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Por: Erick Lezama

       Cuando llega su turno, Natielvi camina risueña al centro del escenario. No está nerviosa porque sólo es un ensayo y el auditorio está vacío. Toma el micrófono y para concentrarse fija su mirada en algún punto impreciso de la sala. Su sonrisa desaparece súbitamente cuando el director musical cuenta hasta tres y la batería estalla en una fiesta de sonidos. Luego de dos compases comienza a cantar “Junto a mi”, tema que escogió para representar a su escuela en el renglón Urbano del Festival dela Voz Humanista2011.

      No pensó en participar en el renglón tradicional porque, a su juicio, la música venezolana no permite mostrar todas sus cualidades vocales. “Es que ese joropo es como pa` viejo. Siento que eso no se parece a mi”, dice.  Natielvi creció en un pueblo de Tucupita, al nor-oriente del país. Recuerda que de pequeña tuvo que cantar joropo porque era lo que le enseñaban en las clases de música a las que asistía. Confiesa su preferencia por la música foránea: “Aunque he cantado `llaneritas´ de Scarlet Linares, lo mío es el pop”.

          Cinco minutos después termina su ensayo. Al bajarse de la tarima, vuelve a sonreír y su mirada deja de estar en un limbo indefinido. Dice que le gustaría estar identificada con la música venezolana. “Sería bueno que se bailara joropo en las fiestas, así como uno se tripea el  reggaeton o la salsa”.

        Natielvi siempre habla de la música venezolana refiriéndose únicamente a la que se hace en los llanos. No toma en cuenta las demás corrientes musicales tradicionales que tiene el país: no asocia la gaita, los aguinaldos o los calipsos con la música nacional.

         Mariana Bacalao, experta en el estudio de la OpiniónPública, dice que se trata de un fenómeno que caracteriza a la sociedad venezolana, donde hay una identidad nacional fragmentada. “En la colectividad se vincula la música venezolana exclusivamente con el joropo. La gente no sabe que ese es sólo uno de los muchos géneros tradicionales.  Como no les gusta y creen que es lo único que hay, la rechazan”, asegura. Cree además que es consecuencia de la falta de información cultural y artística. “Es lógico, nadie puede valorar algo que no conoce”, dice.

        El musicólogo Hugo Quintana dice que hay que reconocer la importancia del joropo en la cultura venezolana, pero que también es necesario masificar la idea de que el país es más rico musicalmente. “Es una visión simplificadora pensar que el joropo comprende la totalidad de la música venezolana”. Quintana difiere de Bacalao al considerar que la tendencia a pensar que el joropo es el único género musical que hay tiene que ver con la ubicación geográfica. “Para el zuliano su música es la gaita”, explica.  Dice que también ocurre que se conocen algunas canciones de otros géneros, pero que no se asocia directamente con la música venezolana.

El músico venezolano Aquiles Báez, dice que uno de los problemas del venezolano es que no conoce  la cultura de su país y por ello no se identifica con sus raíces. “En Colombia, Brasil o México, esta situación totalmente diferente, allá la gente sí valora y conoce su música”.

        La experiencia de Natielvi encaja con lo que dicen los expertos. Recuerda que cuando estudiaba primaria, en los actos culturales sólo se cantaba el alma llanera. “Ahorita uno lo que oye es reggaeton, y es como más bailable. Es que a uno no le inculcan la música venezolana ni en la casa ni en la escuela”.

       Todo parece indicar que la falta de conocimiento de la música tradicional es una responsabilidad compartida entre el Estado, los medios  de comunicación y la escuela.

    ¿En las leyes, en los medios o en el aula?

         A mediados del siglo pasado, en un esfuerzo por afianzar la identidad nacional, el entonces  presidente Marcos Pérez Jiménez decretó que la música nacional era el joropo. Por ello se le dio mucha difusión y se nacionalizó. En los años 80`, con el decreto del 1×1, se produjo un boom de música pop. En ese entonces se popularizaron cantantes como Ilan Chester,  Karina y Yordano. Báez destaca que a pesar de esas iniciativas nunca se difundió masivamente la música venezolana diferente a la llanera.

          Desde el 2005, con la entrada en vigencia de la Leyde Responsabilidad Social de Radio y Televisión, las emisoras de radio y canales de televisión quedaron obligados a transmitir contenidos culturales y educativos. El artículo 14 establece que al menos 50% de la música venezolana que se transmita debe ser tradicional, y deben incluirse géneros de las diversas zonas del país.

      Sin embargo, para Juan Carlos Ballesta, músico y editor de la Revista Ladosis, la legislación es débil. “Más allá de obligar a transmitir un contenido específico, lo que hace falta es un trabajo de formación cultural. Aquí se debería ver educación musical como se ve educación Artística o Historia de Venezuela”, dice. Considera que la ley ha sido contraproducente: “Como los dueños de medios no conocen la música venezolana, colocan únicamente joropo, y eso genera más rechazo en el colectivo”. Ballesta agrega que los medios de comunicación en general tienen una deuda con el país, porque no han creado espacios para la difusión de la cultura venezolana.

    El musicólogo Hugo Quintana asegura que es necesario que los productores de radio y televisión se actualicen, conozcan las nuevas propuestas que existen musicalmente y aprendan de todo el bagaje musical de tradición que tiene Venezuela.

     La promotora cultural Isabel Pérez y Aquiles Báez, concuerdan con la visión de Ballesta. Aseguran que no se puede imponer la cultura y la identidad, pues es algo que crea desde los primeros años de vida. Concuerdan en que es necesaria la unión entre los medios de comunicación, la escuela y el Estado, para logar que se conozca la cultura musical venezolana.

         Nuevas propuestas. La especialista Mariana Bacalao asegura que la única forma de que la situación cambie es que se den a conocer exponentes de la música venezolana que sean jóvenes, que hagan música que genere empatía, y exploten todos los géneros musicales del país.

           Actualmente la Fundación Bigott, a través de  agrupaciones como Pomarrosa y Vasallos del sol, trabajan en el sentido que sugiere Bacalao. Han dado a conocer la amplitud de la música venezolana, al interpretar géneros como sangueos, gaitas de tamboras, parrandas, aguinaldos, tambores, merengues,  joropos, etc.

         Asimismo, desde el año  2007, surgió la Movida Acústica Urbana, (MAU) una asociación de seis ensambles de música venezolana instrumental, cuya propuesta tiene elementos de otras corrientes musicales como el jazz. Lo conforman las agrupaciones C4 trío, enCayapa, los sinvergüenzas, Kapicúa, Nuevas Almas y Kamarata Jazz.

        Una propuesta similar a la de la MAUes Piso 1, agrupación conformada por solistas de varios grupos de música tradicional, que se unieron para mostrar una música venezolana tradicional más urbana.

         Estas iniciativas parecen indicar que el panorama es alentador. Sin embargo, la promotora cultural Isabel Pérez considera que es necesario que se logren masificar esos esfuerzos para que no sean percibidos como grupos elitescos.

        Marina Bravo, cantante de Piso 1 y de Pomarrosa, coincide con Pérez en la importancia de la masificación de las nuevas propuestas musicales tradicionales. Sin embargo asegura que es difícil. Su experiencia le dice que aún en la radio siguen prevaleciendo los intereses particulares, y en la televisión no hay programas para mostrar el trabajo que hace. “Yo no pude pagar `payola´  y por eso mi disco no sonó. Es así, uno no hace joropo, que es lo que la gente conoce. Es injusto que luego de que uno tiene que vender hasta el carro para hacer un CD tenga que pagar para estar en la radio”. Bravo, sin embargo, se muestra optimista: espera que todas las propuestas emergentes, que hacen la música venezolana más actual, puedan masificarse para que la gente comience a conocer la diversidad musical de Venezuela.

 

 

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Haití revisitado

Publicado: enero 20, 2012 en Crónicas
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Ruinas en Haití tras el terremoto de enero 2010

Más de un año ha pasado del terremoto que sacudió Haití y casi nada ha cambiado. Sus habitantes intentan salir adelante caminando entre fosas comunes, escombros, cólera y miseria. Esta crónica es una radiografía íntima de la cotidianidad que sobrevive después de que ese país fuera el centro de atención del mundo entero tras su tragedia. Es la versión revisitada que nos ofrece la cronista venezolana Maye Primera de un texto que publicó la revista Gatopardo en marzo pasado. 

POR MAYE PRIMERA  –  Foto Maye Primera

Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, en el instante mismo en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.

Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.

“Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de  un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la biblia, y si eso es verdad la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó aquel enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles, van las tap-tap: las pick up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos, donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo.  El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: ‘degajé’. Viven del ‘degajé’ los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego puedan vender en las aceras. Viven del ‘degajé’ las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime ‘para llevar’. ‘Degajé’ es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, que ya no existe, en el barrio de Carrefour Fieulle. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la Plaza Toussaint Loverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiler Saint Eloy está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen, a una hora  en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior deL boceto de Saint Eloy hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Preval (el ex Presidente de Haití) y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al Gobierno sólo les preocupa su interés personal.

Nicole Pierre se acerca para ver trabajar al artista. Se sienta en un bloque, sobre la enorme placa de cemento.

—Justo aquí debajo están mi Junette, mi Johanna, mi Edison, mi Marie Helenne.

Son su tía, sus primos, su cuñada, que murieron en el número 4 de la Rue Lamivalle del barrio Carrefour Feuille. Ella, de unos treinta años, cargó con los cuerpos para sepultarlos aquí, para que no quedaran perdidos en las fosas comunes Saint Christophe de Titanyen. Ahora al menos tiene una tumba donde dejar sus flores plásticas.

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Haití ya era esto.

Era el epicentro de la pobreza occidental cuando el 12 de enero de 2010 la golpeó un terremoto de 38 segundos y 7° grados de intensidad en la escala Richter. Más del sesenta por ciento de los niños nacían anémicos, como sus madres anémicas. Y en los seis primeros meses de vida, miles de esos niños sufrían de una desnutrición crónica que restringió de por vida su capacidad de moverse y aprender.

Haití ya era esta tierra arrasada, seca, semi-desértica. Sus bosques ya habían sido talados y quemados para la prosperidad de los empresarios del carbón. Puerto Príncipe, desde hacía mucho, había dejado de oler a mar: ya era esta capital opaca, hedionda a aguas negras por las mañanas, a leña por las tardes y a plástico quemado por las noches. Congestionada por los buses escolares gringos de segunda mano, nublada por el polvo y la basura que arde.

Los haitianos ya creían en el vudú: la amalgama sincrética que usaron los esclavos africanos durante todo el siglo XIX para adorar a sus dioses disfrazándoles con el rostro de los santos cristianos. Ya las dictaduras de Francois Duvalier y su hijo Jean Claude se habían servido del vuduismo para dominar, para pretenderse hougans: sacerdotes capaces de conceder la gracia de la vida a los benditos o de castigar con la muerte a quienes merecieran su maldición. Las milicias duvalieristas –los leopardos, lostonton-macoutes—ya habían asesinado y torturado a miles de haitianos que se opusieron al régimen, no con el vudú sino con sus pistolas y machetes.

Haití también había fracasado en su intento por superar la ocupación norteamericana, que dominó el país entre 1915 y 1934, y por construir un sistema de gobierno democrático tras décadas de mandatarios militares. El primer presidente electo en votaciones libres y universales, el pastor Jean-Bertrand Aristide, había sido expulsado del país por un golpe de Estado que lo envió al exilio en Suráfrica en febrero de 2004. Porque Aristide, con su milicia de ‘chimerés’, también construyó para sí un gobierno violento y personalista.

Haití ya era toda esta tragedia que Dominic, a sus cuarenta y cinco años, sabe contar en cuatro idiomas: creole, francés, inglés, español. Una lengua por cada episodio fatal de 2010: el terremoto que arrasó en enero, los huracanes de agosto, la epidemia de cólera que comenzó en octubre y el caos político después de las fallidas elecciones presidenciales de noviembre. Es la única forma de sobrevivir en este trozo de isla que ya era así, dice: conocer muchas lenguas y trabajar para los extranjeros que vienen a ocupar, a mirar o a ayudar. Los días trágicos en Haití son todos, pero los que Dominic añora son los días del terremoto: cuando perdió su casa, a uno que otro familiar lejano y el pie derecho de su esposa. Los extraña porque nunca, como entonces, volteó el mundo a mirarlos con tanta atención.

***

Cuando Stefano Zannini llegó a Puerto Príncipe para hacerse cargo de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras, en junio de 2009, había sólo tres ambulancias del gobierno en esta ciudad de tres millones de habitantes. En aquella época, anterior al terremoto, el presupuesto nacional de Haití ya dependía en un sesenta por ciento de las ayudas humanitarias de gobiernos y donantes extranjeros. Un tercio de la población, especialmente en zonas rurales, estaba obligada a caminar casi tres horas antes de llegar al ambulatorio médico más cercano. Una vez que llegaban, no encontraban doctores ni medicinas. Entonces, en enero de 2010, llegó el terremoto. Luego, en octubre, la epidemia de cólera que ya suma más de tres mil novecientas víctimas. Pero por las calles de Puerto Príncipe siguen circulando tres ambulancias del gobierno para más de tres millones de habitantes.

—Lo único que ha cambiado desde que llegué es que ahora hay más actores internacionales— dice Zannini.

Desde el momento en que la tierra se abrió brotaron de todas partes las organizaciones de samaritanos. De evangélicos. De electricistas. De cienciólogos. De almas bien intencionadas que prometían curar a los heridos con sólo posar energía sobre sus cabezas. De abogados que tramitan adopciones de niños huérfanos, y de los que no lo son, por doce mil dólares. Se dice que hay más de doce mil organizaciones no gubernamentales trabajando en Haití después del terremoto. Pero ni el (entonces) presidente René Préval sabe cuántas son en realidad o qué vinieron a hacer ni mucho menos cuándo se irán. Cientos de ellas habían llegado a la isla en la década de los ochenta, con el fin del duvalierismo, para hacer labor humanitaria y promover programas de desarrollo.

—¿Cuándo nos iremos? Es imposible predecirlo, depende del proceso de reconstrucción después del terremoto. Cuanto más rápido se haga, será más fácil para las ong dejar el país. ¿Pero cómo podemos pensar en irnos cuando la población es tan dependiente de las organizaciones internacionales? — dice Zannini.

Los nueve mil novecientos millones de dólares que sesenta países de todo el mundo prometieron invertir para reconstruir la isla en diez años llegan a Haití por cuentagotas. Los frena el papeleo de una burocracia lenta, de instituciones públicas desmanteladas por el mismo desastre que tratan de enfrentar. Alrededor del sesenta por ciento de las oficinas de Gobierno, incluyendo el Palacio Presidencial, se vinieron abajo con el seísmo. Aunque antes tampoco servían para mucho. Servicios fundamentales como la salud y la seguridad están en manos de las organizaciones no gubernamentales desde hace veinte años y de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), que llegó con sus agencias y sus cascos azules en 2004, tras la caída del Gobierno de Jean-Bertrand Aristide.

Lo que saben Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja Internacional y las grandes ong que trabajan en Haití, es que pocos billetes de los nueve mil novecientos millones de dólares se han movido de las cuentas bancarias de los donantes, que dicen que sólo soltarán los fondos cuando en Haití se configure un escenario político más saludable, cuando llegue a la Presidencia un nuevo Gobierno que rinda cuentas.

—Esto es algo demasiado cínico, muy lejano a los compromisos que los países adoptaron en Nueva York. Los haitianos necesitan escuelas, hospitales, casas, mejores condiciones higiénicas, y las necesitan ahora. No pueden esperar a que venga un nuevo gobierno — dice Zannini.

Por eso hoy, en Haití, todo está como estaba: las calles, las casas, los edificios derruídos. Porque el poco dinero que llega a través de las agencias de la ONU y de las ong se usa para la atención humanitaria y para la supervivencia: para pagar el agua, la comida y las medicinas de cerca del millón de personas que aún viven en los campamentos. No para mover escombros.

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Choupette tenía treinta y nueve años y estaba loca. “Fou á lier” (loca de atar), decían sus familiares. Así tuvo dos hijas, Beatrice de trece y Carinne de dieciséis. El 21 de noviembre de 2010, cuando Rusford Saint Loui, de la Dirección Departamental Sanitaria de L’Ouest, fue a recoger el cadáver de Choupette, se las escuchaba llorar, al otro lado del muro. Ella estaba vestida con harapos, sobre una sábana, en una de las casas de la avenida Magloire Ambroise, en el centro de Puerto Príncipe, que había resistido al terremoto.

“Ella no murió de cólera”, decía Charles Dieusel, el padre de Choupette, mientras esperaba que los recogedores de cuerpos vinieran a buscarla para llevársela quién sabe dónde. Dieusel, vestido de  guayabera verde manzana y zapatos negros impecables, explicaba a sus vecinos que su hija había muerto de una sobredosis de medicamentos: que había ido al hospital general, donde le aplicaron una inyección sospechosa, y que por la noche comenzó a tener un poco de diarrea. A eso de las tres de la madrugada, había dejado de respirar.

El cólera está asociado a la suciedad, a la falta de higiene. Es una bacteria que se aloja en aguas y en alimentos contaminados e infecta los intestinos humanos. En una de cada veinte personas la infección se vuelve enfermedad aguda: a ese uno se le entumecen las piernas y se deshidrata a fuerza de diarrea y vómitos. Y a nadie le gusta admitir que en casa hay problemas sanitarios. Ni siquiera a los damnificados que cada mañana se enjabonan, se frotan y se enjuagan en plena calle, para que todos vean cómo se mantiene limpio un cuerpo. Nadie quiere ser señalado de llevar la peste al vecindario, aunque  el vecindario esté rodeado por la peste de las cloacas, de los chiringuitos de comida ambulante y de los puestos que ofertan frutas y moscas.

La mayoría de los doscientos mil pacientes de cólera que se reportaron en Haití entre el 16 de octubre de 2010 y el 25 de enero de 2011 se enfermaron en los barrios marginales de Puerto Príncipe  y no en los campamentos de víctimas del terremoto. Desde hace un año, los damnificados beben del agua potable que envía gratis el Gobierno y si se contagian de cólera es por la contaminación de la comida o la pestilencia de las letrinas. En cambio, el agua llega a los barrios pobres de la ciudad a bordo de “La Sirene de L’aeu” o de la “Victoria da Vida” o de “Mon Bel Auge”. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques con agua de un pozo, a doscientos metros de profundidad, que está entre un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura en medio del barrio de Cité Soleil: el más grande y peligroso de Puerto Príncipe, donde los cascos azules patrullan armados de fusiles, encaramados en tanques de guerra.

El primer caso de cólera del que se tuvo noticia se reportó en el hospital de Saint Marc, a un par de horas de distancia la capital. En pocos días, la bacteria se extendió por toda la Petite Riviere de L’Artibonite: donde corre un río ancho, del que beben todos los pueblos cercanos. Dicen que fueron los soldados nepaleses de Naciones Unidas los que contaminaron con mierda el río. Dicen que fue una empresa relacionada con la esposa de René Préval la que lanzó la mierda al río. Dicen que fueron unos brujos los que echaron unos polvos para provocar el cólera en el río. Como quiera que haya sido, sólo cuatro semanas después de la aparición del primer caso ya habían muerto trescientas personas y otras veinte mil estaban contagiadas, ya no sólo en Saint Marc: también en Puerto Príncipe  y en Gonaives, Cabo Haitiano y Port de Paix, al norte de la isla.

Rusford Saint Loui es el jefe del grupo de tres hombres que se encarga de recoger a los muertos de cólera de todo Puerto Príncipe: tres desempleados que el gobierno reclutó y entrenó en una semana.

—René Préval me llamó personalmente para decirme que me entregará las llaves de diez camiones como éstos para hacer la faena —decía en noviembre del año pasado.

El 21 de ese mes, cuando fue a buscar el cadáver de Choupette, la promesa de Préval no se había cumplido y Rusford seguía recogiendo los cuerpos –unos treinta y seis por día- en la tap-tap número 218 escoltada por un convoy de apoyo, una ambulancia que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados de fusiles.

En los primeros días de trabajo, la caravana fue recibida a pedradas en el barrio de Martissans: la gente, enfurecida, creyó en el camión había llegado para traer cuerpos infectados al barrio y no para llevárselos. Por eso las autoridades sanitarias enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: “Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía”.

El cólera le robó los funerales a muchos. Todos son un bulto que viaja apilado en la cabina de la tap-tap. Un bulto plástico, bañado en agua clorada, que salta en cada bache de la carretera. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen.

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Joan tiene once años y es un pecador. Iba camino a casa al terminar la escuela, el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, cuando Dios, enfurecido, derrumbó un muro de concreto sobre su pierna izquierda. Al día siguiente, le cortaron el colgajo que quedaba en el Hospital Fontana, él despierto. Al día siguiente, le enviaron a casa con la tibia expuesta y sin receta para el dolor. Los médicos de una de las doce mil organizaciones no gubernamentales que operan en Haití encontraron a Joan entre las tiendas de campañas del barrio Cité Soleil, una semana después. Ya ni gritaba. Tenía el gesto hecho piedra. Cortaron de nuevo y moldearon, una cuarta por debajo de la rodilla, el muñón sobre el que Davor Krcelic construye el perdón de los pecados de Joan.

—En Haití existe la creencia de que si alguien pierde una pierna o un brazo ha sido como un castigo de Dios. Así todos puedan ver por la calle que allí va un pecador.

Dieciséis años atrás, Davor Krcelic ganaba buen dinero como fabricante de prótesis cuando la tercera guerra de los Balcanes llegó a Novisat, su pueblo, al norte de Serbia y en la frontera con Hungría. Entonces, huyó a República Dominicana. Entonces, llegó a Haití.

Sólo en esta clínica del bulevar Toussaint Loverture de Puerto Príncipe se practican seis o siete amputaciones al día. Con días peores que otros, ha sido así a lo largo del último año. Porque Dios no sólo castiga con el terremoto: castiga con la gangrena y luego, en la mutilación. Para correr la voz de su advenimiento, Davor, el protesista, ofrece 50 gourdes (poco más de un dólar) a cada chico que encuentre a algún mutilado en la calle y lo traiga a su consulta.

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El país que a René Preval le hubiese gustado legar brilla como una postal de Miami Beach. En ese país, los chicos pasean en Vespas y no en motos chinas que se deshacen en nubes negras de humo. Las familias viven en apartamentos de cincuenta metros cuadrados y no en tiendas de campaña-regalo-de-la-comunidad-internacional, donde sólo cabe un colchón en el que duermen seis. Los niños no son negros sino mulatos, sí van a la escuela, sí lucen saludables y no están condenados de por vida a las secuelas de la desnutrición. Pero en el país de miserias que administraba Préval, las únicas luces que permanecen encendidas en el miércoles 12 de enero de 2011, a las 6:00 de la tarde, son las que alumbran sus proyectos de papel para la reconstrucción de Haití, dibujados en computador y colgados como carteles sobre una de las cercas que protege las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. El resto es oscuridad.

El mandato del presidente Préval terminaba legalmente el 7 de febrero de 2011, pero podría continuar en el poder un par de meses más. El habría querido dejarle este país a su yerno, el candidato a la Presidencia por el partido oficialista Inité, Jude Celestin,  para seguir gobernando con él y a través de él. Y estuvo cerca. El Consejo Electoral Provisional de Haití declaró a Celestin como uno de los dos ganadores de la primera vuelta electoral que se realizó el 28 de noviembre de 2010. Pero hasta la Organización de Estados Americanos denunció el fraude e impugnó los resultados. De acuerdo a los escrutinios de la OEA, la profesora y ex primera dama, Mirlande Manigat, y el cantante de kompa, Michel Martelly, deben ser quienes se enfrenten en la segunda vuelta electoral que debería realizarse en marzo de 2011. (Fue finalmente Michel Martelly quien resultó electo y asumió la presidencia desde el 14 de mayo de 2011).

Lo que ocurrió el 28 de noviembre de 2010 ni siquiera merece llamarse “elección”, dice Susy Castor,  historiadora y directora del Centro de Investigación y Formación Económica y Social por el Desarrollo de Haití. Fue un proceso lleno de fallas que debería ser anulado por la paz futura de Haití.

—En vista de la situación de Haití, cualquier autoridad que suba al poder sin legitimidad se convertirá en una fuente de conflicto y no en una solución. Ahora todo el mundo trata de tomar distancias, pero es evidente que la Minustah y la OEA tienen una fuerte responsabilidad en lo que pasó. El Gobierno haitiano no da un paso sin contar antes con su consentimiento.

El mundo ha prometido que cuando la crisis política al fin se resuelva, su dinero al fin llegará a los haitianos, pero de la cifra global de las donaciones falta deducir el costo de la intervención militar de cada uno de los países que envió tropas a Haití después del terremoto. También falta restar la deuda externa que varios de estos países aceptaron condonar después de las sucesivas tragedias. Sería algo así como lo que ocurrió en Afganistán y en Irak y en otras intervenciones post-emergencia que ha coordinado Naciones Unidas alrededor del mundo.

Muchos de los billetes que queden después de esta ecuación ya tienen de antemano nombre y apellido. En el caso del dinero donado por los Estados Unidos, la agencia USAID (United States Agency for Internacional Development, por sus siglas en inglés)  decide en cuáles proyectos se invertirán sus aportes y cuáles deben ser las características de las empresas que se contraten para realizar los trabajos. Las compañías favoritas de las agencias de cooperación de cada país son las que pertenecen a sus connacionales.

Mientras tanto, Fritz Polidor se pasa la tarde del 12 de enero de 2011 mirando el futuro a través de los barrotes del Palacio Nacional. Es sargento retirado del ejército, tiene casa, y a los cincuenta y tres años lleva el luto de un hijo adolescente muerto.

—No sé si todo eso que está en los carteles va a hacerse realidad. Lo que sé es que si depende de los gobernantes haitianos, nunca va a ocurrir. Todo ese trabajo sólo lo haría un gobierno extranjero.

Cuando lo dice,  suena al fondo el cornetín de los guardias del palacio, que van arriando la bandera haitiana, izada a media asta durante el 12 de enero de 2011.

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Puerto Príncipe es más cara después del terremoto. El precio de los alquileres ha aumentado hasta una tercera parte. Si Milton pagaba ochenta mil gourdes (dos mil dólares americanos) por la renta de una casa de un cuarto, sala y cocina, ahora quieren cobrarle ciento veinte mil. Milton no tiene opción porque no hay demasiada oferta inmobiliaria para que los haitianos puedan elegir. En cambio, para los voluntarios de las ong hay residencias de todos los tamaños.

—Si ya era difícil para los haitianos conseguir una casa en Puerto Príncipe, ahora lo es más. Mucha gente de clase media ha preferido mudarse a un lugar más pequeño para alquilar sus casas a los voluntarios de las ong y cobrar una renta fija en dólares—dice Alain Gilles, vicerrector de asuntos académicos de la Universidad Quisqueya.

El desembarco de las ong, con sus viáticos en dólares, ha distorsionado aún más la economía de la isla, dependiente de las ayudas internacionales y de las remesas del extranjero. La inflación se ha disparado y ante la perspectiva de obtener comida y agua gratis, los desempleados de las clases más empobrecidas no hacen mayores esfuerzos por buscar un trabajo fijo.

Las pocas familias ricas de Haití lo son cada vez más. Su prosperidad depende de establecer contratos con el Gobierno y con las ong, para importar alimentos o coches, sobre todo. El sector bancario vive de los depósitos del Estado, que obtiene sus dólares de las ayudas internacionales, y de las remesas del extranjero. En cada esquina de Puerto Príncipe hay una oficina de Western Union o de Money Gram que también hace llegar a las familias ese dinero fresco.

Los restaurantes caros del barrio rico de Petion-Ville están a reventar cada noche. Sirven salmón en salsas de eneldo, filetes a la pimienta verde, bisque de frutos de mar, langostas grilladas, escargots al ajillo a precios de restaurantes neoyorquinos. Afuera, los valet parkings cuidan las patrullas con el logo de Naciones Unidas y placas diplomáticas de los comensales.

Cada vez más policías de la ONU están interesados en aprender a bailar salsa para ir a mostrar sus pasos en las pistas de baile del Quartier Latin, del bar Jet-Set, del latin-dancing-club Almendra de Petion-Ville. Con los dólares que ha ganado en el último año, Daniel Fombrun –cincuentón, dueño de los apartamentos Tropical donde se alojan policías de al menos cinco países— construyó una terraza en la que tres veces por semanas hay lecciones privadas de baile.

“Un, deux, trois…back…flip-flap”, le indica en francés el maestro haitiano a sus discípulos turcos, franceses, croatas. Terminada la clase, se lavan el sudor con un baño, visten de nuevo el uniforme y la nueve milímetros, y se despiden.

***

Haití, contra todo pronóstico, sigue creciendo. Durante el año siguiente al terremoto del 12 de enero de 2010, la tasa anual de embarazos se ha triplicado en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, de acuerdo a las cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Las parturientas que no gritan en el Hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan plegarias a Dios, cantan kompa. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos de la maternidad. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay la sala de partos. Con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando una tap-tap para volver a casa.

La maternidad está a reventar y ellas también. Hay mujeres en trabajo de parto, sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Mujeres en los  pasillos, echadas en el piso, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. Los corredores huelen a una mezcla de cebo, sangre, cloro y alcohol. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación: cuando el niño está por nacer.

Desde noviembre de 2010 funciona en el patio de la maternidad un centro para el tratamiento del cólera que dirige Médicos Sin Fronteras. Ese fue el mes más crítico en esta área del hospital. El día 22, diez mujeres con cólera estaban recluidas, conectadas a bolsas de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas perdieron a sus bebés. Felipe Rojas López –chileno, de veintisiete años- es uno de los médicos que desde aquella fecha y hasta ahora las atiende.

—Las embarazadas llegaban acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el feto era precario. La mayoría de los bebés morían en el útero y había que sacarlos—explica Rojas.

Cerca de dos tercios de estos embarazos son no deseados. Y en el uno por ciento de los casos ha habido violencia sexual en el momento de la concepción, dice Igor Bosc, representante de la UNFPA en Haití. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Solo en los primeros ciento cincuenta días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de doscientos cincuenta casos de violación, la mayor parte de niñas.

Las pacientes del hospital Isaïe Jeanty  se registran con las direcciones que ya no existen, las de sus casas que se desplomaron durante el terremoto. Muchas lo hacen porque les avergüenza decir que viven hacinadas en una tienda de campaña. Otras, porque de antemano han tenido la intención de abandonar a sus hijos en la  maternidad.

En enero pasado había cinco chicos abandonados en la maternidad, esperando a ser recogidos por la Dirección de Bienestar Social. Como Mivier Normil, que pesó 1,6 kilos al nacer, el 7 de enero a las 6:33 de la mañana, y era demasiado flaco, demasiado débil como para que Ilania Normil –su madre de veinticuatro años- se lo llevara a casa. Que lo buscaba después, dijo ella. Dejó un número de teléfono en el que una máquina dice “esta línea está fuera de servicio” cada vez que las enfermeras llaman.

Andrea Blanco – Caracas, diciembre 2011

Le entregaban un saquito de metras para jugar con otros niños frente a la casa y para que al mínimo indicio de la camioneta negra Apache gritara de inmediato: “Coleo, coleo, coleo”, para avisar sobre su presencia. Otra táctica consistía en volar un papagayo, cortar el guaral si se acercaban los esbirros y gritar a todo pulmón: “Se dio a la hila, se dio a la hila”. De esta manera, a los 8 años, avisaba a comunistas reunidos clandestinamente si la Seguridad Nacional estaba rondando. Con una madre y un abuelo comunista, Rafael no pudo haber salido de otra manera. Mala conducta desde el principio. Comunista y guerrillero.

Por 1952, a los 10 años, le encomendaron la distribución de un paquete de propaganda subversiva contra Marcos Pérez Jiménez y cuando empezó a entregarla llegaron dos esbirros de seguridad y lo detuvieron. Allí le dieron bastantes correazos y lo castigaron. Esta fue su primera experiencia de tortura.

En 1995 le otorgaron la concesión del cafetín de FACES en la UCV y hoy en esa misma cocina, mientras preparamos canapés, me cuenta su historia y se percibe cierta indignación en su voz cuando me relata cómo a causa de su rebeldía, sus tías adecas, María e Isabel, lo entregaron al Consejo Nacional de Niño cuando tenía 10 años. Ahí lo metieron en un internado hasta que en secundaria inició sus estudios para sargento técnico de aviación por una orden recibida directamente del Frente Guerrillero Libertador, ubicado en Humocaro Alto, en las montañas entre Falcón y Lara, y dirigido por Argimiro Gabaldón.

Cuando entró en la guerrilla iba a cumplir 15 años. Se puso en contacto con el grupo armado por medio de su abuelo, un profesor llamado Jesús María Pacheco que pertenecía al Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y otros profesores de apellidos Chávez, García y León que eran del Partido Comunista (PCV).

¾¿A ti te gustaría aprender a manejar armas?, le preguntaron ellos.

¾Claro. A mi me gustaría aprender todo, respondió Rafael.

Para oficializar su ingreso, lo mandaron a buscar a un tipo de apellido Betancourt en una bodeguita que quedaba frente al cerro La Locha, allá entre Lara y Falcón. Le habían pedido que llevara uniformes, botas y unos tres M1, que son unos fusiles de tiro fijo a 150 metros y el los llevó dispuesto.

Como era demasiado joven en la guerrilla, lo que más hacía era llevar cosas que hurtaba de la Escuela de Aviación. Más adelante, le empezaron a dar tareas como captar y llevar gente y municiones. Militares involucrados conseguían las mercancías que luego serían transportadas por él en una Chevrolet Apache vieja que camuflajeaban para que pareciera de una tintorería. Unos vestidos de comunión y unos fluxes viejos y descoloridos les servían para pasar las alcabalas desapercibidos.

Una democracia incipiente. Pocas veces en la historia ha habido un consenso político tan generalizado como el que se oponía a la dictadura a fines de 1957, en el que todos los partidos políticos, comunistas y demócratas, tenían el mismo objetivo. Tras la caída de Pérez Jiménez en 1958, Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, desconoció a los comunistas, los intentó desaparecer. Parece ser que la cosa venía de antes, pues desde el exilio ordenaba a los adecos que no se juntaran con comunistas.

Así, esa democracia incipiente nacida el 23 de enero, continuó la persecución de la disidencia ahora conformada sólo por los comunistas. En Venezuela era un secreto a voces que perseguían y torturaban a los que pensaban distinto, ahora no a través de Pedro Estrada y la Seguridad Nacional, sino de la Digepol y más adelante de la Disip tras su fundación en 1969 en el primer gobierno de Caldera. En este contexto surgen las guerrillas en los 60s, que se radican en las montañas de Lara, Falcón, Miranda en los llanos de Apure y en los montes orientales entre Sucre, Monagas y Anzoátegui.

Cuando cayó preso por segunda vez, a principio de los 70s, fue a causa de que recibió dos tiros de ametralladora, uno en cada pierna a la altura de las rodillas. Entonces no pudo correr más y lo cogieron preso por allá entre San Casimiro y Pardillal, entre Aragua y Guárico, por donde quedaba uno de los caminos para llegar al cerro El Bachiller, sitio de concentración de la guerrilla del centro. Hubo una delación. En medio de esa misión de logística interrumpida murieron varios y Rafael prefirió que sus compañeros continuaran sin él, pues su peso los retrasaba. Esto le costó que lo llevaran a los calabozos de la  Disip y estar en prisión once largos años.

“Allí me torturaron como tú no te imaginas”. Lo golpearon hasta sangrar, le aplicaron electricidad, le introdujeron bolígrafos en las heridas de bala ejerciendo presión, lo sofocaron con una bolsa y echaron amoníaco, colocaron una almohada como barrera – para que no quedaran marcas- y le pegaron con un bate. Agarrado por las dos manos Rafael era su piñata. Se desmayaba del dolor, se le iban los tiempos, pero él no tenía nada que decir.

Las torturas duraron tres días porque hubo un hombre llamado Eugenio Luna que denunció la situación. Los disip querían saber quien más estaba involucrado, qué hacía él por la zona, quienes eran sus jefes, cuáles eran sus coordenadas. Gracias a las enseñanzas de su abuelo y a su temple, Rafael se supo comportar siempre. Sus compañeros lo respetaban por eso, porque él nunca delató a nadie. Ni frente a los esbirros, ni a los digepoles, ni a los disip. Después de 24 horas se modificaba cualquier campamento o concha, si agarraban a uno de los del grupo. Entonces ellos tenían que aguantar ese periodo sin hablar.

Su expediente ahora dice que estaba cazando iguanas ilegalmente y así se quedó.

El Muchacho Crisóstomo: “Esto es un atraco en nombre de la revolución”. Su abuelo le enseñó cosas que practicó por el resto de su vida. A no ser delator, a cuidarse, a siempre mirar hacia atrás y que “lo que es bueno para el patrón, es malo para el trabajador”. Describe a su abuelo como un hombre perspicaz, íntegro y muy inteligente. “Me enseñó todos los trucos de la vida”.

Dentro de la guerrilla no era frecuente que alguien diera su nombre, se conocían sobre todo por apodos y Rafael era llamado “El muchacho Crisóstomo”, tal como lo mandaba a llamar su abuelo cuando lo visitaba clandestinamente en el internado.

En la montaña todo era distinto. El tiempo pasaba lento y mandaba el que conocía la tierra. “Los militares en el monte eran unos gafos y la guerrilla no los mató nunca porque no les dio la gana”. Ellos no sabían moverse, caminaban por los canales que quedaban tras la crecida de los ríos o por las brechas que los rebeldes les abrían para dirigir su ruta.

En las poblaciones, él y sus compañeros se hacían pasar por adecos o copeyanos –de acuerdo al gobierno de turno- y con sus respectivas camisas o chapas del partido iban por ahí haciendo alboroto y hablando mal del gobierno. Por su parte, los paramilitares atacaban los pueblos disfrazados de guerrilleros, pero el campesino es muy inteligente y sabía cuando se trataba, y cuando no, de los rebeldes.  Una de las metas de la guerrilla era captar gente y por ello fueron solidarios con los campesinos de los pueblos cercanos a sus asentamientos. Así, los doctores dentro de la guerrilla servían a los enfermos de amibiasis, fiebre o diarrea, colaboraban con medicinas y si se habían robado una res en la faena, por supuesto que la compartían.

“Éramos unos delincuentes”. En la ciudad el propósito era otro. En nombre de la izquierda atracaban bancos, hacían estafas con cheques falsos, robaban municiones y alimentos, cobraban bonos de la deuda hurtados, pero no había otra manera de conseguir recursos. Él no fue un hijo santito en la lucha contra el sistema. Pero la respuesta de esa democracia incipiente, propuesta y luego impuesta, fue mucho peor, trataba de destruir a cualquier costo a la disidencia, y en ese intento asumió lo peor de las tácticas de tortura e inteligencia.

Uno de esos días que le tocó cobrar un cheque fraudulento, todo resultó en una emboscada, ya que habían dado un pitazo para que el que lo cobrara fuera arrestado. Así, cuando corrían los 80s cayó preso por tercera vez, en medio de una cruzada por conseguir recursos para los movimientos de izquierda. Esta vez estuvo preso tres años hasta que lo indultó Lusinchi.

Guerrillero de a pie. Muchos años después comprendió que las armas y la violencia no son las formas para hacer revolución. “Esta debe hacerse a través de la palabra y de la persuasión”, reflexiona. Cree que en aquel tiempo pelaron bola, que no tenían que haberse ido a las montañas a pelear, porque simultáneamente los adecos aprovecharon para construir toda una estructura social –sindicatos, asociaciones de vecinos y seccionales de AD en todo el país- mientras la guerrilla peleaba con zancudos y dormía mal. Eso fue un error, considera, pues el comunismo debió haber organizado a las masas tal como hicieron los adecos. Había mucho comunista en aquel tiempo, y la ida a las montañas confundió a muchos. En principio se creía que el triunfo de la revolución cubana daba grandes esperanzas a la insurgencia armada, pero hoy El Muchacho Crisóstomo cavila sobre sus esperanzas rotas. El tiempo era ese, me cuenta, y fue desaprovechado.

Al final, en las montañas igual eran perseguidos y con el agravante de que monte adentro nadie se enteró nunca de nada.

Él fue útil para muchas cosas pero siente que a veces pasó desapercibido, invisible. Él fue lo que algunos llaman “un guerrillero de a pie”. Todos sabemos que la historia la cuentan los vencedores. Así, si este fuera el cuento de Fernando Soto Rojas, ex guerrillero y actual presidente de la Asamblea Nacional, seguro la historia fuera otra. Éste defendería los logros de la guerrilla y adjudicaría su actual éxito político a aquella lucha armada de tantos años. Pero esa es otra versión, la de una izquierda que hoy, para bien o para mal, gobierna, y con la que Rafael asegura no estar del todo de acuerdo. Él se asume como crítico de este gobierno.

Recién se aprobó, el 25 de noviembre, una Ley para sancionar los crímenes, desapariciones, torturas y otras violaciones a los Derechos Humanos por razones políticas en el periodo 1958-1998. Sin duda, una reivindicación ante la injusticia vivida por todas aquellas personas que sufrieron en carne viva las consecuencias de una democracia primitiva y excluyente del que pensara distinto.

Cuando era niño, recuerda que sus tías lo mandaban a seleccionar las caraotas y frijoles. Parece que allí empezó su pasión por la cocina. Años más tarde, ya en la guerrilla, cocinaba para sus compañeros en el monte, donde sólo contaba con dos ollas y una ponchera de plástico, pero eso sí, con navajas de todo tipo, desde portátiles hasta machetes. En la cárcel cocinó para una multitud en varias oportunidades. Hoy cocina en el cafetín de la UCV para la comunidad universitaria.

Gabriel García Márquez – Publicada en la revista Cambio, Colombia 2009

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó con razones tan confiables, que el Presidente no fue al palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamiento militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la resposabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel, hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios, como no pocos enemigos, han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la idea de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento dura en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novilista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jimenez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo, como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquier cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantilla eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo le reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Ángel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la acadamia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militates ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo-leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. “¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos va a darle un golpe?” Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fijate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”.

Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborozada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómula Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como le decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de su sobrevivientes. Desde entonces, lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

¿Para qué estoy yo aquí?

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y un capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podrían ser falsos. La discusión se prologó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo: “Yo estaba casi ya rendido -me dijo Chávez- pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se me ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército y éste que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?” El capitán conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cervezas de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela” dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que se torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia -contó Chávez- pero sólo me mantuvieron un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patrio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en sus brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente”… le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A esta altura, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintritrés años, con un nombre evidente: Ejército Bolivariano del Pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?” le pregunté. Muy sencillo, me dijo: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982, cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Angel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos: “Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante, Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firme a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que diera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Qué eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Avelino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaron al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente se rió con malicia, y reveló con una sonrisa: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

El Caracazo

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir -concluyó Chávez- que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave: “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto al coronel: ¿Para dónde van todos estos soldados? Porque sacaban los de logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí estamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron? Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar la vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel usted imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno Chávez, es una orden y no hay nada que hacer. Que sea lo que Dios quiera”.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían calles a balas, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El Presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Gabriel García Márquez – incluida en Cuando era feliz e indocumentado, 1973.

Después de escuchar el boletín radial de las 7 de la mañana, Samuel Burkart, un ingeniero alemán que vivía solo en un pent-house de la avenida Caracas, en San Bernardino, fue al abasto de la esquina a comprar una botella de agua mineral para afeitarse. Era el 6 de junio de 1958. Al contrario de lo que ocurría siempre desde cuando Samuel Burkart llegó a Caracas, 10 años antes, aquella mañana de lunes parecía mortalmente tranquila. De la cercana avenida Urdaneta no llegaba el ruido de los automóviles ni el estampido de las motonetas. Caracas parecía una ciudad fantasma. El calor abrasante de los últimos días había cedido un poco, pero en el cielo alto, de un azul denso, no se movía una sola nube. En los jardines de las quintas, en el islote de la Plaza de la Estrella, los arbustos estaban muertos. Los árboles de las avenidas, de ordinario cubiertos de flores rojas y amarillas en esa época del año, extendían hacia el cielo sus ramazones peladas.

Samuel Burkart tuvo que hacer cola en el abasto para ser atendido por los dos comerciantes portugueses que hablaban con la clientela de un mismo tema, el tema único de los últimos cuarenta días que esa mañana había estallado en la radio y en los periódicos como una explosión dramática: el agua se había agotado en Caracas. La noche anterior se habían anunciado las drásticas restricciones impuestas por el INOS a los últimos 100.000 metros cúbicos almacenados en el dique de La Mariposa. A partir de esa mañana, como consecuencia del verano más intenso que había padecido Caracas después de 79 años, había sido suspendido el suministro de agua. Las últimas reservas se destinaban a los servicios estrictamente esenciales. El gobierno estaba tomando desde hacía 24 horas disposiciones de extrema urgencia para evitar que la población pereciera víctima de la sed. Para garantizar el orden público se habían tomado medidas de emergencia que las brigadas cívicas constituidas por estudiantes y profesionales se encargarían de hacer cumplir.

Las ediciones de los periódicos reducidas a cuatro páginas, estaban destinadas a divulgar las instrucciones oficiales a la población civil sobre la manera como debía proceder para superar la crisis y evitar el pánico.

A Burkart no se le había ocurrido una cosa: sus vecinos tuvieron que preparar el café con agua mineral, le anunció que la venta de jugos de frutas y gaseosas estaba racionada por orden de las autoridades. Cada cliente tenía derecho a una cuota límite de una lata de jugo de fruta y una gaseosa por día, hasta nueva orden. Burkart compró una lata de jugo de naranja y se decidió por una botella de limonada para afeitarse. Sólo cuando fue a hacerlo descubrió que la limonada corta el jabón y no produce espuma. De manera que declaró definitivamente el estado de emergencia y se afeitó con jugo de duraznos.

Primer anuncio de cataclismo: Una señora riega el jardín

Con su cerebro alemán perfectamente cuadriculado y sus experiencias de guerra, Samuel Burkart sabía calcular con la debida anticipación el alcance de una noticia. Eso era lo que había hecho, tres meses antes, exactamente el 26 de marzo, cuando leyó en un periódico la siguiente información: “En La Mariposa sólo queda agua para 16 días”.

La capacidad normal del dique de La Mariposa, que surte de agua a Caracas es de 9.500.000 metros cúbicos. En esa fecha a pesar de las reiteradas recomendaciones del INOS para que se economizara el agua, las reservas estaban reducidas a 5.221.854 metros cúbicos. Un meteorólogo declaró a la prensa, en una entrevista no oficial que no llovería antes de junio. Pocas semanas después el suministro de agua se redujo a una cuota que era ya inquietante, a pesar de que la población no le dio la debida importancia: 130.000 metros cúbicos diarios.

Al dirigirse a su trabajo, Samuel Burkart saludaba a una vecina que se sentaba en su jardín desde las 8 de la mañana a regar la hierba. En cierta ocasión le habló de la necesidad de economizar agua. Ella, embutida en una bata de seda con flores rojas, se encogió de hombros. “Son mentiras de los periódicos para meter miedo —replicó—. Mientras haya agua yo regaré mis flores.” El alemán pensó que debía dar cuenta a la policía, como lo hubiera hecho en su país, pero no se atrevió porque pensaba que la mentalidad de los venezolanos era completamente distinta de la suya. A él también le había llamado la atención que las monedas en Venezuela son las únicas que no tienen escrito su valor y pensaba que aquello podía obedecer a una lógica inaccesible para un alemán. Se convenció de eso cuando advirtió que algunas fuentes públicas, aunque no las más importantes, seguían funcionando cuando los periódicos anunciaron, en abril, que las reservas de agua descendían a razón de 150.000 metros cúbicos cada 24 horas. Una semana después se anunció que se estaban produciendo chaparrones artificiales en las cabeceras del Tuy —la fuente vital de Caracas— y que eso había ocasionado un cierto optimismo en las autoridades. Pero a fines de abril no había llovido. Los barrios pobres quedaron sin agua. En los barrios residenciales se restringió el agua a una hora por día. En su oficina, como no tenía nada que hacer, Samuel Burkart utilizó su regla de cálculo para descubrir que si las cosas seguían como hasta entonces habría agua hasta el 22 de mayo. Se equivocó, tal vez por un error en los datos publicados en los periódicos. A fines de mayo el agua seguía restringida, pero algunas amas de casa insistían en regar sus matas. Incluso en un jardín, escondido entre los arbustos, vio una fuente minúscula, abierta durante la hora en que se suministraba el agua. En el mismo edificio donde él vivía, una señora se vanagloriaba de no haber prescindido de su baño diario en ningún momento. Todas las mañanas recogía agua en todos los recipientes disponibles. Ahora, intempestivamente, a pesar de que había sido anunciada con la debida anticipación, la noticia estallaba a todo lo ancho de los periódicos. Las reservas de La Mariposa alcanzaban para 24 horas. Burkart que tenía el complejo de la afeitada diaria, no pudo lavarse ni siquiera los dientes. Se dirigió a la oficina, pensando que tal vez en ningún momento de la guerra, ni aun cuando participó en la retirada del Africa Korp, en pleno desierto, se había sentido de tal modo amenazado por la sed.

En las calles, las ratas mueren de sed. El gobierno pide serenidad

Por primera vez en 10 años, Burkart se dirigió a pie a su oficina, situada a pocos pasos del Ministerio de Comunicaciones. No se atrevió a utilizar su automóvil por temor a que se recalentara. No todos los habitantes de Caracas fueron tan precavidos. En la primera bomba de gasolina que encontró había una cola de automóviles y un grupo de conductores vociferantes, discutiendo con el propietario. Habían llenado sus tanques de gasolina con la esperanza que se les suministrara agua como en los tiempos normales. Pero no había nada que hacer. Sencillamente no había agua para los automóviles. La avenida Urdaneta estaba desconocida: no más de 10 vehículos a las 9 de la mañana. En el centro de la calle, había unos automóviles recalentados, abandonados por los propietarios. Los bares y restaurantes no abrieron sus puertas. Colgaron un letrero en las cortinas metálicas: “Cerrado por falta de agua”. Esa mañana se había anunciado que los autobuses prestarían un servicio regular en las horas de mayor congestión. En los paraderos, las colas tenían varias cuadras desde las 7 de la mañana. El resto de la avenida un aspecto normal, con sus aceras, pero en los edificios no se trabajaba: todo el mundo estaba en las ventanas. Burkart preguntó a un compañero de oficina, venezolano, qué hacía toda la gente en las ventanas, y él le respondió:

—Están viendo la falta de agua.

A las 12, el calor se desplomó sobre Caracas. Sólo entonces empezó la inquietud. Durante toda la mañana, camiones del INOS con capacidad hasta para 20.000 litros repartieron agua en los barrios residenciales. Con el acondicionamiento de los camiones cisternas de las companías petroleras, se dispuso de 300 vehículos para transportar agua hasta la capital. Cada uno de ellos, según cálculos oficiales, podía hacer hasta 7 viajes al día. Pero un inconveniente imprevisto obstaculizó los proyectos: las vías de acceso se congestionaron desde las 10 de la mañana. La población sedienta, especialmente en los barrios pobres, se precipitó sobre los vehículos cisternas y fue preciso la intervención de la fuerza pública para restablecer el orden. Los habitantes de los cerros, desesperados, seguros de que los camiones de abastecimiento no podían llegar hasta sus casas, descendieron en busca de agua. Las camionetas de las brigadas universitarias, provistas de altoparlantes, lograron evitar el agua. A las 12.30 el Presidente de la Junta de Gobierno, a través de la Radio Nacional, la única cuyos programas no habían sido limitados, pidió serenidad a la población, en un discurso de 4 minutos. En seguida, en intervenciones muy breves, hablaron los dirigentes políticos, un representante del Frente Universitario y el Presidente de la Junta Patriótica. Burkart, que había presenciado la revolución popular contra Pérez Jiménez, cinco meses antes, tenía una experiencia: el pueblo de Caracas es notablemente disciplinado. Sobre todo, es muy sensible a las campañas coordinadas de radio, prensa, televisión y volantes. No le cabía la menor duda de que ese pueblo sabría responder también a aquella emergencia. Por eso lo único que le preocupaba en ese momento era su sed. Descendió por las escaleras del viejo edificio donde estaba situada su oficina y en el descanso encontró una rata muerta. No le dio ninguna importancia. Pero esa tarde cuando subió al balcón de su casa a tomar fresco después de haber consumido un litro de agua que le suministró el camión cisterna que pasó por su casa a las 2, vio un tumulto en la Plaza de la Estrella. Los curiosos asistían a un espectáculo terrible: de todas las casas, salían animales enloquecidos por la sed. Gatos, perros, ratones, salían a la calle en busca de alivio para sus gargantas resecas. Esa noche a las 10, se impuso el toque de queda. En el silencio de la noche ardiente sólo se escuchaba el ruido de los camiones del aseo, prestando un servicio extraordinario: primero en las cali y luego en el interior de las casas, se recogían los cadáver de los animales muertos de sed.

Huyendo hacia Los Teques. Una multitud muere de insolación

48 horas después de que la sequía llegó a su puntó culminante, la ciudad quedó completamente paralizada. El gobierno de los Estados Unidos envió, desde Panamá, un convoy de aviones cargados con tambores de agua. Las Fuerzas Aéreas Venezolanas y las compañías comerciales, que prestan servicio en el país, sustituyeron sus actividades normales por un servicio extraordinario de transporte de agua. Los aeródromos de Maiquetía y La Carlota fueron cerrados al tráfico internacional y destinados exclusivamente a esa operación de emergencia. Pero cuando se logró organizar la distribución urbana, el 30% del agua transportada se había evaporado a causa del calor intenso. En las Mercedes y en Sabana Grande, la policía incautó, el 7 de junio en la noche, varios camiones piratas, que llegaron a vender clandestinamente el litro de agua hasta a 20 bolívares. En San Agustín del Sur, el pueblo dio cuenta de otros dos camiones piratas, y repartió su contenido, dentro de un orden ejemplar, entre la población infantil. Gracias a la disciplina y el sentido de solidaridad del pueblo, en la noche del 8 de junio no se había registrado ninguna víctima de la sed. Pero desde el atardecer, un olor penetrante invadió las calles de la ciudad. Al anochecer, el olor se había hecho insoportable. Samuel Burkart descendió a la esquina con la botella vacía, a las 8 de la noche, e hizo una ordenada cola de media hora para recibir su litro de agua de un camión sisterna conducido por boy-scouts. Observó un detalle: sus vecinos, que hasta entonces habían tomado las cosas un poco a la ligera, que habían procurado convertir la crisis en una especie de carnaval, empezaban a alarmarse seriamente. En especial a causa de los rumores. A partir de mediodía, al mismo tiempo que el mal olor, una ola de rumores alarmistas se habían extendido por todo el sector. Se decía que a causa de la terrible sequedad, los cerros vecinos, los parques de Caracas, comenzaban a incendiarse. No habría nada que hacer cuando se desencadenara el fuego. El cuerpo de bomberos no dispondría de medios para combatirlo. Al día siguiente, según anuncio de la Radio Nacional, no circularían periódicos. Como las emisoras de radio habían suspendido sus emisiones y sólo podían escucharse tres boletines diarios de la Radio Nacional, la ciudad estaba, en cierta manera, a merced de los rumores. Se transmitían por teléfono y en la mayoría de los casos eran mensajes anónimos.

Burkart había oído decir esa tarde que familias enteras estaban abandonando a Caracas. Como no habían medios de transporte el éxodo se intentaba a pie, en especial hacia Maracay. Un rumor aseguraba que esa tarde, en la vieja carretera de Los Teques, una muchedumbre empavorecida que trataba de huir de Caracas había sucumbido a la insolación. Los cadáveres expuestos al aire libre, se decía, eran el origen del mal olor. Burkart encontraba exagerada equella explicación, pero advirtió que, por lo menos en su sector, había un principio de pánico.

Una camioneta del Frente Estudiantil se detuvo junto al camión cisterna. Los curiosos se precipitaron hacia ella, ansiosos de confirmar los rumores. Un estudiante subió a la capota y ofreció responder, por turnos, a todas las preguntas. Según él, la noticia de la muchedumbre muerta en la carretera de Los Teques era absolutamente falsa. Además, era absurdo pensar que ese fuera el origen de los malos olores. Los cadáveres no podían descomponerse hasta ese grado en cuatro o cinco horas. Se aseguró que los bosques y parques estaban colaborando en una forma heroica y que dentro de pocas horas llegaría a Caracas, procedente de todo el país, una cantidad de agua suficiente para garantizar la higiene. Se rogó transmitir por teléfono estas noticias, con la advertencia de que los rumores alarmantes eran sembrados por elementos perezjimenistas.

En el silencio total, falta un minuto para la hora cero

Samuel Burkart regresó a su casa con un litro de agua a las 6.45, con el propósito de escuchar el boletín de la Radio Nacional, a las 7. Encontró en su camino a la vecina que, en abril, aún regaba las flores de su jardín. Estaba indignada contra el INOS, por no haber previsto aquella situación. Burkart pensó que la irresponsabilidad de su vecina no tenía límites.

—La culpa es de la gente como usted, dijo, indignado. El INOS pidió a tiempo que se economizara el agua. Usted no hizo caso. Ahora estamos pagando las consecuencias.

El boletín de la Radio Nacional se limitó a repetir las informaciones suministradas por los estudiantes. Burkart comprendió que la situación estaba llegando a su punto crítico. A pesar de que las autoridades trataban de evitar la desmoralización, era evidente que el estado de cosas no era tan tranquilizador como lo presentaban las autoridades. Se ignoraba un aspecto importante: la economía. La ciudad estaba totalmente paralizada. El abastecimiento había sido limitado y en las próximas horas faltarían los alimentos. Sorprendida por la crisis, la población no disponía de dinero efectivo. Los almacenes, las empresas, los bancos, estaban cerrados. Los abastos de los barrios empezaban a cerrar sus puertas a falta de surtido: las existencias habían sido agotadas. Cuando Burkart cerró el radio comprendió que Caracas estaba llegando a su hora cero.

En el silencio mortal de las 9 de la noche, el calor subió a un grado insoportable, Burkart abrió puertas y ventanas pero se sintió asfixiado por la sequedad de la atmósfera y por el olor, cada vez más penetrante. Calculó minuciosamente su litro de agua y reservó cinco centímetros cúbicos para afeitarse el día siguiente. Para él, ese era el problema más importante: la afeitada diaria. La sed producida por los alimentos secos empezaba a hacer estragos en su organismo. Había prescindido, por recomendación de la Radio Nacional de los alimentos salados. Pero estaba seguro de que el día siguiente su organismo empezaría a dar síntomas de desfallecimiento. Se desnudó por completo, tomó un sorbo de agua y se acostó boca abajo en la cama ardiente, sintiendo en los oídos la profunda palpitación del silencio. A veces, muy remota, la sirena de una ambulancia rasgaba el sopor del toque de queda. Burkart cerró los ojos y soñó que entraba en el puerto de Hamburgo, en un barco negro, con una franja blanca pintada en la borda, con pintura luminosa. Cuando el barco atracaba, oyó, lejana, la gritería de los muelles. Entonces despertó sobresaltado. Sintió, en todos los pisos del edificio, un tropel humano que se precipitaba hacia la calle. Una ráfaga cargada de agua tibia y pura, penetró por su ventana. Necesitó varios segundos para darse cuenta de lo que pasaba: llovía a chorros.