras. “Cuenta el de los esposos que se detestaban”, propone un anciano desdentado. Ellos ignoran que, al recordarle a Chivolito sus propios chistes, lo ayudan a combatir los estragos de su memoria, y a seguir vigente a los 78 años.

Hubo un tiempo en que Chivolito sabía exactamente a cuántos finados había visitado. Cargaba un bastón de guayacán en forma de culebra, al cual le trazaba una raya con un cuchillo de cocina, cada vez que animaba un nuevo funeral. Hace 20 años, el bastón se le extravió y Chivolito dejó de llevar las cuentas: entonces iba por 916 velaciones. Antes, cuando le sobraban arrestos, recorría la costa caribe de punta a punta, desde el Cabo de la Vela hasta Bocas de Ceniza, en busca de velorios para sus humoradas. Ahora, viejo y achacoso, evita en lo posible los lugares que están demasiado retirados de su casa.

Cuando no ejerce como bufón, Chivolito se la pasa refunfuñando contra lo que él llama su “mala suerte”. Su inventario de quejas es extenso: le duelen las articulaciones, le arde la garganta, duerme muy poco. Le molesta la catarata del ojo izquierdo y le preocupa el ácido úrico. Hace treinta años lo abandonó la esposa y hace diez se le murió la hija. Así que a estas alturas vive de caridad donde un compadre, en una pieza estrecha y oscura. No es justo, dice, que a su edad deba recorrer tres kilómetros diarios bajo el sol bárbaro de Soledad, para vender rifas y ganarse apenas cinco mil pesos. Hace tres años fue arrollado por un camión —en este punto se levanta la bota del pantalón para mostrar la cicatriz que le quedó en la rodilla. Y, como si fuera poco, su familia le dio la espalda. Solo falta —remata, con un suspiro— que los perros del barrio lo confundan con una caneca de basura y lo orinen. Chivolito repite su perorata ante todo el que se tropieza, sea conocido o desconocido. Pero cuando está en los velorios contando chistes, parece que olvidara todos sus problemas.

***

El féretro de José del Carmen Urueta preside la sala, justo en medio de una rueda de mujeres apesadumbradas. Casi todas visten de negro riguroso. Están rezando por el alma del muerto, con los ojos entornados y un rosario entre las manos, a la altura del pecho.

—Dale, Señor, el descanso eterno —dice la que conduce la oración.

—Brille para él la luz perpetua —le responden las otras.

Hilda Salas, la viuda, está sentada en el centro del redondel, flanqueada por dos matronas que tratan de consolarla. Una le echa loción mentolada en las sienes y la otra le abanica el pecho con un sombrero de palma de iraca. De vez en cuando se zafa de sus comadres y se asoma por la ventanilla del ataúd, para llorar sobre el rostro del difunto. Grita, se estremece. La mano izquierda, con la cual empuña un pañuelo arrugado, se agita en el aire. Las otras mujeres se contagian de su histeria y sueltan también un llanto estentóreo.

A través de la ventana abierta se divisa la calle, donde se encuentran los otros asistentes al velorio. Hay que dar tan solo nueve pasos para atravesar la sala y reunirse con ellos. Aquí afuera, a diferencia de lo que ocurre allá adentro, todos son hombres. Están organizados también en forma circular pero, en vez de rezar, ríen a carcajadas. La causa de tanto jolgorio es el tipo de baja estatura que cuenta chistes en el centro de la circunferencia. Tiene una voz chillona que taladra los oídos y una variadísima colección de ademanes cómicos: tuerce la boca, se pone bizco, camina renqueando, se tira al piso, se alborota el pelo, saca una peinilla, se peina con la raya en la mitad, hace la mímica de un borracho, toca las palmas, se arrodilla. Parece un muñeco de cuerda manipulado por un titiritero delirante.

—Chivolito, ¿por qué no cuentas el del hombre de las dos próstatas? —interviene a gritos el vendedor de butifarras.

—Ese es muy largo —responde él, sin mirar al autor de la pregunta.

Una garrafa de ron blanco empieza a rodar de mano en mano. El que la recibe apura un trago a pico de botella y enseguida se la pasa al siguiente.

—Un monstruo se casó con una monstrua —vuelve a la carga Chivolito, con su voz penetrante. Una noche el monstruo llegó a la casa con tremenda borrachera. Y le dijo a la monstrua: bueno, mi amor, vamos a acostarnos, que vengo con muchas ganas de hacerte monstruosidades. La monstrua le contestó: “ñerda, papi, hoy no se va a poder, porque tengo la monstruación”.

El chiste, pese a que es vulgar, parece demasiado sofisticado para este auditorio del barrio Rebolo, en el sur de Barranquilla. La gente se ríe de manera un tanto forzada. Ahora le toca a Chivolito el turno de beberse su trago de ron. El hombre empina la botella con las dos manos y se la lleva a la boca, el rostro levantado y el cuello echado hacia atrás, como si fuera a comenzar un solo de trompeta. Después le entrega la garrafa al vendedor de butifarras, no sin antes limpiarse los labios con la manga derecha de su camisa. Su semblante gozoso dista mucho del aire de pena que tenía por la tarde, cuando esgrimía por enésima vez su catálogo de dolencias.

—Bueno, les voy a contar uno muy apropiado para esta noche —dice, con el rostro iluminado. Dos esposos llevaban treinta años sin hablarse. Una tarde, el tipo fue al médico y se enteró de que se iba a morir al día siguiente. Entonces, llamó a la mujer: “Fíjate, Susana, desperdiciamos treinta años odiándonos y ya mañana me van a comer los gusanos. No quiero irme a la tumba sin reconciliarme contigo. Te propongo lo siguiente: primero nos damos un abrazo y después nos vamos a cenar. Entramos a cine, tomamos vino y rematamos la noche en un motel”. Y le responde la esposa: “Nada de eso, malparido, recuerda que yo tengo que madrugar a preparar el entierro”.

La risotada es estrepitosa. El anciano desdentado luce al borde de un infarto. Se sacude, se golpea el pecho con la mano abierta. Los ojos le lagrimean. En medio de la algarabía, ninguno de los radiantes espectadores parece interesado en mirar hacia la sala, donde las mujeres enlutadas continúan entregadas a su plegaria por el difunto.

*** 

Chivolito está jugando dominó en una terraza del barrio Porvenir, en Soledad, donde vive desde hace cuarenta años. Sus compañeros de partida son el albañil Carlos Rico, el mecánico Heberto Guzmán y el licenciado en Sociales Agustín de la Hoz. El tema de conversación es la muerte.

—Morirse es lo más fácil del mundo —opina Rico, a quien los demás llaman El Mono. Uno se acuesta vivo y amanece con la cabeza doblada.

—Eso es verdad —tercia Guzmán. La muerte es lo único que tenemos asegurado.

—Lo único —repite Chivolito con un gesto reflexivo, mientras juega su ficha.

El profesor De la Hoz no dice nada. Está concentrado en la partida. Son las tres de la tarde y la calle 17 es un hervidero de autobuses viejos, carretillas tiradas por mulas y bicicletas con carrocería habilitadas como taxis. El concierto de ruidos es atronador: el frenazo de un camión, el chirrido de una segueta eléctrica, el pregón de un vendedor de aguacates. Algunos de los transeúntes detienen su marcha y se quedan al lado de la mesa, mirando el juego. Chivolito sigue hablando.

—La muerte era mejor negocio antes. Ahora se han puesto de moda las cremaciones esas, porque salen baratas. Yo pregunto: ¿quieren economizar? Amárrenle al cadáver una piedra en el tobillo y lo tiran al río. Así les sale gratis y de paso se ahorran hasta la llorada.

Uno de los curiosos apiñados alrededor de los cuatro jugadores, le pregunta a Chivolito si para él también se ha desmejorado el negocio de los velorios.

—¿Y a ti quién te dijo que yo vivo de los velorios? —responde, con cara de ofendido. En Soledad todo el mundo sabe que yo trabajo vendiendo boletas de las rifas JB. ¡Tú acabas de llegar de Marte y no te has dado cuenta de esa vaina!

A continuación, en un tono sosegado, Chivolito le informa a su interlocutor que todas las mañanas recorre a pie cerca de tres kilómetros y vende 130 boletas, a razón de 100 pesos por unidad. El dueño del negocio le paga el 40 por ciento de las ventas, es decir, unos 5.200 pesos diarios. Es poco, advierte, pero ¿qué más puede hacer un viejo de 78 años? Lo de las muertes es una ayuda, por supuesto, pero no siempre se muere la gente y, en todo caso, hay velorios de donde lo ahuyentan a patadas, porque los deudos consideran que sus bufonadas son irrespetuosas.

—¿Irrespetuoso yo? —pregunta, dándose golpes de pecho. Ellos son los que creman los cadáveres, o se ponen a pelear herencias cuando el cajón todavía está en la sala. ¡Y el irrespetuoso soy yo!

En seguida vuelve a desembuchar su lista de calamidades. Un primo panadero se esconde cuando lo ve, para no regalarle ni un mísero pan. Un hijo extramatrimonial que tuvo en Malambo, se volvió ladrón y perdió la vida en una balacera. A veces le da mareo y se queda sin visión durante unos segundos. A veces se le hinchan los pies de tanto caminar bajo el sol. Lo peor de todo, dice, es que él era talentoso y, sin embargo, no pudo derrotar a su “mal destino”. En la juventud lo dejaban entrar gratis a las salas de cine, para que con un megáfono le metiera la voz a las películas de Chaplin. Ahí donde lo ven, con su 1,55 de estatura, él protagonizó dos comedias en el Teatro Mogador. Todo el mundo pronosticaba que sería como Cantinflas o como Germán Valdés, el popular Tin Tan. ¿Y quién es Chivolito hoy? ¿Quién es, a ver? Un pobre tipo sin suerte. Menos mal —concluye, meditabundo— que todavía hay personas como el compadre Luis de los Ríos, que le da posada y comida.

Mientras Chivolito hablaba, la partida de dominó había quedado suspendida. Ahora, Carlos Rico lo amonesta.

—¡Juega rápido, no joda! —gruñe.

—Yo te creo a ti la mitad de lo que dices —le advierte Heberto Guzmán.

Después se dirige al resto de contertulios.

—Eche, llevamos 40 años oyéndole el cuento de la esposa que lo dejó y de la hija que se le murió, y ni siquiera los más viejos del pueblo conocieron a esas dos mujeres. Deja de hablar paja y pon rápido ese doble seis, si no quieres que te lo ahorque.

Chivolito juega la ficha con un golpe seco sobre la mesa.

—¡Pa joderte, marica!

*** 

El profesor Agustín de la Hoz llegó desde por la tarde a la casa de la familia Urueta. Mientras arribaba el resto del personal, se puso a dialogar con un hombre sobre la pésima campaña del Atlético Junior. Después, la charla derivó hacia la muerte.

—Como decía Quevedo, somos una presente sucesión de difuntos.

Según De la Hoz, la costumbre de hacer ruido en los funerales ha estado arraigada desde hace años en el Caribe, sobre todo en las zonas rurales. La bulla de los dolientes en los sepelios es quizá un alarido de pavor. Una manera de ahogar entre todos el implacable silencio de la muerte. Durante los últimos años, la tradición se ha ido perdiendo, debido a la educación y a la influencia de culturas ajenas. Es posible que Chivolito sea el último bufón de velorios que sobrevive.

En algunos pueblos de la costa caribe despiden a los finados con tambores. En otros, les cantan coplas. Las plañideras a sueldo del pasado son hoy una leyenda pintoresca, pero no hay entierro popular al que le falte su cortejo de mujeres quejumbrosas: familiares, vecinas, amigas, conocidas o simples entrometidas. Se apoderan del muerto sin autorización de nadie, y lo lloran a grito herido, como si establecieran una relación proporcional entre el afecto y la potencia de su llanto. A ningún hijo de Dios le falta su banda sonora desgarrada el día del entierro. Es la prueba de que no vivió en vano, la evidencia de que dejó una huella. Si se miran bien las cosas —añade el profesor De la Hoz— este sollozo colectivo es un baile de máscaras. Por eso, tal vez, la máxima fiesta de la región, el Carnaval de Barranquilla, termina con el entierro multitudinario de Joselito, un personaje simbólico: se muere para renacer. Para salvar la próxima fiesta.

Y eso —salvar la fiesta a pesar de la muerte— es lo que procura Chivolito esta noche, mientras cuenta sus chistes.

—Una viejita se desnudó frente al espejo y empezó a hablar con su propia imagen. “Ay, mijita, estás toda arrugada como un acordeón. Ya no eres la misma que martillaba con navegantes, choferes, poetas, albañiles, músicos, zapateros, carpinteros, butifarreros, profesores y futbolistas. ¡Estás llevada de la malparidez!”. De pronto se le salieron cuatro gotas de orín por donde sabemos, y dice la viejita: “Echeeeeee, ¡lloras porque te digo la verdad!”.

Esta vez, el público aplaude además de reír a carcajadas. El calvo de bigote frondoso le pasa la garrafa de ron blanco. El vendedor de butifarras vuelve a pedirle el chiste del hombre de las dos próstatas. Y la barahúnda parece salida de madre. Dentro de la casa, la viuda luce tranquila a pesar de este alboroto, como si entendiera que es un deber cristiano prestar su muerto, para que Chivolito y su comparsa sepan que están vivos.

Cerca de ocho mil niños venezolanos están en situación de calle.

Viven en una realidad donde impera la indiferencia, la violencia y el hambre

Por: Erick Lezama

La señora gorda que camina despacio por el bulevar de Sabana Grande acelera su paso cuando Alejandro* se le acerca. La chica delgada, alta, con lentes oscuros y ropa informal, también se apresura cuando Alejandro se aproxima a ella. Todos reaccionan de la misma manera: el señor que tiene pinta de ejecutivo, la  adolescente que toma una bebida helada, el joven con atuendo deportivo, la niña con bolso de hadas.

Para Alejandro, la indiferencia de las personas es cotidiana. Ya no le incomoda. Pedir dinero en la calle se ha convertido para él en su única vía de subsistencia. Por ello se arma de paciencia. Su carta de presentación es la frase, lapidaria: “¿Me regala algo para comer?”.

 Lo que para él hoy es normal, al principio le fue difícil. “No sabía cómo pedir dinero, me daba pena. Lo ensayé mil veces y pensé no hacerlo, hasta que el hambre pudo más”, sostiene.

No titubea en decir que a veces se siente solo. No sabe que como él hay cerca de ocho mil niños que se encuentran en situación de calle en el país, según un estudio realizado por la organización no gubernamental CECODAP.

***

             En el Bulevar de Sabana Grande, donde Alejandro se sienta a ver el día, se percibe el dinamismo de la ciudad: el humo de lo carros, el ruido de las motos, las cornetas cada vez que el semáforo cambia a rojo, los ancianos que, con su pasivo andar, obstaculizan a quines caminan con rapidez, la niña que llora, la gente que come en puestos de perros calientes, los buhoneros.

            Ante éste paisaje, se queda abstraído. No habla. Es delgado, de tez clara, su estatura no es muy prominente, tiene el cabello castaño, ojos negros y cejas pobladas. Rompe el silencio algunos minutos después y dice que le gustaría volver a su casa porque a veces le fastidia estar sin rumbo.

 Alejandro tiene once años, pero habla con la madurez de una persona de más edad. Desde hace casi un año está en la calle. Abandonó su casa porque, según cuenta, su papá le pegaba mucho y porque su mamá no le prestaba atención. “Lo que pasa es que mi familia es muy pobre, muchas veces no teníamos cómo comer ¿ves?, entonces también por eso me fui”.

            El caso de Alejandro es similar a los de 4,8 millones de niños latinoamericanos que sufren estragos por la pobreza crítica, según un estudio de la Fundación Instituto de Capacitación e Investigación (FUNDA-ICI).

— ¿No te han buscado?

— Sí, sí lo han hecho. Pero ellos no me paran, ¿para qué voy a volver?

            El silencio parece otra vez. De nuevo, sólo se escuchan las cornetas de los carros y el sonido de las motos.

            Cuando minutos más tarde el sol se hace inclemente y golpea sus pupilas, vuelve a hablar: “Aquí en la calle uno ve de todo, por eso he aprendido a cuidarme. Ya me enseñaron a pelear”. Mientras saca una navaja de uno de los bolsillos de su pantalón, comenta, casi susurrando, que esa es su arma de defensa.

La violencia, para él, es una manera de sobrevivir en sus condiciones. “A mi me dijeron que si no me defiendo, entonces me agarran de `sopa´ y es peor”. Esto refleja que la lógica que impera en la calle es la violencia.

Un estudio de la organización CECODAP reporta que las cifras de violencia hacia los niños y adolescentes crecen sostenidamente. Entre 2008 y 2009 más de 1500 niños venezolanos fueron víctimas de la violencia en las calles.

Al respecto, el director de esta institución, Oscar Misle, señala: “Es lógico si vivimos en un país muy violento, producto de la polarización política y de los niveles de pobreza y violencia que hay”.

Tengo `amiguitos´ y jugamos, pero hay unos que son malos. A veces nos reunimos para pedir dinero todos juntos. Nos metemos en los centros comerciales porque ahí la gente tiene más dinero. Uno le pide a las señoras porque como que entienden a uno. Así es que logro comer algo todos los días”.

            Alejandro dice que siempre logra comer, pero que hay días que sólo hace una comida. Los domingos, cuando casi no hay gente en la calle, son los días en los que generalmente obtiene menos ingresos. “Ya estoy acostumbrado a comer poco porque así era cuando estaba en mi casa”. La contundencia de esta frase explica la situación económica en el país. El papá de Alejandro siempre estuvo desempleado y su mamá trabaja planchando por días. Es decir, su familia no cuenta con los recursos para subsistir. Por este motivo, según el sistema de indicadores sociales de Venezuela, 24% de la población menor de 14 años está desnutrida o mal nutrida.

***

            Esta mañana, cuando la claridad se hizo presente debajo del puente donde durmió, se despertó y sintió que la noche fue muy corta.  Sólo durmió dos horas. “Estuve pendiente de que unos tipos que no había visto por aquí no se metieran conmigo”, asegura.

             No tiene un lugar fijo donde dormir. Guarda en una “caleta” un cartón que tiende debajo de algún puente, en alguna plaza o cerca de las iglesias. “Cuando llegué a la calle siempre dormía en el mismo lugar, pero unos que llevan más tiempo me dijeron que cambiara de lugar siempre, para que no me `ficharan´. Pero duermo donde me agarre la noche, porque camino mucho por Caracas. La calle es mi casa pues”.

            Unos parientes cercanos de Alejandro, que viven en la parroquia Caricuao, decidieron no hacerse responsables de él cuando les pidió alojo. “Mi tía dice que yo no soy su responsabilidad y que por eso no me acepta”.

            Sin embargo, eventualmente le permite bañase y cambiarse se ropa allí. También le da comida y lo aconseja para que se porte bien. “Yo no lo puedo tener. Nosotros también tenemos pocos recursos y muchos gastos. Su mamá lo quiere, pero es una situación muy complicada, ellos de verdad tampoco lo pueden tener. Yo creo que esto es consecuencia de ser pobre y de no saber hacer las cosas bien.  Y bueno, además, Ale es muy tremendo. Hay gente que dice que van a denunciar a mi hermana, pero yo no sé”, dice la tía.

— Alejandro, ¿Has buscado ayuda en las instituciones del Gobierno?

            –Bueno, una vez una gente chavista me ofreció ayuda y yo me emocioné, porque estar en la calle es muy duro. La gente no lo entiende a uno. Yo no he consumido drogas porque mi tía de Caricuao siempre me dice que no lo haga, que eso es malo. Los señores me ofrecieron ayuda, me dieron comida, me sacaron una cédula porque no tenía, me dijeron dieron unas vitaminas y me dijeron  que me iban a internar en un lugar. Lo que pasa es que no volvieron más.

            En el año 2006 se creó, a través del ministerio de planificación y desarrollo, la misión Negra Hipólita, para atender a las personas en situación de calle. Existen diversos centros de reclusión impulsados por ésta misión. Sin embargo, para Misle, historias como la de Alejandro ponen en duda el impacto de ésta medida.

***

            Alejandro no sabe qué quiere ser cuando sea más grande. Dice que estudiar le aburre, porque no aprendió a leer bien cuando estaba en edad preescolar. “A mi me da pena no saber leer así bien”, dice al tiempo que esboza una carcajada.

            “Por su puesto que la calle no me gusta. Yo estoy acostumbrado pues. Pero, aunque me vean como un rebelde, a veces me hace falta mí familia”.

            En este instante, el silencio se hace presente otra vez. Ahora rompe el silencio para despedirse porque debe “trabajar”. Es decir, debe pedir dinero para comer.

            Camina hacia la feria de comida del Centro Comercial El Recreo. No se molesta cuando la señora que almuerza lo ignora: se dirige a la mesa de al lado. “¿Me regala algo para comer”, le dice a un grupo de jóvenes que conversan. Obtiene dos bolívares. El mismo procedimiento hace en dos mesas más y continúa con los mismos dos bolívares.

            Corre precipitadamente por las esclares mecánicas cuando ve a un joven de la seguridad del Centro Comercial. “Acá no se puede pedir dinero y ellos lo saben”, dice.

            Pero en el bulevar de Sabana Grande nadie lo persigue por pedir dinero. Sin embargo, quienes pasan por su lado no lo ven, no lo escuchan. La indiferencia de las personas le es cotidiana. Sin embargo, él sigue ahí: “¿Me regala algo para comer?”

*Nombre falso.  El verdadero nombre del niño está en reserva para proteger su identidad. La foto es una imagen referencial. 

Alberto Salcedo Ramos – Colombia

Sucede que los asesinos -advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las 66 víctimas- nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.

José Manuel Montes, mi guía, un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del sábado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocultó pero su fogaje permanece concentrado en el aire. Mi acompañante cuenta entonces que en este punto en el que estamos ahora, más o menos aquí, en la mitad de la cancha, los paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus víctimas. Le arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicería y después le embutieron la cabeza en un costal. Lo apuñalaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los tambores y gaitas que habían sustraído previamente de la Casa de la Cultura. En los alrededores desolados de este campo de microfútbol apenas hay un par de burros lánguidos que se rascan entre sí las pulgas del espinazo. Sin embargo, es posible imaginar cómo se veían esos espacios aquella mañana del viernes 18 de febrero del año 2000, cuando los indefensos habitantes se encontraban apostados allí por orden de los verdugos.

—Casi toda la gente estaba sentada en ese costado —dice Montes, mientras señala un montículo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia, a unos veinte metros de distancia.

Hoy por la mañana, al despuntar el día, Édita Garrido me había mostrado esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, también sobrevivió para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un poco antes de las nueve, disparando en ráfagas y profiriendo insultos. Debajo de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, Édita oyó la algarabía de los bárbaros:

—¡Partida de malparidos: párense firmes, que somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda!

—¡Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!

En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron como borregos de sacrificio hacia la cancha. Allí —aquí— los obligaron a sentarse en el suelo. En el centro del rectángulo donde normalmente es situado el balón cuando va a empezar el partido, se plantaron tres de los criminales. Uno de ellos blandió un papel en el que estaban anotados los nombres de los lugareños a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, después de Novoa Alvis, seguía Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante guerrillero. La sometieron al escarnio público, la fusilaron. Y a continuación, en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de extenderlas al sol. “¿A quién le toca el turno?”, preguntó en tono burlón uno de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores. El compañero que manejaba la lista le entregó el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra. Separaron a la señora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte característicos de la arriería de ganado en la región. La ahorcaron en medio de un nuevo estrépito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a José Urueta Guzmán y a un burro vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo del infierno. Uno de los paramilitares amenazó a la muchedumbre: el que llore será desfigurado a tiros. Otro levantó su arma por el aire como una bandera y prometió que no se iría de El Salado sin volarle los sesos a alguien. “Díganme cuál es el que me toca a mí, díganme cuál es el que me toca a mí”, repetía, mientras caminaba por entre el gentío con las ínfulas de un guapetón de cine. Hubo más muertes, más humillaciones, más redobles de tambores. Varios tramos de la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cadáveres y órganos tronchados que había dejado la carnicería. Entonces, como al parecer no quedaban más nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el número 30 —advirtió uno de los verdugos— estiraría la pata. Así mataron a Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Después llevaron su crueldad, convertida ya en un divertimento, hasta el extremo más delirante: de una casa sacaron un loro y de otra un gallo de riña, y los echaron a pelear en medio de un círculo frenético. Cuando, finalmente, el gallo descuartizó al loro a punta de picotazos, estalló una tremenda ovación.

Ahora, José Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era apenas una parte del desastre. El país ha conocido después —gracias a los familiares de las víctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso archivo de la prensa— los pormenores de la masacre. Fue consumada por 300 hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los paramilitares comenzaron a acordonar el área desde el miércoles 16 de febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, se dedicaron a asesinar a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban aún en el pueblo. El viernes 18, ya durante la invasión, forzaron las casas que permanecían cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus moradas. Pero eso sí: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si no querían amanecer con la piel agujereada. Entre tanto ellos, los bárbaros, se quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el sábado 19 de febrero, casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugareños corrieron en busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo más horrendo que hubiesen visto jamás: la cancha que con tanto esfuerzo les habían construido a sus hijos cinco años atrás, estaba convertida en una cloaca de matadero público: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atmósfera pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros les caían a dentelladas a los cadáveres, corrompidos ya por el sol.

—Mi marido —dijo Édita Garrido esta mañana— ayudó a cargar uno de esos cadáveres, y cuando terminó tenía las manos llenas de pellejo podrido.

Le reitero a José Manuel Montes que mi visita se debe a la matazón cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame, seguramente yo andaría ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un centro comercial en Bogotá, o extraviado en una siesta indolente. El terrorismo, fíjese usted, hace que algunos de quienes todavía seguimos vivos, pongamos los ojos más allá del mundillo que nos tocó en suerte. Por eso nos conocemos usted y yo. Y aquí vamos juntos, recorriendo a pie los 150 metros que separan la cancha del panteón donde reposan los mártires. Mientras avanzamos, digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en la memoria colectiva. Así, la relación que la psiquis establece entre el lugar afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y la cicatriz. No nos engañemos: El Salado es “el pueblo de la masacre”, así como San Jacinto es el de las hamacas, Tuchín el de los sombreros vueltiaos y Soledad el de las butifarras. Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas, se levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron allí como el típico símbolo de la misericordia cristiana, pero en la práctica, como no hay a la entrada de El Salado ningún cartel de bienvenida, esta cruz es la señal que le indica al forastero dónde se encuentra el mojón que demarca el territorio del pueblo. Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, fíjese usted, los límites geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie. Al distinguir los nombres labrados en las lápidas con caligrafía primorosa, soy consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas a quienes ya no podré ver vivos. Habitantes de un país terriblemente injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está enterrada en una fosa. ?

***

Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el café en una hornilla de barro. Vitaliano Cárdenas les echa maíz a las gallinas. Eneida Narváez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la leña con un hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ramírez cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su parcela con un talego de semillas de tabaco. Édita Garrido pela yucas con un cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. Jamilton Cárdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo Torres, quien me acompaña en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo del día. Los demás lugareños seguramente están dentro de sus moradas haciendo oficios domésticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las ocho de la mañana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier visitante desprevenido pensaría que se encuentra en un pueblo donde la gente vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es así. Sin embargo —me advierte Oswaldo Torres— tanto él como sus paisanos saben que, después de la masacre, nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes había más de 6000 habitantes. Ahora, menos de 900. Los que se negaron a regresar, por tristeza o por miedo, dejaron un vacío que todavía duele.

Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su tragedia a cuestas como el camello a la joroba, la lleva consigo adondequiera que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran. Algunos de ellos atacan a la víctima a través de los sentidos: un olor que permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillación. Durante mucho tiempo, los habitantes de El Salado esquivaron la música como quien se aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de cumbiamba improvisados por los verdugos sentían, quizá, que oír música equivalía a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasión, un psicólogo social que escuchó sus testimonios en una terapia de grupo les aconsejó exorcizar el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros, símbolos de emancipación y deleite, permanecieran encadenados al terror. Así que esa misma noche bailaron un fandango apoteósico en la cancha de la matanza. Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que anunciaban un sol resplandeciente.

En este momento, paradójicamente, el sol se ha escondido. El cielo encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando ocurrió la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: él, Torres, fue una de las 120 personas —100 hombres y 20 mujeres— que encabezaron el retorno a su tierra, en noviembre del año 2002. Cuando llegaron —cuenta— El Salado se hallaba extraviado bajo un boscaje de más de dos metros de alto. Uno de los paisanos se encaramó en el tanque elevado del acueducto para precisar dónde quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar al pueblo de las garras del caos. Un día, tres días, una semana, enfrascados en una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las cavernas, corte un bejuco por aquí, queme un panal de avispas furiosas por allá, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferación de bichos era desesperante.

—Si uno bostezaba —dice Torres— se tragaba un puñado de mosquitos.

Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no fumadores, mantenían un tabaco encendido entre los labios. Además, fumigaban el suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.

Dormían apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues temían que los bárbaros regresaran. Reunidos —decían— serían menos vulnerables. Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendría que matarlos juntos. Tan grande era el miedo en aquellos primeros días del retorno que algunos dormían con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos vecinos —Canutal, Canutalito, El Carmen de Bolívar y Guaimaral— cuyos moradores les regalaban víveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la maraña, cuando quemaron el último montón de ramas secas, se dedicaron a poner en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio, el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los niños, los amores furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del café, la visita del compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) los acusó de ser colaboradores clandestinos de los paramilitares. ¿Habrase visto ironía más grande? ¡Si los masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los guerrilleros!

Oswaldo Torres advierte, mientras chupa su eterno cigarrillo, que los problemas de orden público en El Salado se debían al simple hecho de pertenecer geográficamente a los Montes de María, una región agrícola y ganadera disputada durante años por guerrilleros y paramilitares. En los periodos más críticos de la confrontación, los habitantes vivían atrapados entre el fuego cruzado, hicieran lo que hicieran. Y siempre parecían sospechosos aunque no movieran ni un dedo. Ciertamente, algunos paisanos —bajo intimidación o por voluntad propia— le cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la población civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera terminó la educación primaria, me explicó el asunto, anoche, con un brochazo del sentido común que les heredó a sus antepasados indígenas.

—Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.

En seguida encogió los hombros, me miró a los ojos y me retó con una pregunta:

—¿Y qué podíamos hacer los demás, compa, qué podíamos hacer?

—Lo único que podíamos hacer —responde Torres ahora— era pagar los platos rotos.

Su respiración es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad —según me dice, jadeante— está inquieto por un nubarrón que parece a punto de romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al principio de nuestra caminata: en este momento, cualquier visitante desprevenido pensaría que los pobladores de El Salado viven otra vez, venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es así —repite— porque ellos han retornado al terruño que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la opción de disfrutar en forma tranquila los actos más entrañables de la cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una niña escruta el horizonte con su monóculo de juguete, un niño retoza en el piso con sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano plácido. Sin embargo, ya nada será tan bueno como en la época de los abuelos, cuando ningún hombre levantaba la mano contra el prójimo, y los seres humanos se morían de puro viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos daños irreparables. Espantó, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes empresas que compraban las cosechas de tabaco en la región. Enraizó el pánico, la muerte y la destrucción. Provocó un éxodo pavoroso que dejó el pueblo vaciado, para que lo desmantelaran las alimañas de toda índole. Cuando los habitantes regresaron, casi dos años después de la masacre, descubrieron con sorpresa que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban tenía otros dueños. Ya no había ni maestros ni médicos de planta, y ni siquiera un sacerdote dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.

El nubarrón suelta, por fin, una catarata de lluvia que rebota enardecida contra el suelo arenoso.

***

Los dos únicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El Salado, dueña de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta mañana de lunes. En el primer salón que uno encuentra tras el portón, los niños se aplican a la tarea de elaborar un cuadro sinóptico sobre las bacterias y otro sobre las algas. El número de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema mayor es otro: el bachillerato apenas está aprobado hasta noveno grado. Los estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para El Carmen de Bolívar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la pobreza de casi todos los pobladores. En consecuencia, muchos jóvenes renuncian a concluir su educación y se convierten en jornaleros como sus padres.

Tal es el caso de María Magdalena Padilla, 20 años, quien a esta hora hierve leche en una olla vetusta. En 2002, cuando se produjo el retorno de los habitantes tras la masacre, María Magdalena fue noticia nacional de primera página. En cierta ocasión, una mujer que debía ausentarse de El Salado dejó a su hija de cinco años bajo la custodia de María Magdalena. Para matar el tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: María Magdalena era la maestra. Y la niña más pequeña, la alumna. Una vecina que vio la escena también envió a su hijo chiquito, y luego otra señora le siguió los pasos, y así se alargó la cadena hasta llegar a 38 niños. Como no había escuelas, el divertimento se fue tornando cada vez más serio. En esas apareció una periodista que quedó maravillada con la historia, una periodista que, folclóricamente, le estampilló a la protagonista el mote de “Seño Mayito”, dizque porque María Magdalena sonaba demasiado formal. El novelón caló en el alma de los colombianos. A María Magdalena la retrataron al lado del Presidente de la República, la ensalzaron en la radio y en la televisión, la pasearon por las playas de Cartagena y por los cerros de Bogotá. Le concedieron —vaya, vaya— el Premio Portafolio Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto inútil arrinconado en su habitación paupérrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron su ejemplo. Pero en este momento, María Magdalena se encuentra triste porque, después de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo soñó desde la infancia. “No tenemos dinero”, dice con resignación. Lejos de los reflectores y las cámaras, no resulta atractiva para los falsos mecenas que la saturaron de promesas en el pasado. Pienso —pero no me atrevo a decírselo a la muchacha— que ahí está pintado nuestro país: nos distraemos con el símbolo para sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la gente pobre. Les damos alas a los personajes ilusorios como “la Seño Mayito”, para después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María Magdalena. En el fondo, creamos a estos héroes efímeros, simplemente, porque necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.

Eso sí: los problemas persisten, se agrandan. La vecina de María Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene 23 años. Está sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, después del tremendo aguacero que cayó en El Salado, resbaló en el patio fangoso de la casa y cayó de bruces contra un peñasco. Perdió el bebé de tres meses que tenía en el vientre. Y ahora dice que todavía sangra, pero que en el pueblo, desde los tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni médico permanente. Yo la miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo, procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un par de manadas de asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre gente.

Por: Erick Lezama

Desde anoche sólo se imagina la cara de su maestra al recibir el dibujo. A la 1:00 pm suena el timbre y Samuel corre rápidamente para formarse a la puerta de su nuevo salón de clases.

Entra de último al aula, pero  pelea por sentarse adelante. Se disputa el primer pupitre de la fila con otro compañero y consigue quedarse con el.

Samuel tiene 9 años. Cursa primer grado enla Escuela DistritalArismendi, ubicada en el barrio Mamera cuatro de la parroquia Antímano. Moscas y zancudos vuelan por todas partes. Un container de basura repleto de desechos, desagradables olores y un pantanal son el paisaje que está en frente de la institución.

Samuel tiene el cabello negro y enmarañado, es delgado, de piel canela, ojos negros y cejas pobladas. El año pasado también cursó primer grado en la institución, pero repitió por inasistencias porque sus padres nunca lo llevaban.

Su deteriorada y sucia ropa es muestra de que el uniforme no está nuevo. Hace un año su camisa era blanca, hoy tiene un tono que se asemeja más al beige. Los zapatos son negros, pero están cubiertos por una capa de pantano que se extiende hasta el ruedo del pantalón azul marino. “La revolución avanza, Alcaldía del municipio Libertador”, se puede leer en el bolso rojo que le regalaron en el barrio.

“Maestra mira lo que te traje, es un dibujo de Garfield, tu muñeco favorito”, grita emocionado.  La cara de Samuel denota expectativa y ante la reacción positiva de la educadora le da un fuerte abrazo.

La maestra explica la actividad del día: “Vamos a unir los puntos de la figura para formar una manzana”. Samuel quiere que la fruta sea de verdad para darle un gran mordisco. Hoy no pudo almorzar porque el arroz que había en su casa no alcanzó. En la mañana la comida que había para  el desayuno se la comieron su padrastro y su pequeña hermana.

“Siempre hay varios chamos que vienen sin comer. Y lo peor es que se trata de  una realidad que se repite en todos los salones. Por lo menos acá les dan una pequeña merienda”, afirma la docente.

El psicólogo Marcos Cortez asegura que los niños necesitan muchos nutrientes para que su proceso de aprendizaje marche bien. El comer es una necesidad básica que se les debe garantizar.

Samuel juega con su lápiz y se imagina que es un avión. Él bosteza, está desconcentrado, inquieto, aislado. Necesita comer.

Según cifras de Cecodap, muchos niños, niñas y adolescentes en el país, que viven en los sectores populares, tienen una alimentación poco balanceada.

Llega la merienda: una arepa con mantequilla y mortadela. Samuel esboza una sonrisa en la que deja ver su descuidada dentadura y se para sin timidez a tomar la que le corresponde. No es momento para mostrar reglas de etiqueta, el hambre puede más: se la come en cuatro mordiscos y en tres minutos termina. “Estaba muy rica”.

 “Vivo allá arriba con mi mamá, mi padrastro y mis cinco hermanos”, dice mientras con su dedo índice señala sin precisión alguna de las casas de ladrillos rojos que copan el cerro donde se encuentra la escuela.

A su corta edad Samuel ya piensa en su futuro. “Cuando sea grande voy a ser policía y dibujante, es que quiero ser bueno. Por eso le voy a pedir al niño Jesús una moto”, asegura.

 “También quisiera ser boxeador, mi papá me enseñó a pelear porque hay que saber defenderse”, explica al tiempo que cierra las palmas de las manos y se tapa la cara con los puños: “Así hay que cubrirse”.

¡RINNNG! El sonido del timbre anuncia que llegó el recreo. Samuel sale corriendo al encharcado patio. En su mano derecha sostiene una pelota de goma gris. La hace rebotar contra el suelo, la lanza hacia arriba y cuando cae la ataja con agilidad de grandeliga. Se fastidia de la pelota y durante algunos minutos corre con sus compañeros. Luego prefiere jugar con las cartas de Pokemon que saca de su  bolsillo.

Después de media hora regresa al aula. Hace una caligrafía pero dibuja las letras sin saber qué dicen porque  aún no sabe leer.  Se cansa, se levanta del pupitre y conversa.

“Vivo con mi padrastro porque mi papá se fue de la casa hace tiempo. Él tenía otra mujer y peleaba mucho con mi mamá. Le pegaba  y la dejaba morada”, recuerda.

Según el informe anual de Cecodap, durante el año 2009,  la violencia en espacios donde se encuentran niños, niñas y adolescentes, se incrementó notablemente.

“El problema es que los niños  cuando crecen en  ambientes violentos terminan imitando  esos patrones de conducta al pensar que son normales”, informa  Marcos Cortez.

Samuel dice que ve a su papá muy poco: “Hace mucho tiempo salí con él y me sentí como un millonario porque me regaló diez mil y me brindó un perro caliente.

Es la hora de la salida y Samuel corre para su casa. Se pierde entre los otros estudiantes que asistieron al colegio. Ya nadie lo mira. A los ojos del mundo es un chamo más que sale de estudiar. Seguramente tomará un jeep que lo dejará en su casa, una de las últimas del barrio. Abrirá la puerta sin saber a quién encontrará. Su mamá y sus hermanos andarán en la casa de la abuela. Su padrastro estará tomándose unas frías. Buscará, sin saber si encontrará, algo de comer. Se sentará en cama y tratará de encontrar estabilidad para hacerle un nuevo dibujo a su querida maestra.

 El verdadero nombre  del niño está en reserva para proteger su identidad.

Esta crónica ganó el 2do. Lugar en el I concurso “Nuevos cronistas” de la ECS-UCV, auspiciado por la Revista Marcapasos.

 

LA AGONÍA DEL METRO

Publicado: enero 21, 2012 en Crónicas
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Por: Mirelis Morales de Armas

A las cuatro y media de la tarde el Metro de Caracas es un monstruo en calma. El gusano de acero se desliza, sin mayor novedad, a un máximo de cuarenta y cinco metros por debajo de la superficie, a lo largo de las veintidós estaciones dela Línea1. Al menos, eso parece. Me subo en la estación Altamira con dirección a Propatria, como cualquiera de los 1,8 millones de usuarios que a diario utilizan el sistema. Consigo puesto. Un vagón con aire acondicionado. Y un tren sin fallas. Todo por el precio de 0,5 bolívares fuertes o el equivalente a un cuarto del pasaje del transporte superficial. Ello gracias a la política socialista que mantiene el boleto del subterráneo congelado desde junio de 2006.

Parto de lo que podría llamarse el reducto de la clase media. De la única estación donde se puede conseguir un stand para adquirir computadoras a crédito. O una venta de perfumes de contado. Que goza de accesos limpios y despejados de buhoneros o mototaxistas. Pero que no se salva de la invasión de propaganda política, aunque esté ubicada en territorio opositor. Es así. Ni los metros y metros que nos alejan de la superficie sirven para abstraernos de la realidad.

Se nota que el rojo lo tiñó todo. La emblemática letra M naranja que identificó a la empresa por más de veinte años cambió por una estrella roja y un eslogan que reza: “Motores a máxima revolución”. Los uniformes que dejaban ver la diferencia de jerarquía entre cada trabajador poco a poco se han ido unificando con chalecos rojos. Lo único que aún sobrevive es la franja de colores de los vagones, como símbolo de tolerancia. Pero ese detalle desaparecerá en el año 2012, cuando lleguen a Venezuela los cuarenta y ocho nuevos trenes traídos de España. A partir de allí, el metro será “rojo, rojito”, como diría el ministro Rafael Ramírez. Y a quien le incomode, no tendrá otra que tomar su camionetita a un costo cuatro veces mayor.

Miro los afiches de mi alrededor que otrora servían para publicitar Mantequilla Nelly, Lavadoras Condesa o Toallas SanitariasLa Mía, y ahora sólo veo propaganda de misiones. Memorable aquella que dice “Más que amor frenesí” junto con la imagen de Chávez cargando una niña. Cómo olvidarla. Observo muchas cajas luminosas vacías y el resto con mensajes de organismos del Estado. Veo pintas en los asientos hechas con marcador negro que le recuerdan a Chávez que “sea varón” (como le dijo Uribe en una cumbre presidencial) o que culpan a Globovisión de promover el odio. Y me convenzo de que aquí la división viaja silenciosa, latente, sin pagar su ida y vuelta.

Me gustaría saber qué pensaría el primer presidente del Metro, José González Lander. Él, que sobrevivió por veinte años a cuanto gobierno adeco o copeyano pasó por Miraflores, para garantizar una continuidad administrativa en tiempos de la llamada Cuarta República. De seguro, tendría mucho qué decir. Más si supiera que sólo durante la gestión de Hugo Chávez han desfilado diez presidentes por la empresa de transporte. Casi uno por año. Así, como si se tratara de una bodega o una pulpería. Entro el andén −sombrío y silencioso− y al rato escucho al operador recordarle a los “señores usuarios” que deben permanecer detrás de la raya amarilla hasta que el tren se detenga. ¿Por qué tendrán que recordar siempre lo mismo?, me pregunto. Pero al ver al hombre que tengo al frente –moreno, de unos veinticinco años, jeans, gorra y zapatos de goma voluminosos− sobre la raya, entiendo por qué tanta repetición. Debe ser esa serpiente amarilla que ahora está dibujada en el piso del andén, con la intención de marcar distancia entre el caos y el orden, que tiene confundida a la gente. No veo otra explicación.

En mis travesías en el Metro −y que conste que son bastantes, como usuaria o reportera− he visto a operadores llamar la atención a pasajeros que saltan el torniquete. He escuchado regaños en público “a la madre irresponsable” que dejó a su hijo sentarse en el andén. He sentido pena ajena por “el hombre de camisa azul” a quien agarraron escupiendo hacia los rieles. He visto jóvenes viajando en el espacio que queda entre vagón y vagón por pura excitación. He recibido fotos de usuarios tomando cervezas en los pasillos del tren y de carteristas en acción. Y he pasado por aquella papelera que “meó” el borracho, que aparece en el famoso video de youtube. El viaje es libre para la anarquía.

En mi vagón −de paredes beige, sillas naranjas, techo y suelo marrón− se exhiben afiches que pretenden hacer entender que “Cumplir las normas del Metro es facilito”. Un niño es quien da lecciones de civilidad y le recuerda al usuario que debe ceder los puestos de color azul a los mayores. Otra niña señala que hay que usar audífonos para escuchar música, a fin de no interferir con los mensajes del operador. Pero no hay manera. A mi lado, un abuelo está parado junto a una de las puerta y de fondo escucho la salsa “No le pegue a la negra” como más bien si viajara en un “por puesto”.

La Cultura Metrocaducó. Eso que fue ejemplo de civilidad de la ciudad murió de tan gastada. Y de ella sólo se acuerdan quienes vivieron los inicios del sistema. Allí por 1983. Cuando en la capital sólo había medio millón de vehículos y cerca de dos millones de habitantes, según cifras oficiales. El Metro, en ese entonces, transportaba un promedio diario de ciento cincuenta y tres mil pasajeros en días laborales. Hoy, luego de veintisiete años de servicio,la Caracasdel Metro es otra. 1,9 millones de vehículos y cerca de seis millones de habitantes ocupan el territorio que se extiende hasta las ciudades dormitorios.

Demasiada gente para un sistema que fue diseñado para atender una demanda de 1,3 millones de pasajeros diarios y que en este tiempo no ha logrado crecer lo suficiente para mantener su capacidad instalada. Sin contar que tampoco ha logrado repotenciar una maquinaria que sobrepasó su vida útil. De allí que al menos treinta y dos de los cuarenta y ocho trenes dela Línea1 presenten fallas, principalmente por problemas en sus motores. Más de veinticinco por ciento de las escaleras mecánicas dela Línea1 (sesenta y nueve de las doscientas setenta y seis) no están disponibles por problemas de mantenimiento. Y el funcionamiento del aire acondicionado corre por cuenta del azar.

Así que, a tono con el socialismo, el sufrimiento dentro de los vagones del Metro de Caracas es igual para todos. Todos pasamos calor. Todos viajamos hacinados en las horas pico. Todos nos calamos el mantenimiento eterno de las escaleras mecánicas. Todos hacemos colas para usar un torniquete. Todos somos desalojados de los vagones cuando presentan fallas. Todos padecemos los retrasos. Pero pocos reclaman. Sólo cruzamos entre nosotros miradas de descontento. Y ya. Estamos acostumbrados.

Hay preocupaciones mayores, según escucho a mi alrededor. “Qué va. Eso es muy caro”, le reclama una mujer de aspecto descuidado, bajita y pasada de peso, a una compañera. “Eso se consigue más barato”, acota. Un hombre canoso, de unos cinco años, jeans y camisa de rayas comenta: “Anoche los calambres no me dejaron dormir… Y esa pastilla que me mandaron no se consigue”, dice mientras su amigo intenta abanicarse con el periódico, que lleva por título de primera página: “Alimentos aumentaron 32% en los últimos 6 meses”.

De los trabajadores del gobierno identificados con carnet o uniforme no he logrado escuchar reclamo alguno durante estos percances. Pero de los ciudadanos sin identificación sí. Y a cada rato. “Este Metro no quiere servir para media mierda”, le escucho decir a un pasajero cuando nos desalojan del vagón en la estación Colegio de Ingenieros. “Chico, si estaba funcionando perfecto. Hasta aire tenía”, le dice su compañera. Cierto. Éramos privilegiados y no lo sabíamos.

Pero el Metro es así, impredecible. De los cien minutos de retraso diario en promedio que registra por fallas, alguno nos tenía que tocar. Aun así –y allí lo más cómico de todo- es que nadie se atreve a tomar el transporte superficial. Todos esperamos el próximo tren. Molestos, pero lo esperamos. No sólo por un tema de costo. Sino porque -a pesar de todo- siempre es posible llegar más rápido en metro. Aparte, nos ahorra la angustia de pasar cuatro horas diarias encerrados en el tráfico o la molestia de toparnos en un estacionamiento con el cartel “No hay puesto”. Así que errado no estuvo quien lo bautizó en la década de los ochenta como “La Gransolución para Caracas”.

Y bueno… A decir verdad, tiene sus salvedades. Hay quienes aprovechan el trayecto para dormir, sobre todo los que vienen de Los Teques. O para leer, así sea a hurtadillas el periódico del pasajero de al lado. Aún es posible ver un poco de civismo del caraqueño en cuanto a la limpieza del espacio. Y de cuando en cuando, logras escuchar alguna buena interpretación musical de los grupitos que han invadido los trenes, en busca de una ayudita y un gesto de receptividad.  Así que, ni modo, aquí nos quedamos.

El primer tren pasa, pero viene repleto. Llega otro: igual. Y siento que la gente se impacienta.Señores pasajeros, se le agradece su máxima colaboración. En breves minutos arribará otro tren al andén, se escucha decir por los parlantes. En mi espera veo entrar, con dirección a Propatria, el tren rotulado de blanco con la inscripción de letras en rojo que dice “Moral y Ética Socialista”. Un momento de reflexión me permite reconocer que −en estas circunstancias y con este calor− no tengo moral ni ética y menos una pizca de socialismo.

Un poco de capitalismo, a decir verdad, no le hace mal a nadie. El Metro también comulgó con esa corriente y de ella bastante que se benefició. Hablo de aquella época cuando las empresas pagaban millones por tapizar con sus marcas las paredes, escaleras, torniquetes del subterráneo. O por rotular los vagones con sus productos, a sabiendas de la exposición que tendrían bajo tierra. Pero esa explotación comercial se mantuvo hasta que la directiva del Metro decidió rescindirle el contrato a la firma DLB Group, por considerar que tenía un monopolio con la comercialización de los espacios publicitarios y así –de un día para otro− el consumismo se esfumó.

Lo que quizás no sabían es que el socialismo le saldría caro. Tal decisión le costó al Metro de Caracas dejar de percibir cerca de seiscientos mil bolívares fuertes mensuales por la pérdida de al menos cuarenta clientes. Y una empresa con un déficit de 1.450 millones de bolívares fuertes, según proyecciones dela Oficina Nacionalde Presupuesto, no podía darse ese lujo. El actual presidente Víctor Matute parece haberlo entendido. Por eso, este año finalmente autorizó la comercialización de espacios publicitarios a cuatro empresas. Razón por la que comienzan a verse tímidamente algunas marcas en medio de avisos oficiales del Seguro Social, Cantv, Movilnet, entre otros. En un gesto de convivencia.

Me detengo a mirar uno. El afiche del Fonden (Fondo de Desarrollo Nacional). “Kilómetros y kilómetros de desarrollo nacional”, se lee. Me río, sin querer. Pero saco cuentas y los números no me dan. Según tengo entendido, la Cuarta Repúblicadejó un legado de cuarenta estaciones (cuarenta y siete kilómetros) más dos patios y este gobierno sólo ha construido diez estaciones (21,5 kilómetros), todas proyectadas en los tiempos de González Lander. Así que nada nuevo nos ha dejado. “¡Ya va, con calma!”, escucho gritar a una usuaria cuando intenta entrar al vagón y su súplica me saca de las cavilaciones. “¡No caben, no caben. Móntense en el techo!”, grita otro, al ver la marea de gente que intenta entrar. Es la hora. El caos se instaló.

En pleno túnel el tren se detiene. Lo que pude haber hecho en veinte minutos ya se ha extendido a cuarenta. Sigue parado unos segundos más y mientras tanto me quedo mirando el mapa del Metro. Ese que incluye estaciones fantasma como Las Mercedes, Chuao, Bello Monte para vendernos la idea de progreso. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que el Metro llegue al sureste de Caracas?, me pregunto. Pero me vienen a la mente las palabras de aquel presidente del Metro, Claudio Farías, quien se atrevió a decir –a costo de su despido− quela Línea5 sería reformulada porque así como estaba planeada beneficiaba a la oligarquía. Y me convenzo –porque sé que ese proyecto sólo ha avanzado quince por ciento en tres años−de que ese anhelo puede demorar tanto como la llegada de un próximo gobierno.

−Permiso, por favor, que aquí me bajo yo.

La música,  la claridad de la tarde que aún es joven, el baile,  el alcohol, el sexo,  el disfrute.  Nada es tabú, nada intimida.

Por: Erick Lezama

Es la una de la tarde y seguramente el salón de clases está casi vacío. Mientras se sirve un trago de anís con jugo de naranja, Yelitza* suelta una carcajada y dice que su profesor debe estar dándole clases a los pupitres. Tanto ella como sus compañeros decidieron adelantar su fin de semana para asistir a un matiné. “El profesor no puede `ponerse la peluca`. Ese también fue estudiante y sabe que uno lo que está pendiente es de echar broma. Él está claro que uno los viernes nunca entra. Es algo que ya está sobreentendido”. Es tajante al explicar por qué se jubila para asistir a estos encuentros: “Uno tiene que aprovechar la vida. Esa estudiadera lo que da es ladilla. Uno se agarra los viernes en la tarde para despejarse la mente de todo eso.”.

      El  matiné de hoy está pautado para la 1:00 pm. Ya se sabe con anterioridad que la entrada tiene un valor de Bs 5 para los caballeros y las damas pasan gratis. Lo organiza un estudiante de quinto año de otro liceo en su propia casa.  

          Cuando se abre la puerta, el bajo de la miniteca golpea los oídos. El tum tum del reggaton invade el lugar. La luz está apagada.  Los asistentes dicen que es para darle el toque de “nocturnidad” de toda fiesta. Sin embargo, la claridad de la tarde se intromete por las ventanas dejándolo todo evidente. Huele a cigarrillo, pero eso parece no incomodar a los que rumbean en el matiné. No cabe un alma y caminar se hace difícil.  Todos los presentes son liceístas: el uniforme los delata.

           En un rincón de la sala está bailando Yelitza. Le canta a su compañero: “Yo quiero azotarte, domarte/ pero lo malo es que te gusta/ castigarte por tu mala conducta”. Él tiene la espalda pegada de la pared y casi no se mueve. Su cara denota concentración. Cierra los ojos y se coloca la mano izquierda en la nuca. Con la otra, le toca las piernas a Yelitza, que le baila de espaldas. Ella sí se mueve, juega con su cabello largo, negro y ensortijado, mientras bambolea sus caderas. Se ríe con picardía. De pronto, se agacha y sus nalgas quedan a milímetros del piso. Se sube al rítmo de la música, y ahora le baila y le canta de frente. Coloca una mano en el pecho de su compañero, y con la otra le acaricia la cara. Él sigue sin moverse mucho, con los ojos cerrados y con una sonrisa en el rostro.

       Al lado de Yelitza está otra pareja que baila cara a cara. Los pasos son similares: el chamo, casi inmovible, está pegado de una pared y su compañera hace el resto. La chica sostiene un vaso de anís con yogurt y fuma. Él coloca las manos sobre la espalda de ella. Luego las baja poco a poco hasta colocarlas sobre sus nalgas. Minutos después, ella sonríe tímidamente y se las quita.

      La claridad de la tarde no alcanza a iluminar el pasillo que conecta a la sala con las habitaciones de la casa. Ahí baila otra pareja. La chica está de espaldas a su compañero. Mientras bailan, él acaricia sus senos. Con el movimiento, se desabrocha uno de los botones de la camisa de ella, y por ahí él logra introducir su mano. Ella sonríe y canta. Él cierra sus ojos y le besa la nuca ella.

***

       Yelitza  es estudiante de 5to año, mención Ciencias,  en un Liceo de Caricuao. Su estatura no es prominente. Ella es delgada, morena, tiene los ojos negros y las cejas muy finas. Asegura que los matinés son una vía de escape a la carga académica que tiene. “Estas son fiestas que se organizan por aquí pa` que los estudiantes vayan. Se hacen los jueves y los viernes  en las tardes. Lo que pasa es que uno no entra a clases en la mañana porque después no podemos salir del liceo. Además, uno aprovecha la mañana pa` comprá la curda y eso, así uno está bien preparado pa` disfrutá bastante”, explica.

     Según Yelitza, todos los viernes, a eso de las once de la mañana, hacen una “vaca” para almorzar. “Siempre reunimos todos los que vamos al matiné y compramos pan con mortadela y refresco. Eso es lo más barato, y así nos alcanza pa` la curda”.

         La madre de Yelitza no se imagina que su hija, aún menor de edad, asiste a estas celebraciones. Para que no la descubrieran, esta mañana Yelitza hizo lo habitual: treinta minutos antes de la primera hora de clases desayunó y salió debidamente uniformada- camisa beige, pantalón azul marino y zapatos negros de suela-. “Así la vieja piensa que estoy en el Liceo”, dice.

***

           No todos están bailando. Una amiga de Yelitza dice que ella asiste para socializar porque no sabe bailar mucho. “Uno aquí conversa de todo, y el sexo no es tabú”, dice. Está sentada con un chamo, en el único mueble que el dueño de la casa no guardó esta mañana. Él acaricia la pierna que la chica montó sobre las suyas. Se ríen y se abrazan. Al rato, también se besan en la boca. “Lo que aquí pasa, aquí se queda”, dice.

        El dueño de la casa también baila en el matiné.  Dice que aprovecha que sus padres llegan a altas horas de la noche para hacer la fiesta. “En la mañana recojo todos los muebles y armo la miniteca”, explica. El dinero que recolecta lo utiliza para gastos personales.

        Agrega que está consciente de que debe guardar la compostura, por si pasa algo. “Yo estoy claro que aquí puede pasar de todo, y yo tengo qué saber qué permito y qué no”, asegura. Recuerda que meses atrás se armó una pelea. Dice que tuvo que “jugar al policía” y sacarlos de la casa. Asegura que debe ser cuidadoso y que esos “espectáculos” no convienen porque los vecinos pueden ir de “sapos” y decirles a sus padres que ahí se hacen esas fiestas matinés.   Sin embargo, hay cosas que a él se le escapan de las manos. Reconoce que no sabe si en su casa, durante los matinés, se consumen drogas. “Seguramente algunos traen. Yo sé que aquí todo el mundo se cae a curda, pero no sé si se `fachan”.

        Sabe que el sexo ha estado presente en estas celebraciones de fin de semana adelantado. Cree que el baile, el alcohol y la libertad que tienen en estos encuentros incitan a la actividad sexual. “¿Pero qué vamos hacer? Hay que estar claro, eso no tiene nada de malo, creo yo. Es como una consecuencia de la rumba.”, enfatiza con la autoridad que tiene como dueño de la casa.

      “Uno aquí ve de todo. A veces  son las chamitas las que más loquitas se ponen A mi me pasó la otra vez: estaba bailando con ‘una menor’ y me dejó loco cuando comenzó a tocarme y bueno, tú sabes, uno como hombre tiene que reaccionar”, dice mientras estalla una carcajada, y agrega: “ Pero no hay que generalizar, hay tipos que son abusadores y les gusta propasarse con las chamitas y eso no me gusta permitirlo”, dice.

       Recuerda que en algunas oportunidades ha prestado su cuarto para que sus amigos tengan relaciones sexuales. “Por ejemplo, la otra vez un `costilla` se cuadró con una chama que vino a rumbear. Él quería con `la menor` y la emocionó toda, hasta que ella le dijo que quería con él ahí mismo. Que se lo metiera ya. El pana me preguntó que si podían ´ir pa` esa´ en el baño, pero le dije que le dieran en el cuarto con confianza. Al rato salieron, y aquí no ha pasado nada”.

***

          Yelitza ya no puede bailar más. Dice que no está ebria, pero sí algo mareada. “Hoy he tripeado burda, vinieron unos menores burda e` lindos y la pasamos fue criminal”. Mientras bailaba no se percató de que los primeros dos botones de su camisa se desabrocharon. Ahora camina a la parada para regresar a su casa y trata de arreglarse un poco: se acomoda la camisa, se peina, y saca un espejo para ver su aspecto. El aliento la delata: cuando habla, todos los que están su alrededor pueden imaginarse que se tomó unos cuantos tragos de anís. Sabe que su mamá la puede descubrir.

        “Chama, cómete un pedazo de hoja de cuaderno, eso te lo quita”, le dice una amiga. “Ay no marica, yo no quiero nada. Yo trato de que ella no se dé cuenta: entro derechito a mi cuarto hasta mañana y esa cree que estoy muy casada. ¡Quiero mi cama! Y que el despertador no suene mañana. Hoy la pasamos fino, de pana. Sería fino que  también hubieran rumbas los lunes, pero habrá que esperar, porque aquí los viernes son pa` jodé”, dice. 

* Se utilizó un nombre falso  para proteger la identidad de la testimoniante. El verdadero nombre de Yelitza está en reserva.

Haití revisitado

Publicado: enero 20, 2012 en Crónicas
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Ruinas en Haití tras el terremoto de enero 2010

Más de un año ha pasado del terremoto que sacudió Haití y casi nada ha cambiado. Sus habitantes intentan salir adelante caminando entre fosas comunes, escombros, cólera y miseria. Esta crónica es una radiografía íntima de la cotidianidad que sobrevive después de que ese país fuera el centro de atención del mundo entero tras su tragedia. Es la versión revisitada que nos ofrece la cronista venezolana Maye Primera de un texto que publicó la revista Gatopardo en marzo pasado. 

POR MAYE PRIMERA  –  Foto Maye Primera

Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, en el instante mismo en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.

Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.

“Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de  un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la biblia, y si eso es verdad la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó aquel enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles, van las tap-tap: las pick up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos, donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo.  El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: ‘degajé’. Viven del ‘degajé’ los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego puedan vender en las aceras. Viven del ‘degajé’ las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime ‘para llevar’. ‘Degajé’ es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, que ya no existe, en el barrio de Carrefour Fieulle. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la Plaza Toussaint Loverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiler Saint Eloy está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen, a una hora  en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior deL boceto de Saint Eloy hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Preval (el ex Presidente de Haití) y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al Gobierno sólo les preocupa su interés personal.

Nicole Pierre se acerca para ver trabajar al artista. Se sienta en un bloque, sobre la enorme placa de cemento.

—Justo aquí debajo están mi Junette, mi Johanna, mi Edison, mi Marie Helenne.

Son su tía, sus primos, su cuñada, que murieron en el número 4 de la Rue Lamivalle del barrio Carrefour Feuille. Ella, de unos treinta años, cargó con los cuerpos para sepultarlos aquí, para que no quedaran perdidos en las fosas comunes Saint Christophe de Titanyen. Ahora al menos tiene una tumba donde dejar sus flores plásticas.

***

Haití ya era esto.

Era el epicentro de la pobreza occidental cuando el 12 de enero de 2010 la golpeó un terremoto de 38 segundos y 7° grados de intensidad en la escala Richter. Más del sesenta por ciento de los niños nacían anémicos, como sus madres anémicas. Y en los seis primeros meses de vida, miles de esos niños sufrían de una desnutrición crónica que restringió de por vida su capacidad de moverse y aprender.

Haití ya era esta tierra arrasada, seca, semi-desértica. Sus bosques ya habían sido talados y quemados para la prosperidad de los empresarios del carbón. Puerto Príncipe, desde hacía mucho, había dejado de oler a mar: ya era esta capital opaca, hedionda a aguas negras por las mañanas, a leña por las tardes y a plástico quemado por las noches. Congestionada por los buses escolares gringos de segunda mano, nublada por el polvo y la basura que arde.

Los haitianos ya creían en el vudú: la amalgama sincrética que usaron los esclavos africanos durante todo el siglo XIX para adorar a sus dioses disfrazándoles con el rostro de los santos cristianos. Ya las dictaduras de Francois Duvalier y su hijo Jean Claude se habían servido del vuduismo para dominar, para pretenderse hougans: sacerdotes capaces de conceder la gracia de la vida a los benditos o de castigar con la muerte a quienes merecieran su maldición. Las milicias duvalieristas –los leopardos, lostonton-macoutes—ya habían asesinado y torturado a miles de haitianos que se opusieron al régimen, no con el vudú sino con sus pistolas y machetes.

Haití también había fracasado en su intento por superar la ocupación norteamericana, que dominó el país entre 1915 y 1934, y por construir un sistema de gobierno democrático tras décadas de mandatarios militares. El primer presidente electo en votaciones libres y universales, el pastor Jean-Bertrand Aristide, había sido expulsado del país por un golpe de Estado que lo envió al exilio en Suráfrica en febrero de 2004. Porque Aristide, con su milicia de ‘chimerés’, también construyó para sí un gobierno violento y personalista.

Haití ya era toda esta tragedia que Dominic, a sus cuarenta y cinco años, sabe contar en cuatro idiomas: creole, francés, inglés, español. Una lengua por cada episodio fatal de 2010: el terremoto que arrasó en enero, los huracanes de agosto, la epidemia de cólera que comenzó en octubre y el caos político después de las fallidas elecciones presidenciales de noviembre. Es la única forma de sobrevivir en este trozo de isla que ya era así, dice: conocer muchas lenguas y trabajar para los extranjeros que vienen a ocupar, a mirar o a ayudar. Los días trágicos en Haití son todos, pero los que Dominic añora son los días del terremoto: cuando perdió su casa, a uno que otro familiar lejano y el pie derecho de su esposa. Los extraña porque nunca, como entonces, volteó el mundo a mirarlos con tanta atención.

***

Cuando Stefano Zannini llegó a Puerto Príncipe para hacerse cargo de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras, en junio de 2009, había sólo tres ambulancias del gobierno en esta ciudad de tres millones de habitantes. En aquella época, anterior al terremoto, el presupuesto nacional de Haití ya dependía en un sesenta por ciento de las ayudas humanitarias de gobiernos y donantes extranjeros. Un tercio de la población, especialmente en zonas rurales, estaba obligada a caminar casi tres horas antes de llegar al ambulatorio médico más cercano. Una vez que llegaban, no encontraban doctores ni medicinas. Entonces, en enero de 2010, llegó el terremoto. Luego, en octubre, la epidemia de cólera que ya suma más de tres mil novecientas víctimas. Pero por las calles de Puerto Príncipe siguen circulando tres ambulancias del gobierno para más de tres millones de habitantes.

—Lo único que ha cambiado desde que llegué es que ahora hay más actores internacionales— dice Zannini.

Desde el momento en que la tierra se abrió brotaron de todas partes las organizaciones de samaritanos. De evangélicos. De electricistas. De cienciólogos. De almas bien intencionadas que prometían curar a los heridos con sólo posar energía sobre sus cabezas. De abogados que tramitan adopciones de niños huérfanos, y de los que no lo son, por doce mil dólares. Se dice que hay más de doce mil organizaciones no gubernamentales trabajando en Haití después del terremoto. Pero ni el (entonces) presidente René Préval sabe cuántas son en realidad o qué vinieron a hacer ni mucho menos cuándo se irán. Cientos de ellas habían llegado a la isla en la década de los ochenta, con el fin del duvalierismo, para hacer labor humanitaria y promover programas de desarrollo.

—¿Cuándo nos iremos? Es imposible predecirlo, depende del proceso de reconstrucción después del terremoto. Cuanto más rápido se haga, será más fácil para las ong dejar el país. ¿Pero cómo podemos pensar en irnos cuando la población es tan dependiente de las organizaciones internacionales? — dice Zannini.

Los nueve mil novecientos millones de dólares que sesenta países de todo el mundo prometieron invertir para reconstruir la isla en diez años llegan a Haití por cuentagotas. Los frena el papeleo de una burocracia lenta, de instituciones públicas desmanteladas por el mismo desastre que tratan de enfrentar. Alrededor del sesenta por ciento de las oficinas de Gobierno, incluyendo el Palacio Presidencial, se vinieron abajo con el seísmo. Aunque antes tampoco servían para mucho. Servicios fundamentales como la salud y la seguridad están en manos de las organizaciones no gubernamentales desde hace veinte años y de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), que llegó con sus agencias y sus cascos azules en 2004, tras la caída del Gobierno de Jean-Bertrand Aristide.

Lo que saben Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja Internacional y las grandes ong que trabajan en Haití, es que pocos billetes de los nueve mil novecientos millones de dólares se han movido de las cuentas bancarias de los donantes, que dicen que sólo soltarán los fondos cuando en Haití se configure un escenario político más saludable, cuando llegue a la Presidencia un nuevo Gobierno que rinda cuentas.

—Esto es algo demasiado cínico, muy lejano a los compromisos que los países adoptaron en Nueva York. Los haitianos necesitan escuelas, hospitales, casas, mejores condiciones higiénicas, y las necesitan ahora. No pueden esperar a que venga un nuevo gobierno — dice Zannini.

Por eso hoy, en Haití, todo está como estaba: las calles, las casas, los edificios derruídos. Porque el poco dinero que llega a través de las agencias de la ONU y de las ong se usa para la atención humanitaria y para la supervivencia: para pagar el agua, la comida y las medicinas de cerca del millón de personas que aún viven en los campamentos. No para mover escombros.

***

Choupette tenía treinta y nueve años y estaba loca. “Fou á lier” (loca de atar), decían sus familiares. Así tuvo dos hijas, Beatrice de trece y Carinne de dieciséis. El 21 de noviembre de 2010, cuando Rusford Saint Loui, de la Dirección Departamental Sanitaria de L’Ouest, fue a recoger el cadáver de Choupette, se las escuchaba llorar, al otro lado del muro. Ella estaba vestida con harapos, sobre una sábana, en una de las casas de la avenida Magloire Ambroise, en el centro de Puerto Príncipe, que había resistido al terremoto.

“Ella no murió de cólera”, decía Charles Dieusel, el padre de Choupette, mientras esperaba que los recogedores de cuerpos vinieran a buscarla para llevársela quién sabe dónde. Dieusel, vestido de  guayabera verde manzana y zapatos negros impecables, explicaba a sus vecinos que su hija había muerto de una sobredosis de medicamentos: que había ido al hospital general, donde le aplicaron una inyección sospechosa, y que por la noche comenzó a tener un poco de diarrea. A eso de las tres de la madrugada, había dejado de respirar.

El cólera está asociado a la suciedad, a la falta de higiene. Es una bacteria que se aloja en aguas y en alimentos contaminados e infecta los intestinos humanos. En una de cada veinte personas la infección se vuelve enfermedad aguda: a ese uno se le entumecen las piernas y se deshidrata a fuerza de diarrea y vómitos. Y a nadie le gusta admitir que en casa hay problemas sanitarios. Ni siquiera a los damnificados que cada mañana se enjabonan, se frotan y se enjuagan en plena calle, para que todos vean cómo se mantiene limpio un cuerpo. Nadie quiere ser señalado de llevar la peste al vecindario, aunque  el vecindario esté rodeado por la peste de las cloacas, de los chiringuitos de comida ambulante y de los puestos que ofertan frutas y moscas.

La mayoría de los doscientos mil pacientes de cólera que se reportaron en Haití entre el 16 de octubre de 2010 y el 25 de enero de 2011 se enfermaron en los barrios marginales de Puerto Príncipe  y no en los campamentos de víctimas del terremoto. Desde hace un año, los damnificados beben del agua potable que envía gratis el Gobierno y si se contagian de cólera es por la contaminación de la comida o la pestilencia de las letrinas. En cambio, el agua llega a los barrios pobres de la ciudad a bordo de “La Sirene de L’aeu” o de la “Victoria da Vida” o de “Mon Bel Auge”. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques con agua de un pozo, a doscientos metros de profundidad, que está entre un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura en medio del barrio de Cité Soleil: el más grande y peligroso de Puerto Príncipe, donde los cascos azules patrullan armados de fusiles, encaramados en tanques de guerra.

El primer caso de cólera del que se tuvo noticia se reportó en el hospital de Saint Marc, a un par de horas de distancia la capital. En pocos días, la bacteria se extendió por toda la Petite Riviere de L’Artibonite: donde corre un río ancho, del que beben todos los pueblos cercanos. Dicen que fueron los soldados nepaleses de Naciones Unidas los que contaminaron con mierda el río. Dicen que fue una empresa relacionada con la esposa de René Préval la que lanzó la mierda al río. Dicen que fueron unos brujos los que echaron unos polvos para provocar el cólera en el río. Como quiera que haya sido, sólo cuatro semanas después de la aparición del primer caso ya habían muerto trescientas personas y otras veinte mil estaban contagiadas, ya no sólo en Saint Marc: también en Puerto Príncipe  y en Gonaives, Cabo Haitiano y Port de Paix, al norte de la isla.

Rusford Saint Loui es el jefe del grupo de tres hombres que se encarga de recoger a los muertos de cólera de todo Puerto Príncipe: tres desempleados que el gobierno reclutó y entrenó en una semana.

—René Préval me llamó personalmente para decirme que me entregará las llaves de diez camiones como éstos para hacer la faena —decía en noviembre del año pasado.

El 21 de ese mes, cuando fue a buscar el cadáver de Choupette, la promesa de Préval no se había cumplido y Rusford seguía recogiendo los cuerpos –unos treinta y seis por día- en la tap-tap número 218 escoltada por un convoy de apoyo, una ambulancia que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados de fusiles.

En los primeros días de trabajo, la caravana fue recibida a pedradas en el barrio de Martissans: la gente, enfurecida, creyó en el camión había llegado para traer cuerpos infectados al barrio y no para llevárselos. Por eso las autoridades sanitarias enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: “Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía”.

El cólera le robó los funerales a muchos. Todos son un bulto que viaja apilado en la cabina de la tap-tap. Un bulto plástico, bañado en agua clorada, que salta en cada bache de la carretera. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen.

***

Joan tiene once años y es un pecador. Iba camino a casa al terminar la escuela, el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, cuando Dios, enfurecido, derrumbó un muro de concreto sobre su pierna izquierda. Al día siguiente, le cortaron el colgajo que quedaba en el Hospital Fontana, él despierto. Al día siguiente, le enviaron a casa con la tibia expuesta y sin receta para el dolor. Los médicos de una de las doce mil organizaciones no gubernamentales que operan en Haití encontraron a Joan entre las tiendas de campañas del barrio Cité Soleil, una semana después. Ya ni gritaba. Tenía el gesto hecho piedra. Cortaron de nuevo y moldearon, una cuarta por debajo de la rodilla, el muñón sobre el que Davor Krcelic construye el perdón de los pecados de Joan.

—En Haití existe la creencia de que si alguien pierde una pierna o un brazo ha sido como un castigo de Dios. Así todos puedan ver por la calle que allí va un pecador.

Dieciséis años atrás, Davor Krcelic ganaba buen dinero como fabricante de prótesis cuando la tercera guerra de los Balcanes llegó a Novisat, su pueblo, al norte de Serbia y en la frontera con Hungría. Entonces, huyó a República Dominicana. Entonces, llegó a Haití.

Sólo en esta clínica del bulevar Toussaint Loverture de Puerto Príncipe se practican seis o siete amputaciones al día. Con días peores que otros, ha sido así a lo largo del último año. Porque Dios no sólo castiga con el terremoto: castiga con la gangrena y luego, en la mutilación. Para correr la voz de su advenimiento, Davor, el protesista, ofrece 50 gourdes (poco más de un dólar) a cada chico que encuentre a algún mutilado en la calle y lo traiga a su consulta.

***

El país que a René Preval le hubiese gustado legar brilla como una postal de Miami Beach. En ese país, los chicos pasean en Vespas y no en motos chinas que se deshacen en nubes negras de humo. Las familias viven en apartamentos de cincuenta metros cuadrados y no en tiendas de campaña-regalo-de-la-comunidad-internacional, donde sólo cabe un colchón en el que duermen seis. Los niños no son negros sino mulatos, sí van a la escuela, sí lucen saludables y no están condenados de por vida a las secuelas de la desnutrición. Pero en el país de miserias que administraba Préval, las únicas luces que permanecen encendidas en el miércoles 12 de enero de 2011, a las 6:00 de la tarde, son las que alumbran sus proyectos de papel para la reconstrucción de Haití, dibujados en computador y colgados como carteles sobre una de las cercas que protege las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. El resto es oscuridad.

El mandato del presidente Préval terminaba legalmente el 7 de febrero de 2011, pero podría continuar en el poder un par de meses más. El habría querido dejarle este país a su yerno, el candidato a la Presidencia por el partido oficialista Inité, Jude Celestin,  para seguir gobernando con él y a través de él. Y estuvo cerca. El Consejo Electoral Provisional de Haití declaró a Celestin como uno de los dos ganadores de la primera vuelta electoral que se realizó el 28 de noviembre de 2010. Pero hasta la Organización de Estados Americanos denunció el fraude e impugnó los resultados. De acuerdo a los escrutinios de la OEA, la profesora y ex primera dama, Mirlande Manigat, y el cantante de kompa, Michel Martelly, deben ser quienes se enfrenten en la segunda vuelta electoral que debería realizarse en marzo de 2011. (Fue finalmente Michel Martelly quien resultó electo y asumió la presidencia desde el 14 de mayo de 2011).

Lo que ocurrió el 28 de noviembre de 2010 ni siquiera merece llamarse “elección”, dice Susy Castor,  historiadora y directora del Centro de Investigación y Formación Económica y Social por el Desarrollo de Haití. Fue un proceso lleno de fallas que debería ser anulado por la paz futura de Haití.

—En vista de la situación de Haití, cualquier autoridad que suba al poder sin legitimidad se convertirá en una fuente de conflicto y no en una solución. Ahora todo el mundo trata de tomar distancias, pero es evidente que la Minustah y la OEA tienen una fuerte responsabilidad en lo que pasó. El Gobierno haitiano no da un paso sin contar antes con su consentimiento.

El mundo ha prometido que cuando la crisis política al fin se resuelva, su dinero al fin llegará a los haitianos, pero de la cifra global de las donaciones falta deducir el costo de la intervención militar de cada uno de los países que envió tropas a Haití después del terremoto. También falta restar la deuda externa que varios de estos países aceptaron condonar después de las sucesivas tragedias. Sería algo así como lo que ocurrió en Afganistán y en Irak y en otras intervenciones post-emergencia que ha coordinado Naciones Unidas alrededor del mundo.

Muchos de los billetes que queden después de esta ecuación ya tienen de antemano nombre y apellido. En el caso del dinero donado por los Estados Unidos, la agencia USAID (United States Agency for Internacional Development, por sus siglas en inglés)  decide en cuáles proyectos se invertirán sus aportes y cuáles deben ser las características de las empresas que se contraten para realizar los trabajos. Las compañías favoritas de las agencias de cooperación de cada país son las que pertenecen a sus connacionales.

Mientras tanto, Fritz Polidor se pasa la tarde del 12 de enero de 2011 mirando el futuro a través de los barrotes del Palacio Nacional. Es sargento retirado del ejército, tiene casa, y a los cincuenta y tres años lleva el luto de un hijo adolescente muerto.

—No sé si todo eso que está en los carteles va a hacerse realidad. Lo que sé es que si depende de los gobernantes haitianos, nunca va a ocurrir. Todo ese trabajo sólo lo haría un gobierno extranjero.

Cuando lo dice,  suena al fondo el cornetín de los guardias del palacio, que van arriando la bandera haitiana, izada a media asta durante el 12 de enero de 2011.

***

Puerto Príncipe es más cara después del terremoto. El precio de los alquileres ha aumentado hasta una tercera parte. Si Milton pagaba ochenta mil gourdes (dos mil dólares americanos) por la renta de una casa de un cuarto, sala y cocina, ahora quieren cobrarle ciento veinte mil. Milton no tiene opción porque no hay demasiada oferta inmobiliaria para que los haitianos puedan elegir. En cambio, para los voluntarios de las ong hay residencias de todos los tamaños.

—Si ya era difícil para los haitianos conseguir una casa en Puerto Príncipe, ahora lo es más. Mucha gente de clase media ha preferido mudarse a un lugar más pequeño para alquilar sus casas a los voluntarios de las ong y cobrar una renta fija en dólares—dice Alain Gilles, vicerrector de asuntos académicos de la Universidad Quisqueya.

El desembarco de las ong, con sus viáticos en dólares, ha distorsionado aún más la economía de la isla, dependiente de las ayudas internacionales y de las remesas del extranjero. La inflación se ha disparado y ante la perspectiva de obtener comida y agua gratis, los desempleados de las clases más empobrecidas no hacen mayores esfuerzos por buscar un trabajo fijo.

Las pocas familias ricas de Haití lo son cada vez más. Su prosperidad depende de establecer contratos con el Gobierno y con las ong, para importar alimentos o coches, sobre todo. El sector bancario vive de los depósitos del Estado, que obtiene sus dólares de las ayudas internacionales, y de las remesas del extranjero. En cada esquina de Puerto Príncipe hay una oficina de Western Union o de Money Gram que también hace llegar a las familias ese dinero fresco.

Los restaurantes caros del barrio rico de Petion-Ville están a reventar cada noche. Sirven salmón en salsas de eneldo, filetes a la pimienta verde, bisque de frutos de mar, langostas grilladas, escargots al ajillo a precios de restaurantes neoyorquinos. Afuera, los valet parkings cuidan las patrullas con el logo de Naciones Unidas y placas diplomáticas de los comensales.

Cada vez más policías de la ONU están interesados en aprender a bailar salsa para ir a mostrar sus pasos en las pistas de baile del Quartier Latin, del bar Jet-Set, del latin-dancing-club Almendra de Petion-Ville. Con los dólares que ha ganado en el último año, Daniel Fombrun –cincuentón, dueño de los apartamentos Tropical donde se alojan policías de al menos cinco países— construyó una terraza en la que tres veces por semanas hay lecciones privadas de baile.

“Un, deux, trois…back…flip-flap”, le indica en francés el maestro haitiano a sus discípulos turcos, franceses, croatas. Terminada la clase, se lavan el sudor con un baño, visten de nuevo el uniforme y la nueve milímetros, y se despiden.

***

Haití, contra todo pronóstico, sigue creciendo. Durante el año siguiente al terremoto del 12 de enero de 2010, la tasa anual de embarazos se ha triplicado en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, de acuerdo a las cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Las parturientas que no gritan en el Hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan plegarias a Dios, cantan kompa. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos de la maternidad. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay la sala de partos. Con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando una tap-tap para volver a casa.

La maternidad está a reventar y ellas también. Hay mujeres en trabajo de parto, sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Mujeres en los  pasillos, echadas en el piso, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. Los corredores huelen a una mezcla de cebo, sangre, cloro y alcohol. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación: cuando el niño está por nacer.

Desde noviembre de 2010 funciona en el patio de la maternidad un centro para el tratamiento del cólera que dirige Médicos Sin Fronteras. Ese fue el mes más crítico en esta área del hospital. El día 22, diez mujeres con cólera estaban recluidas, conectadas a bolsas de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas perdieron a sus bebés. Felipe Rojas López –chileno, de veintisiete años- es uno de los médicos que desde aquella fecha y hasta ahora las atiende.

—Las embarazadas llegaban acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el feto era precario. La mayoría de los bebés morían en el útero y había que sacarlos—explica Rojas.

Cerca de dos tercios de estos embarazos son no deseados. Y en el uno por ciento de los casos ha habido violencia sexual en el momento de la concepción, dice Igor Bosc, representante de la UNFPA en Haití. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Solo en los primeros ciento cincuenta días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de doscientos cincuenta casos de violación, la mayor parte de niñas.

Las pacientes del hospital Isaïe Jeanty  se registran con las direcciones que ya no existen, las de sus casas que se desplomaron durante el terremoto. Muchas lo hacen porque les avergüenza decir que viven hacinadas en una tienda de campaña. Otras, porque de antemano han tenido la intención de abandonar a sus hijos en la  maternidad.

En enero pasado había cinco chicos abandonados en la maternidad, esperando a ser recogidos por la Dirección de Bienestar Social. Como Mivier Normil, que pesó 1,6 kilos al nacer, el 7 de enero a las 6:33 de la mañana, y era demasiado flaco, demasiado débil como para que Ilania Normil –su madre de veinticuatro años- se lo llevara a casa. Que lo buscaba después, dijo ella. Dejó un número de teléfono en el que una máquina dice “esta línea está fuera de servicio” cada vez que las enfermeras llaman.

Andrea Blanco – Caracas, diciembre 2011

Le entregaban un saquito de metras para jugar con otros niños frente a la casa y para que al mínimo indicio de la camioneta negra Apache gritara de inmediato: “Coleo, coleo, coleo”, para avisar sobre su presencia. Otra táctica consistía en volar un papagayo, cortar el guaral si se acercaban los esbirros y gritar a todo pulmón: “Se dio a la hila, se dio a la hila”. De esta manera, a los 8 años, avisaba a comunistas reunidos clandestinamente si la Seguridad Nacional estaba rondando. Con una madre y un abuelo comunista, Rafael no pudo haber salido de otra manera. Mala conducta desde el principio. Comunista y guerrillero.

Por 1952, a los 10 años, le encomendaron la distribución de un paquete de propaganda subversiva contra Marcos Pérez Jiménez y cuando empezó a entregarla llegaron dos esbirros de seguridad y lo detuvieron. Allí le dieron bastantes correazos y lo castigaron. Esta fue su primera experiencia de tortura.

En 1995 le otorgaron la concesión del cafetín de FACES en la UCV y hoy en esa misma cocina, mientras preparamos canapés, me cuenta su historia y se percibe cierta indignación en su voz cuando me relata cómo a causa de su rebeldía, sus tías adecas, María e Isabel, lo entregaron al Consejo Nacional de Niño cuando tenía 10 años. Ahí lo metieron en un internado hasta que en secundaria inició sus estudios para sargento técnico de aviación por una orden recibida directamente del Frente Guerrillero Libertador, ubicado en Humocaro Alto, en las montañas entre Falcón y Lara, y dirigido por Argimiro Gabaldón.

Cuando entró en la guerrilla iba a cumplir 15 años. Se puso en contacto con el grupo armado por medio de su abuelo, un profesor llamado Jesús María Pacheco que pertenecía al Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y otros profesores de apellidos Chávez, García y León que eran del Partido Comunista (PCV).

¾¿A ti te gustaría aprender a manejar armas?, le preguntaron ellos.

¾Claro. A mi me gustaría aprender todo, respondió Rafael.

Para oficializar su ingreso, lo mandaron a buscar a un tipo de apellido Betancourt en una bodeguita que quedaba frente al cerro La Locha, allá entre Lara y Falcón. Le habían pedido que llevara uniformes, botas y unos tres M1, que son unos fusiles de tiro fijo a 150 metros y el los llevó dispuesto.

Como era demasiado joven en la guerrilla, lo que más hacía era llevar cosas que hurtaba de la Escuela de Aviación. Más adelante, le empezaron a dar tareas como captar y llevar gente y municiones. Militares involucrados conseguían las mercancías que luego serían transportadas por él en una Chevrolet Apache vieja que camuflajeaban para que pareciera de una tintorería. Unos vestidos de comunión y unos fluxes viejos y descoloridos les servían para pasar las alcabalas desapercibidos.

Una democracia incipiente. Pocas veces en la historia ha habido un consenso político tan generalizado como el que se oponía a la dictadura a fines de 1957, en el que todos los partidos políticos, comunistas y demócratas, tenían el mismo objetivo. Tras la caída de Pérez Jiménez en 1958, Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, desconoció a los comunistas, los intentó desaparecer. Parece ser que la cosa venía de antes, pues desde el exilio ordenaba a los adecos que no se juntaran con comunistas.

Así, esa democracia incipiente nacida el 23 de enero, continuó la persecución de la disidencia ahora conformada sólo por los comunistas. En Venezuela era un secreto a voces que perseguían y torturaban a los que pensaban distinto, ahora no a través de Pedro Estrada y la Seguridad Nacional, sino de la Digepol y más adelante de la Disip tras su fundación en 1969 en el primer gobierno de Caldera. En este contexto surgen las guerrillas en los 60s, que se radican en las montañas de Lara, Falcón, Miranda en los llanos de Apure y en los montes orientales entre Sucre, Monagas y Anzoátegui.

Cuando cayó preso por segunda vez, a principio de los 70s, fue a causa de que recibió dos tiros de ametralladora, uno en cada pierna a la altura de las rodillas. Entonces no pudo correr más y lo cogieron preso por allá entre San Casimiro y Pardillal, entre Aragua y Guárico, por donde quedaba uno de los caminos para llegar al cerro El Bachiller, sitio de concentración de la guerrilla del centro. Hubo una delación. En medio de esa misión de logística interrumpida murieron varios y Rafael prefirió que sus compañeros continuaran sin él, pues su peso los retrasaba. Esto le costó que lo llevaran a los calabozos de la  Disip y estar en prisión once largos años.

“Allí me torturaron como tú no te imaginas”. Lo golpearon hasta sangrar, le aplicaron electricidad, le introdujeron bolígrafos en las heridas de bala ejerciendo presión, lo sofocaron con una bolsa y echaron amoníaco, colocaron una almohada como barrera – para que no quedaran marcas- y le pegaron con un bate. Agarrado por las dos manos Rafael era su piñata. Se desmayaba del dolor, se le iban los tiempos, pero él no tenía nada que decir.

Las torturas duraron tres días porque hubo un hombre llamado Eugenio Luna que denunció la situación. Los disip querían saber quien más estaba involucrado, qué hacía él por la zona, quienes eran sus jefes, cuáles eran sus coordenadas. Gracias a las enseñanzas de su abuelo y a su temple, Rafael se supo comportar siempre. Sus compañeros lo respetaban por eso, porque él nunca delató a nadie. Ni frente a los esbirros, ni a los digepoles, ni a los disip. Después de 24 horas se modificaba cualquier campamento o concha, si agarraban a uno de los del grupo. Entonces ellos tenían que aguantar ese periodo sin hablar.

Su expediente ahora dice que estaba cazando iguanas ilegalmente y así se quedó.

El Muchacho Crisóstomo: “Esto es un atraco en nombre de la revolución”. Su abuelo le enseñó cosas que practicó por el resto de su vida. A no ser delator, a cuidarse, a siempre mirar hacia atrás y que “lo que es bueno para el patrón, es malo para el trabajador”. Describe a su abuelo como un hombre perspicaz, íntegro y muy inteligente. “Me enseñó todos los trucos de la vida”.

Dentro de la guerrilla no era frecuente que alguien diera su nombre, se conocían sobre todo por apodos y Rafael era llamado “El muchacho Crisóstomo”, tal como lo mandaba a llamar su abuelo cuando lo visitaba clandestinamente en el internado.

En la montaña todo era distinto. El tiempo pasaba lento y mandaba el que conocía la tierra. “Los militares en el monte eran unos gafos y la guerrilla no los mató nunca porque no les dio la gana”. Ellos no sabían moverse, caminaban por los canales que quedaban tras la crecida de los ríos o por las brechas que los rebeldes les abrían para dirigir su ruta.

En las poblaciones, él y sus compañeros se hacían pasar por adecos o copeyanos –de acuerdo al gobierno de turno- y con sus respectivas camisas o chapas del partido iban por ahí haciendo alboroto y hablando mal del gobierno. Por su parte, los paramilitares atacaban los pueblos disfrazados de guerrilleros, pero el campesino es muy inteligente y sabía cuando se trataba, y cuando no, de los rebeldes.  Una de las metas de la guerrilla era captar gente y por ello fueron solidarios con los campesinos de los pueblos cercanos a sus asentamientos. Así, los doctores dentro de la guerrilla servían a los enfermos de amibiasis, fiebre o diarrea, colaboraban con medicinas y si se habían robado una res en la faena, por supuesto que la compartían.

“Éramos unos delincuentes”. En la ciudad el propósito era otro. En nombre de la izquierda atracaban bancos, hacían estafas con cheques falsos, robaban municiones y alimentos, cobraban bonos de la deuda hurtados, pero no había otra manera de conseguir recursos. Él no fue un hijo santito en la lucha contra el sistema. Pero la respuesta de esa democracia incipiente, propuesta y luego impuesta, fue mucho peor, trataba de destruir a cualquier costo a la disidencia, y en ese intento asumió lo peor de las tácticas de tortura e inteligencia.

Uno de esos días que le tocó cobrar un cheque fraudulento, todo resultó en una emboscada, ya que habían dado un pitazo para que el que lo cobrara fuera arrestado. Así, cuando corrían los 80s cayó preso por tercera vez, en medio de una cruzada por conseguir recursos para los movimientos de izquierda. Esta vez estuvo preso tres años hasta que lo indultó Lusinchi.

Guerrillero de a pie. Muchos años después comprendió que las armas y la violencia no son las formas para hacer revolución. “Esta debe hacerse a través de la palabra y de la persuasión”, reflexiona. Cree que en aquel tiempo pelaron bola, que no tenían que haberse ido a las montañas a pelear, porque simultáneamente los adecos aprovecharon para construir toda una estructura social –sindicatos, asociaciones de vecinos y seccionales de AD en todo el país- mientras la guerrilla peleaba con zancudos y dormía mal. Eso fue un error, considera, pues el comunismo debió haber organizado a las masas tal como hicieron los adecos. Había mucho comunista en aquel tiempo, y la ida a las montañas confundió a muchos. En principio se creía que el triunfo de la revolución cubana daba grandes esperanzas a la insurgencia armada, pero hoy El Muchacho Crisóstomo cavila sobre sus esperanzas rotas. El tiempo era ese, me cuenta, y fue desaprovechado.

Al final, en las montañas igual eran perseguidos y con el agravante de que monte adentro nadie se enteró nunca de nada.

Él fue útil para muchas cosas pero siente que a veces pasó desapercibido, invisible. Él fue lo que algunos llaman “un guerrillero de a pie”. Todos sabemos que la historia la cuentan los vencedores. Así, si este fuera el cuento de Fernando Soto Rojas, ex guerrillero y actual presidente de la Asamblea Nacional, seguro la historia fuera otra. Éste defendería los logros de la guerrilla y adjudicaría su actual éxito político a aquella lucha armada de tantos años. Pero esa es otra versión, la de una izquierda que hoy, para bien o para mal, gobierna, y con la que Rafael asegura no estar del todo de acuerdo. Él se asume como crítico de este gobierno.

Recién se aprobó, el 25 de noviembre, una Ley para sancionar los crímenes, desapariciones, torturas y otras violaciones a los Derechos Humanos por razones políticas en el periodo 1958-1998. Sin duda, una reivindicación ante la injusticia vivida por todas aquellas personas que sufrieron en carne viva las consecuencias de una democracia primitiva y excluyente del que pensara distinto.

Cuando era niño, recuerda que sus tías lo mandaban a seleccionar las caraotas y frijoles. Parece que allí empezó su pasión por la cocina. Años más tarde, ya en la guerrilla, cocinaba para sus compañeros en el monte, donde sólo contaba con dos ollas y una ponchera de plástico, pero eso sí, con navajas de todo tipo, desde portátiles hasta machetes. En la cárcel cocinó para una multitud en varias oportunidades. Hoy cocina en el cafetín de la UCV para la comunidad universitaria.