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Por: Erick Lezama

Desde anoche sólo se imagina la cara de su maestra al recibir el dibujo. A la 1:00 pm suena el timbre y Samuel corre rápidamente para formarse a la puerta de su nuevo salón de clases.

Entra de último al aula, pero  pelea por sentarse adelante. Se disputa el primer pupitre de la fila con otro compañero y consigue quedarse con el.

Samuel tiene 9 años. Cursa primer grado enla Escuela DistritalArismendi, ubicada en el barrio Mamera cuatro de la parroquia Antímano. Moscas y zancudos vuelan por todas partes. Un container de basura repleto de desechos, desagradables olores y un pantanal son el paisaje que está en frente de la institución.

Samuel tiene el cabello negro y enmarañado, es delgado, de piel canela, ojos negros y cejas pobladas. El año pasado también cursó primer grado en la institución, pero repitió por inasistencias porque sus padres nunca lo llevaban.

Su deteriorada y sucia ropa es muestra de que el uniforme no está nuevo. Hace un año su camisa era blanca, hoy tiene un tono que se asemeja más al beige. Los zapatos son negros, pero están cubiertos por una capa de pantano que se extiende hasta el ruedo del pantalón azul marino. “La revolución avanza, Alcaldía del municipio Libertador”, se puede leer en el bolso rojo que le regalaron en el barrio.

“Maestra mira lo que te traje, es un dibujo de Garfield, tu muñeco favorito”, grita emocionado.  La cara de Samuel denota expectativa y ante la reacción positiva de la educadora le da un fuerte abrazo.

La maestra explica la actividad del día: “Vamos a unir los puntos de la figura para formar una manzana”. Samuel quiere que la fruta sea de verdad para darle un gran mordisco. Hoy no pudo almorzar porque el arroz que había en su casa no alcanzó. En la mañana la comida que había para  el desayuno se la comieron su padrastro y su pequeña hermana.

“Siempre hay varios chamos que vienen sin comer. Y lo peor es que se trata de  una realidad que se repite en todos los salones. Por lo menos acá les dan una pequeña merienda”, afirma la docente.

El psicólogo Marcos Cortez asegura que los niños necesitan muchos nutrientes para que su proceso de aprendizaje marche bien. El comer es una necesidad básica que se les debe garantizar.

Samuel juega con su lápiz y se imagina que es un avión. Él bosteza, está desconcentrado, inquieto, aislado. Necesita comer.

Según cifras de Cecodap, muchos niños, niñas y adolescentes en el país, que viven en los sectores populares, tienen una alimentación poco balanceada.

Llega la merienda: una arepa con mantequilla y mortadela. Samuel esboza una sonrisa en la que deja ver su descuidada dentadura y se para sin timidez a tomar la que le corresponde. No es momento para mostrar reglas de etiqueta, el hambre puede más: se la come en cuatro mordiscos y en tres minutos termina. “Estaba muy rica”.

 “Vivo allá arriba con mi mamá, mi padrastro y mis cinco hermanos”, dice mientras con su dedo índice señala sin precisión alguna de las casas de ladrillos rojos que copan el cerro donde se encuentra la escuela.

A su corta edad Samuel ya piensa en su futuro. “Cuando sea grande voy a ser policía y dibujante, es que quiero ser bueno. Por eso le voy a pedir al niño Jesús una moto”, asegura.

 “También quisiera ser boxeador, mi papá me enseñó a pelear porque hay que saber defenderse”, explica al tiempo que cierra las palmas de las manos y se tapa la cara con los puños: “Así hay que cubrirse”.

¡RINNNG! El sonido del timbre anuncia que llegó el recreo. Samuel sale corriendo al encharcado patio. En su mano derecha sostiene una pelota de goma gris. La hace rebotar contra el suelo, la lanza hacia arriba y cuando cae la ataja con agilidad de grandeliga. Se fastidia de la pelota y durante algunos minutos corre con sus compañeros. Luego prefiere jugar con las cartas de Pokemon que saca de su  bolsillo.

Después de media hora regresa al aula. Hace una caligrafía pero dibuja las letras sin saber qué dicen porque  aún no sabe leer.  Se cansa, se levanta del pupitre y conversa.

“Vivo con mi padrastro porque mi papá se fue de la casa hace tiempo. Él tenía otra mujer y peleaba mucho con mi mamá. Le pegaba  y la dejaba morada”, recuerda.

Según el informe anual de Cecodap, durante el año 2009,  la violencia en espacios donde se encuentran niños, niñas y adolescentes, se incrementó notablemente.

“El problema es que los niños  cuando crecen en  ambientes violentos terminan imitando  esos patrones de conducta al pensar que son normales”, informa  Marcos Cortez.

Samuel dice que ve a su papá muy poco: “Hace mucho tiempo salí con él y me sentí como un millonario porque me regaló diez mil y me brindó un perro caliente.

Es la hora de la salida y Samuel corre para su casa. Se pierde entre los otros estudiantes que asistieron al colegio. Ya nadie lo mira. A los ojos del mundo es un chamo más que sale de estudiar. Seguramente tomará un jeep que lo dejará en su casa, una de las últimas del barrio. Abrirá la puerta sin saber a quién encontrará. Su mamá y sus hermanos andarán en la casa de la abuela. Su padrastro estará tomándose unas frías. Buscará, sin saber si encontrará, algo de comer. Se sentará en cama y tratará de encontrar estabilidad para hacerle un nuevo dibujo a su querida maestra.

 El verdadero nombre  del niño está en reserva para proteger su identidad.

Esta crónica ganó el 2do. Lugar en el I concurso “Nuevos cronistas” de la ECS-UCV, auspiciado por la Revista Marcapasos.

 

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