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Cerca de ocho mil niños venezolanos están en situación de calle.

Viven en una realidad donde impera la indiferencia, la violencia y el hambre

Por: Erick Lezama

La señora gorda que camina despacio por el bulevar de Sabana Grande acelera su paso cuando Alejandro* se le acerca. La chica delgada, alta, con lentes oscuros y ropa informal, también se apresura cuando Alejandro se aproxima a ella. Todos reaccionan de la misma manera: el señor que tiene pinta de ejecutivo, la  adolescente que toma una bebida helada, el joven con atuendo deportivo, la niña con bolso de hadas.

Para Alejandro, la indiferencia de las personas es cotidiana. Ya no le incomoda. Pedir dinero en la calle se ha convertido para él en su única vía de subsistencia. Por ello se arma de paciencia. Su carta de presentación es la frase, lapidaria: “¿Me regala algo para comer?”.

 Lo que para él hoy es normal, al principio le fue difícil. “No sabía cómo pedir dinero, me daba pena. Lo ensayé mil veces y pensé no hacerlo, hasta que el hambre pudo más”, sostiene.

No titubea en decir que a veces se siente solo. No sabe que como él hay cerca de ocho mil niños que se encuentran en situación de calle en el país, según un estudio realizado por la organización no gubernamental CECODAP.

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             En el Bulevar de Sabana Grande, donde Alejandro se sienta a ver el día, se percibe el dinamismo de la ciudad: el humo de lo carros, el ruido de las motos, las cornetas cada vez que el semáforo cambia a rojo, los ancianos que, con su pasivo andar, obstaculizan a quines caminan con rapidez, la niña que llora, la gente que come en puestos de perros calientes, los buhoneros.

            Ante éste paisaje, se queda abstraído. No habla. Es delgado, de tez clara, su estatura no es muy prominente, tiene el cabello castaño, ojos negros y cejas pobladas. Rompe el silencio algunos minutos después y dice que le gustaría volver a su casa porque a veces le fastidia estar sin rumbo.

 Alejandro tiene once años, pero habla con la madurez de una persona de más edad. Desde hace casi un año está en la calle. Abandonó su casa porque, según cuenta, su papá le pegaba mucho y porque su mamá no le prestaba atención. “Lo que pasa es que mi familia es muy pobre, muchas veces no teníamos cómo comer ¿ves?, entonces también por eso me fui”.

            El caso de Alejandro es similar a los de 4,8 millones de niños latinoamericanos que sufren estragos por la pobreza crítica, según un estudio de la Fundación Instituto de Capacitación e Investigación (FUNDA-ICI).

— ¿No te han buscado?

— Sí, sí lo han hecho. Pero ellos no me paran, ¿para qué voy a volver?

            El silencio parece otra vez. De nuevo, sólo se escuchan las cornetas de los carros y el sonido de las motos.

            Cuando minutos más tarde el sol se hace inclemente y golpea sus pupilas, vuelve a hablar: “Aquí en la calle uno ve de todo, por eso he aprendido a cuidarme. Ya me enseñaron a pelear”. Mientras saca una navaja de uno de los bolsillos de su pantalón, comenta, casi susurrando, que esa es su arma de defensa.

La violencia, para él, es una manera de sobrevivir en sus condiciones. “A mi me dijeron que si no me defiendo, entonces me agarran de `sopa´ y es peor”. Esto refleja que la lógica que impera en la calle es la violencia.

Un estudio de la organización CECODAP reporta que las cifras de violencia hacia los niños y adolescentes crecen sostenidamente. Entre 2008 y 2009 más de 1500 niños venezolanos fueron víctimas de la violencia en las calles.

Al respecto, el director de esta institución, Oscar Misle, señala: “Es lógico si vivimos en un país muy violento, producto de la polarización política y de los niveles de pobreza y violencia que hay”.

Tengo `amiguitos´ y jugamos, pero hay unos que son malos. A veces nos reunimos para pedir dinero todos juntos. Nos metemos en los centros comerciales porque ahí la gente tiene más dinero. Uno le pide a las señoras porque como que entienden a uno. Así es que logro comer algo todos los días”.

            Alejandro dice que siempre logra comer, pero que hay días que sólo hace una comida. Los domingos, cuando casi no hay gente en la calle, son los días en los que generalmente obtiene menos ingresos. “Ya estoy acostumbrado a comer poco porque así era cuando estaba en mi casa”. La contundencia de esta frase explica la situación económica en el país. El papá de Alejandro siempre estuvo desempleado y su mamá trabaja planchando por días. Es decir, su familia no cuenta con los recursos para subsistir. Por este motivo, según el sistema de indicadores sociales de Venezuela, 24% de la población menor de 14 años está desnutrida o mal nutrida.

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            Esta mañana, cuando la claridad se hizo presente debajo del puente donde durmió, se despertó y sintió que la noche fue muy corta.  Sólo durmió dos horas. “Estuve pendiente de que unos tipos que no había visto por aquí no se metieran conmigo”, asegura.

             No tiene un lugar fijo donde dormir. Guarda en una “caleta” un cartón que tiende debajo de algún puente, en alguna plaza o cerca de las iglesias. “Cuando llegué a la calle siempre dormía en el mismo lugar, pero unos que llevan más tiempo me dijeron que cambiara de lugar siempre, para que no me `ficharan´. Pero duermo donde me agarre la noche, porque camino mucho por Caracas. La calle es mi casa pues”.

            Unos parientes cercanos de Alejandro, que viven en la parroquia Caricuao, decidieron no hacerse responsables de él cuando les pidió alojo. “Mi tía dice que yo no soy su responsabilidad y que por eso no me acepta”.

            Sin embargo, eventualmente le permite bañase y cambiarse se ropa allí. También le da comida y lo aconseja para que se porte bien. “Yo no lo puedo tener. Nosotros también tenemos pocos recursos y muchos gastos. Su mamá lo quiere, pero es una situación muy complicada, ellos de verdad tampoco lo pueden tener. Yo creo que esto es consecuencia de ser pobre y de no saber hacer las cosas bien.  Y bueno, además, Ale es muy tremendo. Hay gente que dice que van a denunciar a mi hermana, pero yo no sé”, dice la tía.

— Alejandro, ¿Has buscado ayuda en las instituciones del Gobierno?

            –Bueno, una vez una gente chavista me ofreció ayuda y yo me emocioné, porque estar en la calle es muy duro. La gente no lo entiende a uno. Yo no he consumido drogas porque mi tía de Caricuao siempre me dice que no lo haga, que eso es malo. Los señores me ofrecieron ayuda, me dieron comida, me sacaron una cédula porque no tenía, me dijeron dieron unas vitaminas y me dijeron  que me iban a internar en un lugar. Lo que pasa es que no volvieron más.

            En el año 2006 se creó, a través del ministerio de planificación y desarrollo, la misión Negra Hipólita, para atender a las personas en situación de calle. Existen diversos centros de reclusión impulsados por ésta misión. Sin embargo, para Misle, historias como la de Alejandro ponen en duda el impacto de ésta medida.

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            Alejandro no sabe qué quiere ser cuando sea más grande. Dice que estudiar le aburre, porque no aprendió a leer bien cuando estaba en edad preescolar. “A mi me da pena no saber leer así bien”, dice al tiempo que esboza una carcajada.

            “Por su puesto que la calle no me gusta. Yo estoy acostumbrado pues. Pero, aunque me vean como un rebelde, a veces me hace falta mí familia”.

            En este instante, el silencio se hace presente otra vez. Ahora rompe el silencio para despedirse porque debe “trabajar”. Es decir, debe pedir dinero para comer.

            Camina hacia la feria de comida del Centro Comercial El Recreo. No se molesta cuando la señora que almuerza lo ignora: se dirige a la mesa de al lado. “¿Me regala algo para comer”, le dice a un grupo de jóvenes que conversan. Obtiene dos bolívares. El mismo procedimiento hace en dos mesas más y continúa con los mismos dos bolívares.

            Corre precipitadamente por las esclares mecánicas cuando ve a un joven de la seguridad del Centro Comercial. “Acá no se puede pedir dinero y ellos lo saben”, dice.

            Pero en el bulevar de Sabana Grande nadie lo persigue por pedir dinero. Sin embargo, quienes pasan por su lado no lo ven, no lo escuchan. La indiferencia de las personas le es cotidiana. Sin embargo, él sigue ahí: “¿Me regala algo para comer?”

*Nombre falso.  El verdadero nombre del niño está en reserva para proteger su identidad. La foto es una imagen referencial. 

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